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Ópera prima

Por Juan Iribas 25 diciembre, 2015 - 0:27

    -Willy, hijo de mi alma, tienes que llamar a la imprenta. Quinientos ejemplares son pocos. Ya están distribuidos y, según me comentan desde algunas librerías, vendidos. Necesitan más libros.  

 -Calma. ¿Quién soy? Nadie.

    -¿Contactas tú o prefieres que lo haga yo?

    -Mamá: hemos conseguido llegar a treinta puntos de venta. Estamos en librerías centenarias, quioscos, grandes almacenes. ¡Pellizquémonos!

    -Te has quedado corto. Me aseguran que quieren más ejemplares. Si no telefoneas tú, lo haré yo.

    -¿Y qué hago, por ejemplo, con una caja con doscientos títulos? No tengo esa cantidad de amigos ni siquiera en Facebook…

    -Te aseguro que no sólo los vas a distribuir, sino a vender.

    -¿De qué sirve que estén repartidos en todos esos puntos de venta si, quizá, no se compran? Soy un recién llegado al mundo de las Letras; se trata de mi ópera prima.

    -Se venderán. Volaron más de la mitad de los ejemplares de la primera tirada el día de la presentación. Vale, no hagamos cuentos de la lechera, veamos las cosas de manera objetiva. Fíjate en el dato: vo-la-ron.

    -Tengo una hoja Excel en la que controlo todo: librerías, puntos de distribución, ciudades, porcentaje de beneficios, quién ha pagado, cuándo, cuánto, si lo ha hecho mediante transferencia, cheque o en metálico.

    -Tú apunta y, sobre todo, habla con la imprenta. Si vendes mil ejemplares, ¿crees que te darán un Libro de Oro?

-¡Mamá! Por favor… ¿Piensas que esto es Operación Triunfo y que va a salir el representante de una discográfica, acompañado de una azafata, con un galardón?

-Tienes que ir a Madrid, Barcelona, Roma, París, Nueva York, Tokio, Qatar

-¿Qué dices?

-Sí. Y te fotografías con un ejemplar. Así será el libro más internacional.

-Anda, mamá… Por cierto: hay algo que me llama la atención. No veo el libro en los escaparates. No lo encuentro en las bibliotecas. No lo localizo en los clubes de lectura. Y, por la calle, nadie lo ojea en el metro, en cualquier autobús o en una cola del cine.

-Tú no eres Sherlock Holmes. Has escrito, editado y distribuido un libro. Tú. Solo. Ya no puedes hacer más. El control lo tiene el consumidor final, el cliente, el lector. Él es quien compra. Dedícate a escribir, que es lo tuyo. Y punto.

-Es que...

-¡Punto!

-Por cierto: déjame las llaves del otro piso. Prefiero redactar ahí, hay más silencio, luz natural y me inspiran las vistas de los tejados a través de la ventana.

-Me parece un disparate. Tienes una habitación amplia, un equipo de música por si te apetece escuchar a U2. Yo no te molesto; hasta llevo unas zapatillas con las suelas de goma.

-¿Me quieres dar libertad, por favor? Mamá: me siento mejor si escribo en la otra casa. No hay vecinos; no tenemos teléfono; desconecto el timbre; apago el móvil; está prácticamente vacía, salvo el cuarto de los trastos.

-Te equivocas. Si vas, te equivocas.

-¿La llave azul es la de arriba? ¿La amarilla la del portal?

-Sí.

-Vendré a la hora de comer.

-Tú sabrás…

Willy entró en la vivienda; había más silencio, mejor luz natural y le inspiraban las vistas de la ventana. Camino de su escritorio, en una habitación llena de cachivaches, observó una enorme estantería; en ella se encontraban los quinientos ejemplares de su ópera prima, Bautismo de tinta.

Ideación de Ópera prima

Este texto no se me ocurrió, sino que lo soñé.


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