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El traslado

Por Juan Iribas 19 noviembre, 2015 - 22:55

-La Gioconda ha de restaurarse.

            -¿Por una leve grieta? Ya se rehabilitó en los siglos XVIII y XIX.

            -Un equipo de curadores va a prestarle la atención que se merece.

            -Esta hendidura podría encontrarse desde que Da Vinci la pintó. Si levantara la cabeza, pongo en duda que quisiera que se le metiese mano a La Mona Lisa.

            -Como responsable de conservación del Museo del Louvre asumo este compromiso.

            -Menudo alboroto… Me parece que habría que darle un par de vueltas a esta idea.

            Dos operarios de la pinacoteca cogieron la madera de álamo sobre la que las manos con más sensibilidad del mundo del Arte Universal aplicaron su talento mediante un óleo diluido en aceite. La dama los miraba y sonreía como nadie lo ha sabido hacer. Puro misterio.

            -¿Te habías fijado? No tiene cejas, dijo uno de los empleados.

            -Ni pestañas, añadió el otro.

            -Da Vinci seguro que quiso interpretar algo a través de esta pintura. De su mirada, de la posición de sus manos, de la postura, del paisaje del fondo del cuadro.

            -¡Que vida tan bien aprovechada! Pintor, escultor, músico, poeta, escritor

            -Plena. Y, ahora, la responsabilidad en nuestras manos.

            -Eh… Nosotros no vamos a restaurar ningún cuadro. Es un mero traslado.

            -Sí, pero es más delicado que transportar una docena de huevos de porcelana inglesa por un camino pedregoso.

Protegieron la obra como si se tratase de un bebé recién nacido durante el primer abrazo materno: envuelta en las mejores condiciones; libre de cualquier daño, de un mínimo golpe.

La operación se llevó a cabo por la noche y se preservó a la belleza misteriosa gracias a una funda metálica capaz de soportar variaciones de temperatura, de humedad, de cualquier vaivén; precisamente les preocupaba el hecho de tener que atravesar un camino excesivamente empedrado, áspero, abrupto y desigual; la intención no era otra que ahorrarse trece kilómetros de trayecto. Pese a esa inquietud, el éxito del traslado lo avalaban varias pruebas piloto con otras obras de relevancia similar

Cuando los operarios llegaron al Centro de Restauración Ooh là lá, el equipo de curadores se llevó una sorpresa mayúscula: no había rastro alguno de figuración sobre la madera de álamo que pintó el artista florentino. La Gioconda se había transformado en violentos trazos ocres y apagados sin jerarquía alguna; un óleo irreconocible, lleno de angustia y conflicto.

Dicen que Da Vinci fue un adelantado a su tiempo; también, debido a que inauguró, con varios siglos de antelación, y sin quererlo, el expresionismo abstracto por culpa de aquel camino excesivamente empedrado, áspero, abrupto y desigual que misteriosamente trastocó su obra maestra. El Museo del Louvre, que no supo dar explicaciones, se limitó a rebautizar el cuadro; ahora se llama La sonrisa alborotada.

Ideación de El traslado

Este relato lo ideé cuando estaba en un bar esperando a varios compañeros de trabajo. Llegué el primero y, como la espera iba a ser larga, ojeé una revista cultural donde se contaba en un reportaje las peculiaridades que exige el traslado de las obras de arte.

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