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El señor Alústiza

Por Juan Iribas 05 octubre, 2015 - 0:16

Me suele entrar la risa cuando, tras aterrizar el avión, atravieso la puerta de llegada del aeropuerto y coincido con chóferes, familiares, taxistas y amigos que esperan a cualquiera de mis compañeros de vuelo.

Yo evito hacerme el interesante como esos futbolistas que van perdonando la vida a los aficionados que los aclaman en la zona de embarque.

Sobre todo, me llama la atención cualquier muchacho con cara de vaca mirando al tren que sostiene un cartel con un apellido. Confieso que siempre se me ha pasado por la imaginación levantar la mano, decir que soy el señor Pérez o Mr. Smith y montarme en un vehículo rumbo a vete a saber dónde.

Como los estomagazos están para llevarlos a la práctica de Pascuas a Ramos, eso hice el otro día tras un trayecto en los que te tragas un pollo al curry y dos películas malas; me encontraba cansado, sudado, sucio, incómodo y sin ganas de coger las maletas ni de esperar un taxi, así que vi a un tipo regordete con cuatro pelos mal contados que sostenía una cartulina amarilla en la que se leía “Señor Alústiza”, levanté mi brazo derecho y le dije: “Encantado”.

Un tal Roberto se deshizo ante mí: que le diera el maletín, la gabardina, que se encargaba de recoger el equipaje... “¿Se encuentra cansado?”. “¿Necesita que le lleve al hotel o prefiere firmar los documentos en la empresa directamente?”. “Tendríamos que ser más prácticos y mandar esta clase de papeles por correo electrónico; tanto miedo a la confidencialidad, tanto miedo a la confidencialidad…”.

Yo me limitaba a sonreír, mientras me distraía jugando a no sé qué rayos de mi teléfono móvil hasta que llegamos a un edificio de tropecientas plantas, con portero, recepcionista, mucha moqueta y un ascensor acristalado desde el que subí hasta una sala oval con paredes forradas de madera de cerezo, una mesa asimétrica y un óleo en el que se podía ver el retrato de un señor maduro, con traje y corbata y un bigote diseñado por algún delineante.

A los pocos minutos apareció una señorita de unos veintitantos años con varios documentos y me los entregó junto a una pluma estilográfica chapada en oro. Yo debía ejercer de señor Alústiza, así que, a la vez que ella pasaba folios y folios, yo estampaba firmas y firmas; probablemente más de treinta. “¿Qué puñetas estaré rubricando…?”, me preguntaba.

“El director general se encuentra indispuesto y no ha podido estar presente en la cita; por eso verá, señor Alústiza, que hemos utilizado un tampón con la firma de nuestro representante”, me indicó aquella joven amable que no paraba de darme explicaciones sobre la historia, la filosofía y los valores de la empresa. Nos despedimos con un apretón de manos en la puerta principal del edificio, junto al aparcamiento.

Cuando me monté en el coche con aquel tipo regordete con cuatro pelos mal contados que iba a dejarme en el hotel, que era el lugar al que debía haber ido desde un principio, se bajó de un taxi un individuo con traje y corbata con una acreditación bajo el cuello en la que pude leer “Señor Alústiza”.

Ideación de El señor Alústiza

Este relato se me ocurrió cuando llegué al aeropuerto de Barajas, hace ya algunos años, y me tropecé con una docena de personas que sostenían cartulinas con distintos apellidos en las que, por supuesto, no aparecía el mío. Ellos no buscaban un rostro; querían una persona que levantara un brazo.

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El señor Alústiza