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¿Qué aprendimos de la Comisión de Investigación sobre la CAN?

Por La voz de los lectores 28 Febrero, 2019 - 12:04

Carta enviada por Arantxa Aguirre Martín.

Un momento de una de las comparecencias en el Parlamento en la denominada comisión de investigación sobre Caja Navarra. IÑIGO ALZUGARAY
Un momento de una de las comparecencias en el Parlamento en la denominada comisión de investigación sobre Caja Navarra. IÑIGO ALZUGARAY

La CAN ya no se dedica al negocio bancario. Ahora es una fundación que gasta por habitante en obra social más que ninguna otra fundación bancaria. Su principal fuente de ingresos son las acciones de Caixabank que obtuvo por canje con las de Banca Cívica. Comparativamente con el resto de comunidades y cajas, Navarra fue la que salió mejor parada de la crisis financiera y bancaria general. En cualquier otra comunidad española posiblemente habría servido para hacer bandera de modelo social y régimen de financiación, vender talento de las universidades locales y atraer inversiones con la excusa de mil seminarios. Aquí hicimos una comisión de investigación porque las cosas que no acaban mal siempre nos parecieron sospechosas.

No es que nadie pareciera demasiado interesado en escuchar durante las comparecencias. Algún diputado que en algún momento presidió la mesa, incluso las llamó «interrogatorios», con ese tono amable y cívico que nuestros nuevos poderosos prodigan. Pero a pesar de todo, información no faltó. Y aunque es inevitable pensar que cuando la investigación -inquisición se decía antiguamente- realiza «interrogatorios» y los diputados pugnan con las respuestas de los comparecientes, buscan en realidad justificar conclusiones con las que ya venían de casa, no cabe perder la esperanza. Porque aunque fuera a base de citas de los informes del Banco de España, algunas cosas quedaron claras para los escasos ciudadanos que pudimos seguir en vivo las sesiones a través de Internet.

La primera es que para el Banco de España, Goñi «todo bien». Se alegró de la «profesionalización» de la Caja cuando lo nombraron en 2002, alabó su «competencia» en los años siguientes y avaló la solvencia de la entidad, desechando la existencia de «excesos y desenfrenos» en la concesión de créditos. Dicho sea de paso, para la UDEF, verdadero coco de los gerentes empresariales en España, también «todo bien». Ni Goñi ni su equipo se llevaron a casa nada que no estuviera en contrato. Solo con ésto las brumas más oscuras y los gestos más agrios deberían haberse despejado y nuestros representantes haber suspirado aliviados. Pero no, parece que no. Porque siguiendo los informes del Banco de España salió un retrato poco cataclísmico o mejor dicho, que hablaba de un cataclismo general en el que unos navarros no habían salido mal parados. Y eso son malas noticias cuando lo que se persigue es convencernos de que solos, sin primos de Zumosol («de Bilbao» se decía en mi época), no vamos a ningún lado.

Y no es que no hubiera sorpresas, porque resulta que, según el regulador, en 2001 Caja Navarra era una entidad con rentabilidad escasa y liquidez débil cuya dirección había cometido infracciones graves por las que posteriormente fue sancionada. La sorpresa no es que eso pasara -pasaban tantas cosas...- sino que la dirección infractora, descubrimos después, era la que había escrito el guión de los partidos del gobierno. Es como si uno llega al colegio pensando que el bocata bajo el albal se lo había puesto su madre y de repente descubre que no, que se lo ha puesto un charcutero al que quitaron de su puesto por poca higiene. Como que da un poco de reparo abrirlo. Pero no fue lo que pasó. El señor Koldo Martínez no solo se lo comió ostentosamente sino que lo enarboló en el patio con orgullo filial digno de mejor causa.

Pero al final... ¿qué pasó con la CAN? Vuelta a los inspectores del Banco Central. Pues resulta que en 2010, en plena recesión económica, como no había «hecho excesos en la fase alcista» se encontraba «por encima de la media» y con «mejor calidad de recursos propios». Lo que es peor, los piropos siguen hasta 2013. Nuevas malas caras entre la representación de los partidos de gobierno, como imaginarán. Pero nada comparado con lo que vino después, cuando descubrieron que la transformación de la Caja había sido producto de cuatro tandas de reales decretos que, de 2010 a 2013 eliminaron el sector tal y como había existido hasta entonces en mitad de un cataclismo que ya no era ni navarro ni español, sino mundial y del que algunos, como los grandes bancos alemanes que ya llevan perdido casi el 60% de su valor bursátil, siguen intentando salir sin sufrir todavía más estropicios.

Pero lo que más ofendió a los legisladores del gobierno fueron las comparaciones. Las comparaciones ofenden, es cierto. Lo nuevo es que ofendan al que sale bien bien parado en ellas. Porque como es lógico cuando todo cae, Caja Navarra tuvo pérdida patrimonial... ligeramente menor a la sufrida por Kutxa de Guipúzcoa y la mitad de la que tuvo BBK. En el podio de supervivientes, La Caixa fue la ganadora con la menor pérdida patrimonial del sector, seguida de Unicaja y de... Caja Navarra. «Y no tan mal» dirían en Vitoria. Fatal les pareció a los diputados del gobierno que preguntaron una y otra vez si no se podría haber «sobrevivido en solitario». Como el regulador no responde a futuribles -ventajas de ser un organismo independiente- descubrimos vía informes de AFI, que salvo un par de pequeñas cajas municipales, nadie lo había hecho; es más, ninguna de las cajas similares en tamaño a Caja Navarra es hoy mayoritaria en el banco en el que se integró.

Pero aun quedaba una esperanza para la autoflagelación, la autolapidación incluso, si había suerte. ¿No se perdió dinero acaso? ¿No perdieron dinero los navarros? ¿No malvendimos Banca Cívica? Pues parece que no: accionistas, preferentistas y hasta el FROB -es decir, el dinero de todos los españoles- ganaron entre el 17% y el 124% con su inversión y -según el Banco de España de nuevo- Banca Cívica tenía una morosidad inferior a la media, para más INRI con una cobertura superior a la media. Al momento de la venta, tenía un ratio de solvencia del 12,9 y un superávit del 61% sobre los recursos propios requeridos.

Conclusión inevitable. No, no «se fundieron la Caja de todos los navarros». Ni siquiera «se fundieron» el negocio bancario. Lo transmitieron durante el proceso de concentración que vivió el sector «y no tan mal». Pero siendo importante este hecho no es la principal conclusión. Porque lo más importante que hemos podido aprender, es que lo que para los navarros y sus dineros son buenas noticias, resultan ser disgustos para el gobierno. Y eso, en año electoral, debería hacernos pensar. Y mucho.

Carta enviada por Arantxa Aguirre Martín.

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