Blog / La cometa de Miel

Catherine (III): bullying

Por Pablo Sabalza 04 noviembre, 2019 - 9:28

Si no hay héroes que te salven, te tienes que convertir en héroe.

Una mujer que sufre acoso se tapa los ojos y los oídos.
Una mujer que sufre acoso se tapa los ojos y los oídos.

Un chocolate a la taza es más placentero en los días de lluvia y frío, ¿verdad?

Nos sentamos uno frente a otro en aquella cafetería que llevaba por nombre, La Cafetera. Una gran cristalera nos dibujaba una calle desierta y lluviosa. Catherine había depositado su violín dentro del estuche y lo había apoyado en la silla de al lado. Advertí que lo cuidaba como oro en paño. No me extrañó. Al fin y al cabo con él adquiría su sustento.

Dudé de cómo iniciar la conversación. No pretendía hacer preguntas impertinentes, cuestiones personales que pudieran incomodarla desde un primer momento. Prefería que ella se sintiese cómoda y disfrutase de la taza de chocolate que agarraba con las dos manos buscando su calor.

Estuvimos varios minutos en silencio. Paseaba su mirada de ojos pardos por la acera mojada. Aquellos ojos habían perdido la luz. Esas miradas las he apreciado, tristemente, muchas veces. Tú también las has visto, ¿me equivoco? Ojos sin vida que miran sin ver. Aquellos a los que te acercas y adviertes el sufrimiento vivido. Pobre, Catherine.

Al rato, giró el cuello, bebió un pequeño sorbo y con un hilo de voz me preguntó:

-¿Sabes qué es el bullying?

Pestañeé mientras movía la cabeza de izquierda a derecha sorprendido por la pregunta que me acababa de formular.

-¿Te refieres al acoso escolar, Catherine?

- Sí –contestó rotunda.

-Personalmente, no lo he vivido pero sí, sé lo que es.

-Yo lo viví hace muchos años.

Pensé que si en ese momento deseaba hablar conmigo de ese tema no sería yo quien le frenase su discurso.

-Tenía trece años. Mis padres me habían mandado a un internado a doscientos kilómetros de casa, ya que su relación se iba a pique y necesitaban tiempo para estar juntos. Mi hermana mayor, me pasa diez años, se había independizado hacía tres por lo que la decisión fue muy sencilla.

Tomó un sorbo de la taza, miró de nuevo al exterior tras la cristalera y continuó su relato.

-Aquel internado estaba dividido en cuatro bloques de edificios. En el de mayor tamaño residían los chicos y justo enfrente estábamos las chicas. El comedor y las aulas de estudio se encontraban bajando una pequeña cuesta con un hierbín a cada lado. Las habitaciones las recuerdo con enormes ventanales y con varias literas. A mí me adjudicaron la primera de ellas, la más próxima a la puerta de entrada, y en la parte de arriba. Las aulas eran frías en invierno y calurosas en verano. Una pizarra, una tarima con la mesa del profesor, un corcho… Los miércoles y los viernes tenía clase de música. Eran mis días preferidos.

Tras decir esto calló un instante, como si volviese a aquel internado, y mirando hacia la ventana continuó:

-Durante las noches escuchaba los sollozos provenientes de otras habitaciones. A algunas niñas se les oía gritar: ¡Mamá! Te rompía el corazón. Intentar dormir mientras escuchas a alguien llorar a tu lado no se olvida nunca. Es una sinfonía que se convierte en una banda sonora perpetua cada noche de tu vida. Había una niña, hija de un diplomático, a la que temíamos todas. Era alta y robusta y peinaba un pelo rizado castaño que le llegaba hasta los hombros. Se dirigía a nosotras con empujones y malos modos. Un día, en el comedor, se coló con su bandeja por el espacio habilitado por el que nos servían la comida. Se lo recriminé delante de todo el mundo. Su ira fue tal que golpeó la base de mi bandeja volando el plato de lentejas y el plátano que me habían servido. Desde entonces la vida en el internado se me hizo insoportable. Ella y sus secuaces me perseguían en las horas de recreo. Me atemorizaban quitándome el bocadillo, soplándome en el oído o diciéndome lo fea y pequeña y poca cosa que era. Por la tarde noche, cuando regresaba a mi habitación, encontraba mi litera con la almohada y las sábanas completamente mojadas o mi taquilla donde guardaba mi ropa pintada o abollada. Durante la noche me colocaban pasta de dientes en mi pelo. Varias veces tuve que cortármelo. Se me hizo imposible estar allí. Tenía miedo. Mucho miedo. No aguantaba más. Vivía en una continua alerta. Llegaba al comedor la primera, mientras todo el mundo jugaba en el recreo, para no encontrarme con ellas. Dormía con un ojo abierto y otro cerrado. Apenas descansaba ni estudiaba. Me hice insignificante. Caí enferma y regresé a casa. Me salvé por los pelos. Mis padres decidieron que regresase a casa junto a ellos. Era muy joven para sufrir tanto. No lo denuncié. Tenía miedo.

Miraba a Catherine con lástima.

-Los niños son maravillosos, pero también pueden ser muy crueles. ¿No lo crees?

Asentí.

-Con el tiempo y la música me fui recuperando. Cogí oxígeno. Al año sucedió algo inesperado y me tuve que ir de casa.

(Continuará)

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