Blog / La cometa de Miel

Catherine (II)

Por Pablo Sabalza 29 octubre, 2019 - 9:21

Cuidado con la mala suerte.

"Invirtió lo poco que tenía en el viaje, en un hostal. Los días fueron pasando y la oferta no llegó. Sin dinero y sin ilusión se echó a la calle".
"Invirtió lo poco que tenía en el viaje, en un hostal. Los días fueron pasando y la oferta no llegó. Sin dinero y sin ilusión se echó a la calle".

La lluvia caía con más aplomo sobre la ciudad. La música esculpida por el violín de Catherine me acurrucó en mis pensamientos.

¿Te has preguntado qué vida tuvieron aquellas personas que hoy ves pidiendo limosna en la calle? ¿Piensas que a ti nunca te va a ocurrir? ¿Acaso te crees que la mala suerte no existe?

Todo puede dar un giro. La existencia es una moneda al aire.

A mi memoria arribó una vivencia pasada. Era Le Havre. Recuerdo que por aquel entonces vivía en aquella ciudad francesa con la mediocre beca que dispensaba el Gobierno y la Universidad de Navarra. Ya sabes, o tienes un papá y/o una mamá detrás, o bien dispones de unos ahorros (trabajaba durante los veranos de socorrista en un camping de Mendigorría) o, en su defecto, te tocaba poner copas, cuidar niños o repartir propaganda en el país de destino. No hay otra. Yo tenía las dos primeras.

Cerca de la universidad había un McDonald’s al que los estudiantes acudíamos como si fuese el Celler de Can Roca. Big Mac, patatas Deluxe, salsa barbacoa, Coca-Cola Light (por aquel entonces no existía la Coca-Cola Zero). Entre mordiscos a la hamburguesa y goteo de ketchup aparecían conversaciones de índole estudiantil: los apuntes, las tediosas clases, las fiestas del fin de semana…

Una noche de noviembre, en el norte de Francia la noche llega a las cuatro de la tarde, acudí a mi Martín Berasategui particular a disfrutar de una hamburguesa barata. Mi acento español a la hora de pedir mi comanda debió alertar a un señor de aspecto descuidado, puesto que se dirigió a mí en nuestro idioma.

-¿Español? –preguntó.

Me giré hacia él. Sentado en una silla alta despachaba unas alitas de pollo. A sus pies, como un perro que espera al amo, descansaban cerca de seis bolsas de plástico y un carrito de la compra.

-Sí, señor. De Pamplona –respondí.

La joven camarera, confusa en su propio país tras escucharnos, me avisó de que ya podía recoger mi pedido.

-Siéntate aquí –señaló el desconocido apartando su bandeja para hacerme sitio a su lado.

Acepté, algo inquieto, y me acerqué a su mesa. Al sentarme pude apreciar un olor intenso. No era a sudor ni tampoco a suciedad. Lo describiría más bien a humedad, como la ropa que no se ha secado bien del todo.

Me dijo que era de León. Me preguntó qué estudiaba. Me adelantó que era ingeniero. La mala suerte, repetía. Cuidado con la mala suerte. Un divorcio, un asunto de juego, una mala acción. Todo esto y algo más le había ocasionado a la postre un infeliz desenlace. Sin familia, con una edad complicada para encontrar trabajo… Alguien le dijo que en Rouen, ciudad próxima a la que nos encontrábamos, podía encontrar algo de lo suyo. Una nueva vida lejos de todas sus miserias. Invirtió lo poco que tenía en el viaje, en un hostal. Los días fueron pasando y la oferta no llegó. Sin dinero y sin ilusión se echó a la calle. Te acomodas al trabajo, a tu vida diaria y, también, a estar en la calle. Unas monedas por aquí, un comedor de asistencia social por allá. Llevaba cuatro años chupando frío por el norte de Francia. Y, créanme, hace mucho frío. El vaho se convierte en una extensión de tu cuerpo tanto al respirar como al hablar. Luego llega la lluvia que cala como una ducha. Se te escarcha el pelo, y las manos, los dedos, las orejas y nariz se enrojecen.

Disponía de muchos apuntes de letra ilegible en el que iba contando su peripecia por el mundo, su vida errante. Después de la hamburguesa tomamos un café. Yo invité con el dinero de la beca y de papá. Suerte, le dije al despedirme. ¿Suerte? Luego lo pensé. Quizá hubiese sido más acertado decirle, ánimo o, lo siento o, cuídate y tápate bien.

Regresé con un pestañeo frente a Catherine que apuraba la canción como se apura un sorbo o un cigarro.

La calle era otra melodía.

Le convidé a una cafetería próxima y ella suspiró una palabra…

-Vamos.

(Continuará)

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Catherine (II)