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Cruzar fronteras

Por Leire Escalada 22 septiembre, 2016 - 1:45

Richard Ford, Premio Princesa de Asturias de las Letras, narra en "Canadá" una deslumbrante historia sobre la pérdida de la inocencia y las segundas oportunidades.

En 1986, el escritor Richard Ford (Jackson, EEUU, 1944) y su colega Raymond Carver (Clatskanie, EEUU, 1938) estaban cazando gansos en la provincia canadiense de Saskatchewan y se retaron: querían saber quién era capaz de incluir el nombre de ese lugar en una de sus narraciones. En 2012, Ford situó en este escenario buena parte de la trama de Canadá, una de sus mejores y más celebradas novelas.

"Gané yo, pero solo porque Ray murió antes de poder realizarlo. Esa debió de ser la llama que encendió mi interés literario por Canadá", explicó a El País el autor, galardonado este año con el Premio Princesa de Asturias de las Letras.

El soberbio comienzo de Canadá es uno de esos inicios para quitarse el sombrero: "Primero contaré lo del atraco que cometieron nuestros padres. Y luego lo de los asesinatos, que vinieron después. El atraco es la parte más importante, ya que nos puso a mi hermana y a mí en las sendas que acabarían tomando nuestras vidas. Nada tendría sentido si no se contase esto antes que nada".

Un arranque redondo para una novela que promete y no defrauda. Ford narra la historia de Dell Parsons, un quinceañero que vive en una anodina ciudad del estado de Montana (EEUU) con sus padres y su hermana gemela, Berner, en 1960. Cuando sus padres roban un banco del estado vecino y son encarcelados, su vida se viene abajo irremediablemente.

PERSONAJE MEMORABLE

Mientras la chica escapa de la casa familiar, Dell obedece el último mandato de su madre. Gracias a una amiga de la familia que él ni siquiera conocía, cruza la frontera y llega a Canadá. Allí, donde ha dejado de golpe de ser un niño, debe encontrar su propio camino, una segunda oportunidad, en un entorno hostil.

Canadá es una novela profunda, narrada a ritmo pausado, que ahonda en los sentimientos sin caer en la sensiblería. Al acompañarle en este viaje transfronterizo, el lector se emociona con el personaje, reflexiona sobre aquello que él se cuestiona y, sobre todo, desea que le vaya bien.

La línea que separa ambos países, ese cruce de fronteras, y los parajes canadienses, maravillosamente descritos, funcionan como símbolos. Canadá, donde puede encontrar similitudes con su país de origen,se muestra muchas veces radicalmente distinto, pese a no distar mucho de su casa. La soledad y el desarraigo, que también sentía en la ciudad donde vivía, los combate con tenacidad y una gran fortaleza de la que nunca presume. En el fondo, siempre late una rara esperanza, porque no puede permitirse otra cosa.

La elección de este narrador adulto, que cuenta en primera persona su historia hasta el presente, propicia que la trama fluya con naturalidad, que el misterio bulla sin señuelos innecesarios. El lenguaje está desnudo, como esos prados y campos inmensos, sobrevolados por bandadas de gansos, que Dell recorre. El final, que no detallo para evitar fatídicos spoilers, honra a la historia. Una novela impresionante, de las que dejan poso. Gracias, Mr. Ford.

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