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Blog / Caracteres con espacios

El piso de Adriana Suárez

Por Juan Iribas 09 octubre, 2015 - 9:30

A Adriana Suárez no le quedó más remedio que vivir en San Sebastián. Los trayectos diarios de ochenta kilómetros la obligaron a tirar por la calle de en medio.

Le resultaba agradable la ciudad, sí, aunque una navarra como ella hubiera preferido vivir en la tierra de las setas más que en la de las playas, pero la niebla, la lluvia y los inviernos alargados hicieron que tomase una decisión con más cabeza que corazón.

-¿Y dónde encuentro un piso? Para mí sola no me va a hacer falta demasiado espacio. Una habitación, baño, cocina y salón. Nada más, decía para sí mientras descartaba viviendas a golpe de ratón.

Internet la llevó a una agencia inmobiliaria cuyo nombre no recuerdo, aunque me acuerdo perfectamente de que su eslogan decía “benetan gozoa, sutondo-txokoa”*. Se juntaron el hambre con las ganas de comer. Sesenta y ocho metros cuadrados en un primer piso de la Plaza de Hirutxulo, lo que en su día fue el campo de fútbol de Atocha, el de la Real Sociedad. Un traje a medida para Adriana Suárez, la horma de su zapato.

Ella no le daba importancia, pero su cuarto de estar fue en su día el área pequeña donde Arconada ganaba títulos gracias a sus guantes. El lugar en el que el portero de las medias blancas se jugaba la mandíbula en los saques de esquina mientras la grada entonaba sin parar el “¡no pasa nada, tenemos a Arconada!”.

A esta joven, profesora de oboe en el Conservatorio de San Sebastián, le resbalaron las palabras del agente inmobiliario: “Vas a dormir donde Larrañaga y Górriz se hicieron amigos de Arconada, bajo los palos. Aún conservo su primer cromo, lo llevo en la cartera junto a la foto de mi mujer. Luis Miguel Arconada Echarri, 26 de junio de 1954, sesenta y ocho veces internacional, campeón de dos Ligas, una Supercopa y una Copa del Rey; participó en dos Mundiales y otras tantas Eurocopas, incluida la desgraciada con aquel gol que le marcó Platini por la escuadra del sobaco”.

Adriana Suárez buscaba la tranquilidad tras sus horas de notas, escalas y pentagramas. Sobre todo, disfrutaba los domingos por la tarde leyendo algo de Ana María Matute con el silencio roto por la lluvia que chocaba contra los cristales de su piso en la Plaza de Hirutxulo. Un silencio que se transformaba en cánticos cada quince días. Nadie ha sabido explicar el porqué de este fenómeno. Ni la agencia inmobiliaria ni la Policía Municipal ni siquiera la Ertzaintza. Cada dos domingos, entre las cinco de la tarde y las nueve de la noche, se escucha en el cuarto de estar de Adriana Suárez: “¡No pasa nada, tenemos a Arconada! “¡No pasa nada, tenemos a Arconada!”.

*Hogar, dulce hogar.

Ideación de El piso de Adriana Suárez

Tuve una celebración familiar en la terraza de un bar de San Sebastián. “Estás en lo que fue en su día el estadio de Atocha”, me comentó uno de los comensales, donostiarra él. A partir de ese momento, y durante buena parte de aquella comida,  me dediqué a fabular esa historia.

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