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Compañía

Por Juan Iribas 21 julio, 2017 - 7:49

Enviudé un lunes por la mañana. Creo que a las cinco de la tarde. Le di la razón al verso de García Lorca: “¡Ay, qué terribles cinco de la tarde!”.

Unas personas utilizar el Wifi de una cafetería ARCHIVO
Unas personas utilizar el Wifi de una cafetería ARCHIVO

Recuerdo que me sentaron en una silla de mimbre en aquel tanatorio que estrenó mi marido. Me dieron un vaso de agua y una pastilla. “Lo siento”, “te acompaño en el sentimiento”, “siempre se van los mejores”. Pronunciaron las condolencias estándar familiares, amigos y conocidos. Hasta aquí, todo normal dentro del desasosiego que padecía yo, Josefina Goicoechea, la costurera del pueblo.

Entre besos, abrazos y consuelo (nulo) para el desconsuelo, alguien se me acercó para darme un consejo: “Ponte Wifi”. Yo deduje que me estaba haciendo efecto aquel tranquilizante. “¿Que me ponga qué?”, dije para mí.

Cuando supe qué era aquello, lo tuve claro: “Hablar por no callar…”, pensé. Me detallaron que es algo de los ordenadores y esas cosas… ¿Yo, que las teclas con las que más familiarizada estoy son las de mi lavadora? ¿Una viuda de ochenta años que no sabría manejar un ratón de esos?

“Ponte Wifi, es lo mejor para aliviar la soledad”. Esa frase martilleaba mi cabeza día y noche mientras no me abandonaban la angustia, la soledad, el silencio. “Pues me pondré Wifi”, decidí a los días. Y, a partir de entonces, se acabaron aquella angustia, aquella soledad, aquel silencio.

Tengo debajo de mi ventana a todas horas a un ramillete de niños “chupando Wifi”. No sé qué significa exactamente, pero me encuentro de lo más acompañada.

Ideación de ‘Compañía’

Hace un mes me contó una viuda que le recomendaron sobrellevar la soledad de esa manera…

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