Blog / El espejo de la historia

Los nuevos sans-culottes

Por Javier Aliaga 17 Diciembre, 2018 - 9:06

El autor hace un repaso de las revoluciones francesas y de las claves para comprender el inédito movimiento de los “chalecos amarillos”.

Los “chalecos amarillos” en una de sus protestas ante al Arco del Triunfo de Paris. EFE - EL ESPAÑOL
Los “chalecos amarillos” en una de sus protestas ante al Arco del Triunfo de Paris. EFE - EL ESPAÑOL

Es bien conocido que los ciclistas calzan un culotte, corto o largo, para aliviar las posaderas de los mortificantes sillines “de carreras”, tan estrechos como duros. Lo que no es tan conocido es que el culotte o calzón -pantalón hasta la rodilla- en la Francia prerrevolucionaria del siglo XVIII era signo de distinción de las clases pudientes -nobleza y burguesía-; el pueblo llano vestía pantalón largo.

Por ello, los trabajadores manuales partidarios de la revolución, para desmarcarse de las clases sociales superiores, no se denominaban por lo que llevaban, sino por lo que no llevaban: sans-culottes (sin calzónes) y con este nombre pasaron a la historia. Actores directos de la toma de la Bastilla y muy especialmente de los acontecimientos que sucedieron hasta la caída de la monarquía y la proclamación de la I República francesa de 1792. Apoyaron el régimen del Terror de Maximilien Robespierre, hasta la ejecución de éste, en 1794, que son relegados a un rol político secundario.

La incuestionable transcendencia de la Revolución Francesa puede dar la falsa idea de que en el Hexágono no hubo más revoluciones. Recordemos que desde 1789 los franceses han pasado por 3 monarquías, 2 imperios y 5 repúblicas, algunos de los cambios de régimen fueron acompañados de procesos revolucionarios. Concretamente en el siglo XIX fueron tres: en 1830 –sustituyó la monarquía borbónica por la de Orleans -, en 1848 –la instauración de la II Republica-, y en 1871 –la Comuna de Paris se alzó contra la III República, acabó masacrada-.

Desde hace poco más de un mes, la Francia contestataria se ha echado a la calle representada por una nueva estirpe insurrecta, nacida como los sans-culottes del pueblo, sin intervención de partidos políticos o sindicatos, para protestar, al igual que muchas revoluciones históricas, contra la carestía de la vida y el incremento de los impuestos.

Son los autodenominados “gilets jaunes” (“chalecos amarillos”), caracterizados por llevar el chaleco fosforito obligatorio en los vehículos para casos de avería o emergencia. Pero en este caso, el coche no está averiado, es la nación francesa la que estáen panne”. En la France de la “égalité” no puede ser que los más vulnerables paguen subidas indiscriminadas de combustible y de impuestos –aprobados en la anterior legislatura del socialista Hollande- para cumplir los acuerdos de la COP21 de Paris de 2015.

Por el momento, los grandes afectados de la transición energética son los residentes de zonas periurbanas y de regiones periféricas rurales de la Francia profunda. Para ellos el coche es la base de la subsistencia, con el cual circulan por carreteras secundarias cuyo límite de velocidad, para más inri, acaba de ser reducido, y en consecuencia sus desplazamientos son más lentos.

A pesar de todas las incomodidades sufridas, la mayor parte de la sociedad francesa, sin distinción de capas sociales, apoya el movimiento de los “chalecos amarillos”; en parte por la baja popularidad del presidente Macron reprobado en dos ocasiones: la primera, por haber anulado el Impuesto de Solidaridad sobre la Fortuna (ISF), aprovechado hábilmente por la oposición para bautizarle como “le président des riches; y la segunda, hace unos meses por el “Affaire Benalla”.

La característica fundamental de este movimiento, nacido en las redes sociales donde tiene su foro de comunicación, es que carece de líderes y de estructura, quedando el Gobierno impotente para establecer una interlocución válida y paralizar las protestas callejeras. De poco sirvió suprimir el impuesto a los carburantes –que era la primera reivindicación- que entraría en vigor en enero.

La semana pasada, el presidente se ha dirigido a la ciudadanía en una alocución televisiva anunciada; la expectación era enorme. De hecho la audiencia superó la del partido de la final de la Copa del Mundo de Fútbol del pasado julio. En un acto de contrición Macron entonó el “mea culpa” y declaró «el estado de urgencia económica y social» acto seguido puso en la mesa 10.000 M€ de exenciones fiscales.

Esta cantidad supondrá salirse de la senda de reducción del déficit y será motivo de reprimenda de Bruselas, pero lo importante es apagar el fuego en las calles. Ocurra lo que ocurra, los nuevos sans-culottes han conseguido lo que no han logrado ni la oposición, ni los sindicatos: doblegar al arrogante neoliberalismo del presidente y de su Gobierno.

Este fin de semana el movimiento ha celebrado el Acto V, según el Ministerio del Interior, han participado 66.000 manifestantes que no alcanzan el 25% de los participantes del Acto I del pasado 17 de noviembre; los actos violentos se han reducido en cantidad e intensidad. Al final la gran reivindicación que reclaman es el Referéndum de Iniciativa Ciudadana (RIC).

Sin embargo, aunque el movimiento se desinfla, no tiene visos de desaparecer totalmente. Por muchos beneficios fiscales y mejoras sociales, para un sector extremista todo será insuficiente, la presa es el presidente y la proclama no es otra que «Macron démission».

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