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Cómo se hunde el siglo XXI

Por Leire Escalada 27 junio, 2019 - 9:03

Michel Houellebecq vuelve a abordar en 'Serotonina' la decadencia y amargura del hombre occidental del siglo XXI con su peculiar sentido crítico y humor corrosivo

El protagonista de Serotonina se medica con un potente antidepresivo que le provoca afectos adversos. ARCHIVO
El protagonista de Serotonina se medica con un potente antidepresivo que le provoca afectos adversos. ARCHIVO

“Es así como muere un civilización, sin trastornos, sin peligros y sin dramas y con muy escasa carnicería, una civilización muere simplemente por hastío, por asco de sí misma, qué podía proponerme la socialdemocracia, es evidente que nada, solo una perpetuación de la carencia, una invitación al olvido”. Así sentencia a la sociedad occidental actual, en la que se inscribe, Florent-Claude Labrouste, el protagonista de Serotonina, la novela más reciente de Michel Houellebecq (Saint Pierre, Reunion, 1958), quien vuelve a demostrar su agudeza para apuntar la decadencia contemporánea con estilo cáustico y humor corrosivo.

Con su habitual incorrección política, Houellebecq apunta a una Francia (y Europa) en proceso de hundimiento, con una grave crisis agrícola, incentivada por el afán capitalista, y una honda crisis de valores. Un escenario perfecto para el deambular de los desgraciados y oscuros personajes del autor francés. En esta ocasión se trata de un exfuncionario del Ministerio de Agricultura, de 46 años, que se medica con Captorix, un potente antidepresivo que anula su libido y le provoca impotencia. El hombre, profundamente desencantado con su vida y tras descubrir que su novia japonesa protagonizaba vídeos porno incluso con animales, decide dejarlo todo, sin previo aviso, y mudarse a un hotel.

Este punto de partida funciona perfectamente para arrancar una novela en la que el narrador hace gala de su misoginia y misantropía, al tiempo que echa sal con pala sobre algunas de las heridas de la sociedad occidental: las consecuencias del capitalismo exacerbado, las desigualdades, la falta de empatía... Sin embargo, aunque la novela ofrece reflexiones brillantes y ese humor tan ácido que le caracteriza, conforme avanza va perdiendo fuelle.

Las ramificaciones de la trama le restan fuerza y las reflexiones excesivamente repetitivas ensombrecen los fragmentos más lúcidos. Lo mismo sucede con el exceso de escenas sexuales, algunas pornográficas, que provocan cansancio, más allá de que resulten desagradables. Por eso Serotonina, que aborda los temas habituales en las obras de Houellebecq y se zambulle en un escenario interesante y complejo, no alcanza la brillantez de otras obras de su autor, como Las partículas elementales o El mapa y el territorio.

Aunque hay elecciones acertadas, como las largas subordinadas, tan habituales en el autor, que transmiten muy bien la idea de una mente que fluye constantemente, un pensamiento tras otro, una crisis generalizada que no da tregua. Otras no lo son tanto: la narración de la crisis agrícola, con su visita del protagonista un amigo de la universidad dedicado al sector primario, es demasiado pausada. Funcionan mejor, en cambio la reconstrucción de sus relaciones sentimentales. El personaje reconoce el poder del amor, único atisbo de luz, pero entiende que ya no sirve. Demoledor. Y así es la novela, aguda pero no brillante.

Serotonina. Michel Houllebcq. Anagrama. 288 páginas. 19,90 euros.

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