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La balada del café triste, Carson McCullers

Por Javier Serena 06 Abril, 2016 - 0:00

En la novela breve La balada del café triste se reúnen algunos de los rasgos distintivos de Carson McCullers, (EEUU, 1917):

la brutalidad con que transforma un escenario convencional, el de un pequeño pueblo sin perspectivas ni oportunidades de ningún tipo, en el espacio para la lucha feroz entre un puñado de personajes desfigurados hasta lo grotesco, que se perseguirán como fantasmas unos a otros en un desencuentro permanente, un asunto habitual en McCullers que ella ya anunciaba con el título de su primera y conocida novela: El amor es un corazón solitario.

“El amado no es más que un estímulo para el amor acumulado durante años en el corazón del amante (...) no hay amante que no se dé cuenta de esto, con mayor o menor claridad”, dice, en esta novela cuya originalidad no reside tanto en los temas planteados como en la crudeza del tratamiento de McCullers, sin ambigüedades ni complacencia a la hora de retratar el vacío incorregible en que viven sus personajes. Lo cierto es que la autora, en la escenografía vulgar de un café abierto en un pequeño pueblo presidido por la tosquedad y la falta de comunicación de las atmósferas rurales, propone las atracciones más insospechadas, propias de un teatro de esperpento: Miss Amelia, una solterona volcada en la gestión de la herencia familiar, alta y delgada como un hombre y con hábitos igualmente masculinos, caerá rendida a los dudosos encantos del primo Lymon, un jorobado, enano, buscavidas, sin otra virtud que su labia de tahúr en el café, quien a su vez perseguirá a Marvin Macy, un bello expresidiario famoso por su crueldad, que años atrás a su vez fue marido de Miss Amelia durante apenas diez días, en los que sufrió todo tipo de muestras de desprecio por parte de su mujer.

Da igual, parece decir McCullers, qué virtudes tengan o no los amados, ni tampoco importa su sexo o su belleza ni su posición social, igual que si cualquier pasión fuese una enfermedad aleatoria que naciera en la soledad de cada cual, sin respuestas ni llamadas que lo justifiquen, y contra el que el rechazo, lejos de disuadir, actúa como el veneno más adictivo.

McCullers se recrea en el morbo de la violencia, en el patetismo de sus personajes rebajados por su condición de cazadores frustrados, en ese estigma de nómadas encaprichados de espejismos que los define a todos y cada uno de ellos. Las escenas a las que arroja a sus personajes tampoco presentan complacencia alguna: Miss Amelia y Marvin Macy, que pese a su dureza no dejará de flaquear ante la que fuera su esposa durante poco más de una semana, protagonizarán un combate de boxeo público, mientras que el jorobado Lymon, ajeno a las insólitas atenciones de Miss Amelia, se arrastrará detrás del presidiario pese a que este le trate con el desprecio de una mascota.

El café en que estos tres personajes se entrelazan entre la multitud vulgar del pueblo, y cuyo breve esplendor es impulsado por la aparición del primo Lymon, hasta el regreso de Marvin Macy tras una de sus ocasionales estancias en la cárcel, acabará cerrado, convertido ya en adelante en el café triste, con sus ventanas selladas y sus lámparas sin luz: reducido a una bancarrota idéntica a las historias frustradas que podrían haberles unido a ellos tres, arrojados cada cual en adelante a un desierto sin solución, igual que si sus destinos tuvieran el trazado de  vías muertas de una línea de ferrocarril inacabada.

Al cabo de los años, en el caserón en que estuvo instalado el café, sólo quedará Miss Amelia: un personaje tan desvaído, que nadie sabe ya si está viva o si es es pura leyenda, apenas asomada a la ventana alguna tarde, buscando en los espejos rastros de su juventud perdida.

Pese a la brutalidad de sus historias no hay en McCullers, en cambio, muestra alguna de amargura, ni lamentos ni quejas ni tampoco desesperanza: acepta la condición de las cosas como son, sí, igual que si debiéramos estar preparados todos para la caza nocturna en un bosque, aunque en esa batida el cazador acabe siempre con sus propias flechas clavadas en la espalda y el pecho atravesado por los navajazos de la que iba a ser su presa. Nunca se entrevé ni desaliento ni tristeza en sus libros: al contrario, aun condenados a esa errancia tras la belleza de alguna bestia vista entre las ramas de la noche, McCullers no parece medir a sus personajes por los trofeos que acumulan a la espalda, sino por la cantidad de zarpazos recibidos, igual que si esa fuera la única forma de saber acerca de su valía.

McCullers, una autora norteamericana imprescindible pese a que por su muerte prematura y las enfermedades que sufrió no pudo desarrollar una obra del todo extensa, cuenta con un talento muy personal, lúcido y salvaje, que brilla en cada página, con personajes siempre desfigurados por el vacío y el deseo.

Ficha

Título: La balada del café triste

Autor: Carson McCullers

Editorial: Seix Barral, 160 págs., 15 euros.

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La balada del café triste, Carson McCullers