Blog / El espejo de la historia

Fobia al ejército

Por Javier Aliaga 11 febrero, 2016 - 20:42

Proponemos un hecho histórico para que el lector adivine si se trata o no de una falsedad.

Verdadero o falso:

La II República española, siendo ministro de la Guerra Manuel Azaña, dictó una serie decretos de reforma del Ejército que lo modernizó al nivel de los mejores ejércitos europeos.

La Reforma del Ejército de 1931

Con la llegada de la II República, el 14 de abril de 1931, el Gobierno provisional comienza a legislar, por la vía del decreto, todos los temas importantes del país, incluyendo la reforma del Ejército. Una semana más tarde, para asegurar la fidelidad de la oficialidad al nuevo régimen, la Gaceta de Madrid –el BOE de la época- publica un decreto obligando a todos los oficiales a prometer su adhesión, en un plazo de 4 días, con la formula: “prometo por mi honor servir bien y fielmente a la República, obedecer sus leyes y defenderla con las armas”. Quién no lo hiciese causaría baja en el Ejército.

Tres días más tarde, el 25 de abril, el Ministerio de la Guerra dicta otro decreto para descongestionar el escalafón; todos aquellos oficiales que lo solicitasen en un plazo de 30 días, podían pasar a la reserva con la paga completa. Al amparo de este decreto 10.000 jefes y oficiales aceptaron el retiro, la operación, calculada por una aseguradora, era favorable al Tesoro en 650 millones de pesetas cuando hubiese fallecido el último retirado, pues los jefes y oficiales que se retiran no ascienden más, ni perciben las gratificaciones del mando. Un mes más tarde, un nuevo decreto proyecta la primera gran reforma “la reorganización general del Ejército”, por el que se reducen las divisiones de 16 a 8, al mismo tiempo que se rebaja el servicio militar a un año, se suprimen ciertos regimientos y batallones.

Efectivamente el Ejército estaba erráticamente sobredimensionado; 80 generales eran más que suficientes para las 16 divisiones que constaba, pero el Anuario Militar registra 256 generales y un total de 21.996 jefes y oficiales, con más comandantes y capitanes que sargentos. En pocas palabras, había “más jefes que indios”. El desfase era, en parte, consecuencia de los oficiales “africanistas” que pedían el destino a Marruecos para adquirir estrellas rápidamente. A este respecto el decreto del 3 de junio anunció la revisión de todos los ascensos de la guerra de Marruecos concedidos con criterios políticos durante la Dictadura de Primo de Rivera.

Otro decreto, el del 16 de junio, suprime las Regiones Militares, el gobernador militar y las categorías de capitán general -según Azaña, era una herencia de los virreinatos- y teniente general, a partir de aquel momento la categoría más elevada sería la de general de división. Hasta el momento, la justicia militar estaba en poder de los capitanes generales. Se suprimió el Consejo Supremo de Guerra y Marina creando una sala especial en el Tribunal Supremo para delitos de carácter militar. En consonancia con los aires laicistas de la II República, el decreto del 5 de julio suprime el cuerpo eclesiástico del Ejército. El 14 de julio se cerraba la Academia de Zaragoza, cuyo director era F. Franco.

Con ocasión del proyecto de ley del Cuerpo de Suboficiales en las Cortes, el 2 de diciembre de 1931, Manuel Azaña, como ministro de la Guerra, describe la lamentable situación del Ejército, haciendo un repaso de todas las reformas llevadas a cabo: “a consecuencia de las guerras coloniales, a consecuencia de las guerras civiles, se había producido un crecimiento morboso, enfermizo de la institución militar….España no llevaba a cuestas el Ejército, llevaba el cadáver del Ejército”. “En otros países cuando se concluía una guerra de gran importancia que había forzado al país a crear gran número de oficiales, se les licenciaba… Esto en España nadie se atrevió a hacerlo, y se encontraba el Gobierno y el Parlamento con una masa de oficiales con los que no sabía qué hacer, y la consecuencia era que el Gobierno creaba destinos, o mantenía unidades para tener colocado el exceso de personal… hemos llegado a tener regimientos de infantería con 80 soldados, y regimientos de caballería sin caballos…”.

Azaña, en la misma sesión de las Cortes, describe la escabechina realizada en los seis meses de existencia de la República: “Había 21.000 oficiales en las plantillas; han quedado 8.000 en números redondos. Había 16 divisiones, han quedado 8. Había 8 o 10 capitanías generales; no ha quedado ninguna. Había 17 tenientes generales; no ha quedado ninguno… Había cincuenta y tantos generales de división; han quedado veintiuno. Había ciento y pico generales de brigada; han quedado cuarenta y tantos”. Con respecto a la cría caballar, informa: “en el Ministerio de la Guerra, el servicio de cría caballar que costaba 18 millones de pesetas…el Ejército adquiría cada año 4.000 caballos…sale cada caballo a cuatro mil y pico de pesetas…Y por eso acordó el Gobierno…transferir ese servicio al Ministerio de Fomento”.

