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Olores

Por Juan Iribas 30 junio, 2017 - 7:55

El viernes pasado llené el depósito de mi coche después de que el chivato me pegara un grito en plena autopista, a la altura de un acueducto que me distrae a diario.

Libros
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Quise pagar los 40 euros de diésel con tarjeta, así que entré en una minitienda que lo mismo vende manzanas reinetas, el Cantar de mio Cid o un llavero de Osasuna.

Tenía delante a un tipo sin rastro de educación, con bastante prisa; mientras yo esperaba mi turno entró un muchacho que ya se habría comido año arriba, año abajo cincuenta calendarios. El olor que llevó a aquella minitienda el mencionado muchacho me resultó familiar. “¿A qué huele, a qué huele?”, pensaba… Lo tenía en la punta de la lengua (o de la nariz) pero no daba con aquel perfume. Respiré un par de veces más y, por fin, lo supe: olía a El parnasillo, aquella librería de Pamplona en la que uno se sentía en el Paraíso. Me acordé de la suerte que tuvo Pamplona de haber contado con un librero de tomo y lomo, que aconsejaba como un sumiller en un restaurante, que tenía educado su paladar y el de la clientela.

Y dije para mí: “Entonces, ¿en El parnasillo esparcían colonia o este tipo que tengo al lado se habrá rociado con ambientador? Pese a tener esa duda quise homenajear el buen recuerdo de aquella librería de la calle Castillo de Maya y compré un libro donde jamás hubiera pensado que lo haría. Una sorpresa de narices para mí mismo…

Por cierto que el empleado de la gasolinera me comentó tras teclear el código de barras del Cantar de mio Cid: “¿Este libro? Pues está bastante bien; yo lo he ojeado y me da en la nariz que te va a gustar”.

Ideación de ‘Olores’

Un cliente llegó a la minitienda de una gasolinera acompañado de un olor idéntico al que se apreciaba en la librería El parnasillo.

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