Blog / El espejo de la historia

Las placas de Asirón

Por Javier Aliaga 25 Abril, 2018 - 9:38

Se describe el movimiento Stolpersteine en memoria de las víctimas del nazismo, comparando con las dos placas colocadas por el Ayuntamiento de Pamplona a las víctimas de ETA.

Placa del Ayuntamiento de Pamplona en memoria de Alfredo Aguirre Belascoain, asesinado por ETA el 30 de mayo de 1985. IÑIGO ALZUGARAY
Placa del Ayuntamiento de Pamplona en memoria de Alfredo Aguirre Belascoain, asesinado por ETA el 30 de mayo de 1985. IÑIGO ALZUGARAY

Quien patee con detenimiento Berlin puede “tropezar” con algún adoquín dorado de 10x10 cm, con una sencilla inscripción. Corresponde al movimiento creado en 1990 por el artista alemán Gunter Demnig, denominado Stolpersteine, cuya traducción es “piedras para tropezar” (stolper tropezar; steine piedras).

Cada stolperstein, en singular, es un memorial a una víctima del nazismo –judía o no- enviada a un campo de exterminio, que se coloca a pie de calle junto al inmueble que habitaba. En realidad, el movimiento nació en Colonia y se ha difundido por toda Alemania y Europa; en la actualidad puede haber más de 50.000. De hecho en la localidad catalana de Navàs, se colocaron 68, correspondientes a los muertos que fueron deportados a Mauthausen-Gusen.

En mi opinión, los stolpersteine tiene dos características relevantes: sencillez en el texto y visibilidad al viandante. Ello contrasta con las 62 placas que hace un año Covite colocó, furtivamente de madrugada, en San Sebastián y Bilbao, que fueron retiradas por los respectivos Ayuntamientos, cuyo texto era «Aquí fue asesinado por la banda terrorista ETA».

Storlperstein “Aquí vivió Hannah Karminski 1897 Deportada 1942 Asesinada en Auschwitz”

Diferenciándose también con las dos placas colocadas el pasado enero por el Ayuntamiento de Pamplona, a tres metros de altura, en memoria de dos asesinados por la banda, con la lacónica y torticera calificación de «víctima de ETA». La primera en la Rochapea, en memoria del policía nacional Ángel Postigo, asesinado a tiros por varios miembros de ETA el 15 de junio del año 1980 en el que, cada tres días la banda terrorista asesinaba a una persona.

La segunda en la Bajada de Javier, como recordatorio de un chaval de 13 años, Alfredo Aguirre, que el 30 de mayo de 1985 cuando se dirigía a su casa, explotó una bomba de ETA que, además mató al policía nacional Francisco M. Sánchez, cuya placa brilla por su ausencia.

Lo ignominioso es que entre los muertos en las calles de Pamplona también hay clases. El agravio comparativo es manifiesto; compárense las dos placas instaladas en enero con la del memorial a Germán Rodríguez del jardincillo de la Av. Roncesvalles, que además de una estela, incluye el texto explícito: «Muerto por disparo de la Policía el 8 de julio de 1978». Asirón, al evitar calificar a ETA como banda terrorista, en justa medida, debiera haber grabado en la placa de Ángel Postigo “Muerto por seis disparos de ETA”, mientras que en la de Alfredo Aguirre “Muerto por la explosión de una bomba de ETA”; faltando en ambos casos la estela.

De todas formas, es muy respetable la decisión de los familiares de haber dado su consentimiento al Ayuntamiento de Asirón para la colocación de las placas; del mismo modo que es comprensible la renuncia de las familias de los 25 asesinados restantes. Sin embargo, es evidente que las dos placas no han conseguido «avanzar en la convivencia» como manifestó el alcalde el día de su colocación y lejos están de la «reivindicación de la memoria, dignidad, reconocimiento y reparación para todas las víctimas».

El asunto es todavía más flagrante con el cruel comunicado de la banda terrorista del pasado día 20 que dinamita cualquier atisbo de conseguir el beneplácito de las familias para seguir instalando más placas, al establecer una miserable dicotomía entre sus asesinados: aquellos que son merecedores de su perdón, sin «participación directa en el conflicto»; y los demás, que en una perversa ambigüedad, parece referirse a miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, jueces, miembros del Ejército… Según esta discriminación, nos encontramos con una infame diferencia entre la placa en memoria de Ángel Postigo que no merece el perdón de ETA y la de Alfredo Aguirre, que sí es beneficiario de su magnánimo perdón.

No busquemos la solución a esta discrepancia en la banda terrorista que ha perdido la última ocasión para solventarla. Ahora es la corporación municipal la que debiera condenar, sin distinción, todos los actos violentos de ETA; en ese caso sería suficiente homenajear a cada víctima con un stolperstein, significando que toda la sociedad estaría conforme en que aquello, como lo ocurrido en la Alemania nazi, fue una monstruosidad.

Pero no nos engañemos, el problema persistirá, pues a pesar de la inminente escenificación del fin de la banda terrorista; ETA no va a desaparecer, seguirá existiendo en las neuronas de la izquierda abertzale -reforzada con el último comunicado-, que no cambiará el discurso. Obviamente, mientras eso siga ocurriendo, las placas de Asirón no tienen sentido. 

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