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Honores para un expresidente corrupto

Por Javier Aliaga 17 octubre, 2019 - 9:33

A pesar de haber sido condenado por corrupción, la República francesa ha rendido homenaje con funerales de Estado al expresidente Jacques Chirac.

Jacques Chirac, presidente de Francia (1995-2007), durante un acto institucional.
Jacques Chirac, presidente de Francia (1995-2007), durante un acto institucional.

Tras el reciente fallecimiento del expresidente francés, Jacques Chirac, me he preguntado si los funerales de Estado serían apropiados por haber sido juzgado y condenado por corrupción. La respuesta la ha dado el pueblo francés rindiéndole homenaje con largas colas para pasar ante el féretro en los Inválidos y para firmar en el libro de condolencias del Eliseo.

A lo largo de su intensa vida al servicio público, Chirac se granjeó el apelativo de animal político, porque sólo un animal político puede aguantar casi 50 años, contra viento y marea, en los máximos cargos estatales. Cursó estudios en el Instituto de Estudios Políticos (Sciences Po), al finalizar la mili en la guerra de Argelia, ingresó en la Escuela Nacional de Administración (ENA). Aunque en su juventud coqueteó con el Partido Comunista, acabó incorporándose en el partido conservador UDR del general De Gaulle.

En mayo de 1968 estando Francia paralizada, al joven Chirac -secretario de Estado de Empleo- le tocó la complicada tarea de negociar con el poderoso sindicato comunista CGT. Fue protegido (chou-chou) de Pompidou, que le puso al frente de varios ministerios. En Agricultura gracias a su simpatía supo conquistar a agricultores y ganaderos.

Ostentó el cargo de primer ministro en dos periodos: de 1974 a 1976 y de 1986 a 1988. Fundó el partido PRP con el que ganó la Alcaldía de París en 1977, cargo que mantuvo en sus tres intentos presidenciales; perdió dos frente al socialista Mitterrand. Para la tercera vez se reinventó así mismo con una imagen renovada y un slogan contra la “fractura social” que le sirvieron para ganar al también socialista Jospin. Ocupó la Presidencia de 1995 a 2007 por dos mandatos: un septenio más un quinquenio.

Chirac soportó dos periodos de cohabitación: como primer ministro siendo presidente Mitterrand; y como jefe de Estado con Jospin de primer ministro. Bajo su mandato se promovió una modificación de la Constitución para acortar el periodo presidencial de un septenio a un quinquenio. De este modo se evita la cohabitación sincronizando elecciones presidenciales con legislativas.

Chirac en su primer año al frente de la República fulminó uno de los tabús celosamente oculto por los presidentes anteriores: la responsabilidad de la Francia de Vichy en el envío masivo de judíos a campos de exterminio nazis.

Ha pasado a la historia como precursor y defensor del medio ambiente; en la cumbre de Johannesburgo de 2002, pronunció un discurso del que ha quedado la frase: «Nuestra casa se quema y miramos a otro lado.» Nada coherente con su trayectoria anterior, siete años antes había cancelado la moratoria de Mitterrand para dar luz verde a los ensayos nucleares franceses.

Su apoyo al arte de culturas no occidentales se materializó en 2006 con el museo etnográfico Quai du Branly, rebautizado diez años más tarde como Quai du Branly-Jacques Chirac. Sólo así se entiende que siendo alcalde de París al recibir una llamada telefónica del entonces rey de España, Juan Carlos I, pidiéndole colaboración para la celebración del V Centenario del Descubrimiento de América por Colón, le respondiese: «No voy a hacer nada por ese asesino, haré algo en honor del pueblo que él ha hecho desaparecer.»

De todas las decisiones, la más popular fue su negativa, en 2003, a la intervención anglo-americana en Irak -respaldada por Aznar en contra de la opinión pública española-. La incógnita es si buscaba preservar los intereses comerciales franceses en Irak o tenía mejor información. El tiempo le dio la razón, las armas de destrucción masiva nunca se hallaron.

El Chirac hombre era un bon vivant, en la mesa un gran comilón y en la cama un promiscuo. Su mujer, Bernadette, aguantó carros y carretas, en alguna ocasión confesó haber estado a punto del divorcio. Sus fulgurantes encuentros sexuales le hicieron acreedor del título “Monsieur cinco minutos, ducha incluida”. El día del accidente de Lady Di Diana de Gales, ni la guardia personal ni los servicios de inteligencia dieron con el paradero del presidente; un periodista de Le Figaro aventuró que se encontraba con Claudia Cardinale.

Los tribunales evidenciaron que Chirac se sirvió de la Alcaldía de París como fuente de financiación. La justicia no pudo enjuiciarle por su inmunidad presidencial; sin embargo, su adjunto, Alain Juppé, como chivo expiatorio, fue condenado a 16 meses de prisión –con suspensión de pena- y a la inhabilitación de un año. Posteriormente, aludiendo haber cumplido con la justicia, fue elegido alcalde de Burdeos, actualmente ocupa un puesto en el Consejo Constitucional francés.

Al finalizar su segundo mandato presidencial, Chirac rindió cuentas ante la justicia por los chanchullos cometidos siendo alcalde de París. Sólo prosperó la malversación de fondos, en la pieza judicial de los llamados “empleos ficticios” –trabajadores del partido en nomina del Ayuntamiento-. En 2011 fue condenado a dos años de prisión –con suspensión de pena, no fue a la cárcel-; previamente había devuelto 2,2 M€ a las arcas del Ayuntamiento de París -el partido conservador UMP pagó 1,6 M€ y Chirac apoquinó el resto-.

La conclusión que sacamos del caso Juppé-Chirac de este lado de los Pirineos, es que aquí nuestra vara de medir la corrupción es distinta a la francesa. Algunos políticos españoles no han tenido derecho ni siquiera a la presunción de inocencia, renunciando a la carrera política por el hecho de haber sido imputados. Por el contrario, la permisividad francesa admite reintegrar al político tras cumplir con la justicia. Aquí más de uno exclamaría: ¡están locos estos galos!

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