En esa sesión, Azaña detalla el material del ejército más propio de la guerra de Gila: “no sé si voy a cometer una imprudencia…no hay cañones, no hay fusiles, no hay municiones”. “cuando hemos ido a Marruecos, los moros nos disparaban con cañones, cogidos a los franceses, que alcanzaban 14 km, y durante muchas acciones los moros han detenido columnas españolas impunemente, que no tenían para defenderse más que un cañón que alcanzaba la mitad que los suyos…ahora tenemos un cañón de campaña que alcanza 6 o 7 km, que tiene treinta años de vida y poco menos, y los ejércitos modernos, el francés, el inglés y el alemán, tienen cañones de campaña que alcanzan 14 km”.”No quiero hablar de la aviación porque, en realidad, no existe; la aviación es un proyecto para el porvenir…el cuerpo de aviadores, pero que, realmente, no tiene sobre qué trabajar”. ”…acabamos de organizar dos regimientos de carros de asalto…todavía no hemos encontrado dinero con qué dotarlos…”

Azaña se manifiesta con respecto al acuartelamiento y los soldados: “No hay material de acuartelamiento; el soldado duerme en la cama de cuatro tablas”. “El soldado estaba pagado con una peseta y 25 céntimos… se le descontaba…10 céntimos para utensilios de acuartelamiento…y 15 céntimos para vestuario”. Sobre la reforma de las academias militares y la formación de los oficiales, indica: “Para esto no se puede pensar que de las academias militares salgan todos los oficiales en condiciones de aptitud para el generalato…pero es una monstruosidad. De las academias militares hay que sacar a los oficiales para que sean tenientes o capitanes…”

Pregunta planteada

Actualmente, cuando se realiza una reconversión de una empresa, bien por problemas financieros o como consecuencia de una fusión –caso típico en bancos-, es necesaria la reducción de la cabeza aplicando prejubilaciones, conocido vulgarmente como “jibarización”. En este sentido las medidas de Azaña fueron correctas. Sin embargo, la reducción de efectivos no mejoraron ni la eficacia, ni la calidad del Ejército, porque el diseño era anacrónico, más propio de la I Guerra Mundial, en la cual Azaña estuvo de corresponsal. Hubo falta de inversión para motorizar y mecanizar las divisiones, así como para reforzar y modernizar la fuerza aérea. Aquel ejército no tenía recursos para entrar en combate en la II Guerra Mundial contra ejércitos europeos potentes. La ineficacia del Ejército fue patente en la guerra del 36. Por todo lo dicho, el resultado a la pregunta inicial es falso.

Declaración Institucional del Parlamento de Navarra

Recientemente, la Junta de Portavoces del Parlamento de Navarra ha emitido una declaración institucional antibelicista respaldada por el cuatripartito. Mi primera impresión, fue pensar que todo aquello que sirva para retomar la normalidad y la convivencia en una población, que ha sufrido durante 50 años de plomo -desde 1961 hasta 2011- el implacable terrorismo de ETA-MILITAR, bienvenido sea. Sin embargo, creo que, por venir de donde viene, o bien los miembros de la amalgama se han disfrazado de antibelicistas para las fiestas de carnaval, o bien sufren una patología de fobia al Ejército español. No, porque sean víctimas de una hoplofobia –del griego hoplon (arma) y phobos (miedo)- ; sino, porque su fobia es a “lo español” y por ende, a su Ejército.

Al respecto, los declarantes antibelicistas del Parlamento como "institución defensora de la educación por la paz y libre de formación militar" debieran haber aprovechado la ocasión para “animar” a ETA-MILITAR, a la entrega de las armas, cuya demora –vamos para 5 años- es tan inquietante como sospechosa. Ello no puede ofrecer más que a dos posibles motivos: el primero, el más probable, que la banda está esperando un trueque político con un gobierno de Madrid proclive a la negociación; el otro, menos probable, pero nada desdeñable, está durmiente para comenzar su actividad en momento oportuno. Cualesquiera que sean los motivos, “miel sobre hojuelas” para los ambiente próximos a la amalgama.

Por otra parte, no debemos olvidar que el PNV, el mismo que forma parte de la declaración, continua homenajeando en el Gudari Eguna a los combatientes centenarios de la guerra incivil –como la llamó Unamuno-, celebración que aprovechan algunos como exaltación a miembros de ETA-MILITAR. Es notorio que en la comunidad Autónoma Vasca proliferan los actos conmemorativos y de homenaje a los gudaris de esta guerra, incluso se llega al esperpento de escenificar con 120 voluntarios (requetés, falangistas, milicianos, gudaris, etc.), a base de tiros y bombas, la batalla de Intxorta –donde hay un monumento a los gudaris caídos-. Imaginemos, por un momento que se organice un homenaje a los carlistas, no digo ya una representación –fiel a la historia-  de requetés corriendo y pegando tiros detrás de gudaris, la bronca sería antológica. Antes de suscribir declaraciones antibelicistas, bien haría el PNV suprimiendo el anacrónico Gudari Eguna.

Como al fin al cabo los miembros del cuatripartito proclaman la anexión de Navarra a Euskadi, no se consideraría una injerencia, les sugiero hacer una ampliación a la declaración, incluyendo una amonestación a la provincia hermana, Guipúzcoa, por ser especialmente belicosa. No me refiero a la docena de cañones del escudo de la provincia que figuraron durante 4 siglos y medio conmemorando la victoria de la batalla de Velate, en la que los guipuzcoanos, defendiendo al reino de Castilla, lucharon contra un ejército franco-navarro*. ¡No!, me refiero a los alardes de Irún, Fuenterrabía y Tolosa, así como a la tamborrada de San Sebastián, celebraciones de un marcado sentido militar, con profusión de armas, que debieran desaparecer, por constituir una exaltación de la guerra.

Como sé que predico en el desierto, no tengo más remedio que decir lo de Romanones: ¡Joder qué tropa!

*Con la llegada de la democracia, en 1979, las Juntas Generales sometieron al escudo de Guipúzcoa a un “lifting”, quitando los controvertidos cañones así como la molesta figura del Rey de Castilla –Alfonso VIII o Enrique VI- para mejor reescribir la historia del nacionalismo. Estos escudos todavía los podemos ver en los puentes de Santa Catalina y María Cristina de San Sebastián.

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