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El encierro de San Fermín y el riesgo de perderlo

Por La voz de los lectores 14 octubre, 2019 - 9:02

Carta enviada por Ramón Ibarrola San Martin, excorredor del encierro de San Fermín.

Los toros de la ganadería sevillana de Miura, a su paso por la Plaza Consistorial, durante el octavo y último encierro de los Sanfermines 2019. EFE/VILLAR LÓPEZ
Los toros de la ganadería sevillana de Miura, a su paso por la Plaza Consistorial, durante el octavo y último encierro de los Sanfermines 2019. EFE/VILLAR LÓPEZ

En mis tiempos de corredor novato del encierro allá por los años 60, ni nos levantábamos para correr el encierro ni tampoco eran a las seis, no obstante muchos aún añoramos aquellos encierros y abogamos por recuperar su esencia.

Todos los años del 7 al 14 de Julio, los pamploneses, casi todos los navarros y muchos millones de españoles se levantan de sus camas para las 8 de la mañana y se plantan ante el televisor a disfrutar y emocionarse con los encierros sanfermineros. Siempre suele ser una carrera breve pero intensa, a veces trágica, aunque en los últimos tiempos la emoción y el peligro parece que va a menos y el aburrimiento y la monotonía a más.

Este ultimo año ha llegado a tal punto el malestar ante la falta de emoción, que han sido los propios corredores o una parte de ellos, quienes han comenzado a plantarse y a protestar por el desarrollo de los encierros de San Fermín. Sus quejas a lo mejor no son por las mismas razones y tampoco puede que entre ellos coincidan con las medidas a tomar, pero su malestar y el de muchos, ha comenzado a salir a la luz.

El público, los expectadores directos e indirectos, antiguos corredores entre los que me encuentro y algunos medios de comunicación, hemos comenzado a criticar alarmados porque los encierros a pesar de contar cada vez con más cobertura y medios técnicos, van perdiendo en la misma proporción su frescura y espontaneidad y por lo tanto su condición de espectáculo dramático.

Sin emoción y ante la ausencia de riesgos, los toros parecen haber perdido su fiereza y agresividad y se van pareciendo cada vez más a los grandes mansos y cabestros que los acompañan. Ya no extraña a nadie ver más y más corredores irresponsables colgados de de sus impresionantes cornamentas o abrazados a sus lomos. Desde los tiempos en que yo comenzaba a correr el encierro con 15 y 16 años hasta ahora, las cosas han cambiado, más por dentro que por fuera, aunque esto no se aprecie con total nitidez.

Si los analizamos con detenimiento observaremos que han perdido frescor y espontaneidad y ha ganado, a lo sumo, una supuesta mayor profesionalidad y quizás una estética más acorde con los tiempos (mozos y mozas más atléticos, más “guapos” y no tan escuálidos y feuchos como los de nuestra generación de postguerra y con vestimentas informales anunciando marcas y productos).

Corren cada vez menos jóvenes, casi todos por encima de la treintena y algunos cuantos algo más talluditos, pocos pamploneses y navarros y si muchos, de provincias lejanas que se desplazan con el único fin de correr el encierro y volverse a su casa o a su trabajo. Casi nadie vestido de pamplonica que es la vestimenta que a todos nos iguala. Todos muy profesionales, casi todos se sentirán contentos solo si han disfrutado de sus 15 segundos de gloria ante las astas de la manada y que se mostrará hasta el hartazgo en todas las televisiones del mundo.

Nadie objetará ni reflexionará por el hecho de que probablemente, haya sido a costa de unos cuantos empujones y codazos poniendo en peligro a otros corredores quizás menos fuertes o con más decencia. Siempre ha habido y los habrá detractores del encierro incluso entre los propios pamplonicas. No seré yo ahora quien trate de someter a un análisis racional una tradición centenaria y conocida en todo el mundo, pero quienes hemos crecido participando desde adolescentes en esa carrera, acumulamos una deuda de reconocimiento por el valor de una experiencia vivida solo comparable con las grandes aventuras y los desafíos humanos ante el peligro.

Vivir el momento único de la tensa espera del cohete que marca el comienzo de la carrera, así como experimentar la adrenalina recorriendote el cuerpo mientras que con el corazon latiendo a 200 ppm aguantas la carrera y ves y oyes los toros llegando, los gritos del publico...eso no tiene precio. Muchos de los antiguos corredores nos forjamos en el “no te acuestes” si quieres correr el encierro en lugar del “levantate pamplonica” de la canción sanferminera que se compuso en los años 20.

Cuadrillas enteras de jóvenes empalmábamos la noche de juerga con el encierro, nos animábamos unos a otros e incluso nos retabamos al valor y a la hombría para no retroceder. (Entonces no corrían las chicas por prohibición expresa de la autoridad competente). Si ahora se analizan las imágenes de los momentos previos al encierro, veremos que son excepciones contadísimas los jóvenes y jovenas sanfermineros que empalman para correr.

A la mayoría de ellos les suele pillar el cohete bien en la cama o bien en oscuros locales de la parte vieja al son del rock duro y metálico, ajenos por completo a una tradición centenaria, orgullo de esa tierra, que a buen seguro va a morir de éxito si nadie lo remedia. De los males del encierro que se analizan estos días, dos de ellos sobresalen por encima de todos. Uno es el referido al carácter predecible y a la forma atlética que muestran las ganaderías de toros, corren más rápidos que nunca y se arropan entre ellos sin que nada les distraiga.

Se entiende que los ganaderos a fin de cuidar sus reses para que rindan con bravura en la lidia de la tarde, preparen físicamente a los toros de tal manera que su juego en el encierro no tiene otro fin que el de llegar cuanto antes a la plaza y desentenderse de todo lo que les rodea. De otra parte el uso y abuso del antideslizante y especialmente en la curva de Estafeta hace que los toros puedan mantenerse siempre juntos evitando la fragmentación de la manada y como consecuencia, impidiendo también el lucimiento de las carreras de los mozos.

Quienes pedimos cambios y medidas para evitar que el encierro decaiga no estamos pensando en más sangre ni en tragedias que pueden evitarse. Pero entre eso y las medidas que se han tomado tendentes a la seguridad de mozos y toros debe de haber un punto medio que evite la total pérdida de emoción y la continua falta de respeto al toro.

Ya que si nada lo remedia, a buen seguro, puede acabar con los guiris tratando de montarse en la grupa de estas enormes fieras. Abogamos por corregir o cancelar una buena parte de las medidas que quitan espontaneidad y belleza a la carrera y por recuperar para esta tradición nuestra el respeto merecido y el orgullo de sus participantes en un reto que forja el valor individual y la solidaridad y generosidad de su juventud.

Por todo ello si nos levantamos para correr o ver el encierro nos gustaría que fuera para verlo en toda su plenitud, sin medidas que distorsionen la fuerza de este espectáculo tan nuestro y tan de todos.
 

Carta enviada por Ramón Ibarrola San Martin, excorredor del encierro de San Fermín.

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