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Los Coronapactos

Por Javier Aliaga 25 abril, 2020 - 9:46

Sea cual sea la denominación, este país necesita, de una vez por todas, unos grandes acuerdos de Estado entre partidos políticos.

Los Pactos de la Moncloa en la Transición española (archivodelatransicion.es)
Los Pactos de la Moncloa en la Transición española (archivodelatransicion.es)

Los Pactos de la Moncloa de 1977 fueron dos. Uno de carácter económico que firmaron todos los partidos políticos el 25 de octubre en el palacio de la Moncloa, acto retransmitido por RTVE. El otro, el jurídico-político, fue refrendado dos días más tarde en el Congreso de los Diputados por todos los partidos políticos a excepción de la Alianza Popular (AP) de Manuel Fraga. No hubo pacto social, ni la patronal ni los sindicatos salieron en la foto.

Cuatro meses antes de aquel acuerdo histórico, el 15 de junio, se habían celebrado las elecciones constituyentes -no convocadas como tal-. Las ganó la Unión de Centro Democrático (UCD) de Suárez con 165 escaños, a 11 escaños de la mayoría absoluta. El PSOE de F. González con 118 diputados se convirtió en la segunda fuerza en el Congreso. El partido comunista (PCE) de Carrillo, que había sido legalizado en la Semana Santa de aquel año, obtuvo 20 escaños, por delante de AP con tan sólo 16 escaños.

La iniciativa para los pactos económicos la tomó el vicepresidente para Asuntos Económicos Enrique Fuentes Quintana, su alocución televisiva, recién formado el Gobierno, es una lección para los políticos actuales. Proponía tres ejes de acción: 1) contención de la inflación galopante, el ejercicio anterior había sido del 19%, estimaba alcanzase el 30%; 2) disminución del déficit exterior, preveía 5.000 M$, con un crecimiento que arrastraba desde la crisis del petróleo de 1973; 3) reducción del paro que alcanzaba, en aquel momento, la barbaridad del 5%.

Aquella España adolecía de profundos desequilibrios heredados del franquismo con intervencionismo en la economía. El objetivo era, por tanto, modernizar el país y demoler las reminiscencias de la dictadura para traer la democracia y construir el “estado de bienestar”. Mientras, el terrorismo de ETA no cesaba su sanguinaria trayectoria. Aunque la Constitución no fue fruto directo de los Pactos de la Moncloa, crearon el clima propicio para su consenso.

Hace unas semanas, en pleno estado de alarma, la presidenta de C’s, Inés Arrimadas, esbozó la idea de unos nuevos Pactos de la Moncloa. El presidente Sánchez, recogió el guante e hizo lo que mejor sabe hacer: política con backwards marketing. Es decir, primero pergeña el slogan, lo publicita y si el mercado lo demanda, comienza la fabricación. No es algo que provenga del gurú Iván Redondo, es inherente al personaje; véase por ejemplo, el concepto de plurinacionalismo con el que martilleó machaconamente hace 3 años.

Para la inconmensurable arrogancia de Sánchez, la tentación de reeditar una versión 2.0 de los Pactos de la Moncloa era enorme: establecer una mesa de partidos en el palacio presidencial para erigirse como un nuevo Suárez en facilitador de los grandes acuerdos de Estado. Ahora bien, si nunca segundas partes fueron buenas, en este caso menos. Es evidente que la crisis social y económica que va a generar la pandemia de la Covid-19 nada tiene que ver con el período preconstitucional de hace 43 años, cuya prioridad económica era controlar la curva de la inflación.

Hoy nuestro reto es doblegar la curva de la epidemia. Cuando se logre, nos enfrentaremos a una debacle económica desconocida que se traducirá en tres calamitosas gráficas: el paro, el déficit presupuestario y la deuda pública. Nuestra situación es tan excepcional que hacer un paralelismo con los pactos de 1977 sería un error fundacional. Además, la entrada en escena del PP ha pinchado el globo del marketing sanchista, al exigir que la mesa se lleve, con proporcionalidad parlamentaria, a una comisión del Congreso de los Diputados, rompiendo cualquier vínculo con el infectado palacio de la Moncloa.

El gran inconveniente para que Sánchez ponga en marcha un gran pacto, es su falta de credibilidad: con sus socios, con el resto de partidos y, sobre todo, con sus votantes por haber incumplido sus promesas de la campaña electoral. La desconfianza en el personaje ha sido creciente en cada petición de prórroga del estado de alarma. Por eso, cuando apela a los pactos, no sabemos si desea un acuerdo integrador con todo el arco parlamentario o pretende eludir responsabilidades, o lo que es peor, urdir una trampa saducea para marginar a la derecha, al estilo del Pacto del Tinell de 2003.

A Sánchez todo le da igual mientras permanezca en la Presidencia. Fiel a su espíritu, sin haber comenzado la fabricación del producto, ya ha cambiado el slogan por otro más grandilocuente: los Pactos para la Reconstrucción. En todos los casos, aunque todavía no sabemos qué se va a reconstruir, él adoptará el rol de reconstructor.

Un gran pacto de Estado es la asignatura pendiente, desde hace años, de la política de España, para solventar los problemas como: pensiones (Pacto de Toledo), bloqueos de las legislaturas (4 elecciones generales en 4 años), paro, energía, despoblación… El sentido común y la ciudadanía están reclamando unos nuevos pactos, en línea con las sombrías previsiones económicas del FMI, del BBVA y del Banco de España.

El ejemplo a seguir en todas las instituciones, lo ha dado el Ayuntamiento de Madrid. Las antípodas se han puesto de acuerdo, Rita Maestre portavoz de Más Madrid ha ofrecido “apoyo total” al alcalde Martínez-Almeida del PP que le respondió tener “un objetivo común”. Al que se ha sumado también las Cortes de la C. Valenciana.

Pero no nos engañemos, si finalmente esos grandes pactos salen adelante, no será por la predisposición y la lealtad de los partidos, ni por el buen hacer de sus políticos; habrá sido el coronavirus el que ponga un poco de cordura en la clase política. Por eso, lo más lógico es que se denominen Coronapactos en virtud al agente causante del milagroso acuerdo entre partidos.

En cualquier caso lo accesorio es la denominación, lo importante es que se ponga orden y concierto en nuestras cuentas para aminorar la ruina que nos acecha.

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