Blog / El espejo de la historia

ETA, de la primera a la última víctima

Por Javier Aliaga 06 junio, 2018 - 20:17

El 7 de junio de 1968, dos miembros de ETA asesinaron a sangre fría a un guardia civil, fue la primera víctima mortal. El 16 de marzo de 2010, en una refriega a tiros con miembros de la banda cayó abatido un gendarme francés, fue la última.

A la izquierda, el guardia civil José Antonio Pardines, asesinado el 07/06/1968, primera víctima de ETA. A la derecha, el gendarme francés Jean-Serge Nérin, asesinado el 16/03/2010, última víctima.
A la izquierda, el guardia civil José Antonio Pardines, asesinado el 07/06/1968, primera víctima de ETA. A la derecha, el gendarme francés Jean-Serge Nérin, asesinado el 16/03/2010, última víctima.

El 7 de junio se cumple el 50 aniversario del primer asesinato de ETA; la víctima fue el guardia civil de Tráfico José Antonio Pardines. Aquel atentado cambió la historia de España, y por ende la del País Vasco y Navarra, ya nada sería igual; la ETA más sangrienta irrumpió en nuestras vidas. El 16 de marzo de 2010, aconteció la muerte de la última víctima mortal, fue el gendarme francés Jean-Serge Nérin. El hecho de que las dos víctimas eran agentes del orden, y abatidos en servicio, podría atisbar cierta similitud; pero en realidad entre los dos asesinatos que se distancian 42 años en el tiempo, hay notables diferencias, amén de 851 muertos y más de 2.500 heridos.

Del primer asesinato, por los periódicos, se sabía que F. Javier Echevarrieta e Ignacio Sarasqueta viajaban por la N-I en un 850 cupé robado; a la altura de Aduna encontraron una pareja de la guardia civil que estaba regulando el tráfico. El agente Pardines algo raro notó, salió tras ellos, conminándoles a parar. Al comprobar que la documentación no correspondía con el número de bastidor del coche, fue abatido por 5 tiros; seguidamente los dos pistoleros se dieron a la fuga.

Unas horas más tarde, Echevarrieta y Sarasqueta en Tolosa a la altura de Venta Aundi, se toparon con un control de la Guardia Civil, en una refriega a tiros Echevarrieta fue alcanzado y trasladado a una clínica de Tolosa donde ingresó cadáver; Sarasqueta logró huir pero fue detenido horas más tarde, identificándose como miembro de ETA.

Con aquel atentado, ETA además de iniciar su desalmada escalada asesina, puso en circulación, a través de su aparato propagandístico, diversos bulos que tergiversaron tanto la muerte de Pardines, como la de Echevarrieta. En el caso de este último, la banda lanzó octavillas denunciando una ejecución extrajudicial: «ha sido ASESINADO por la Guardia Civil cuando intentaba huir, después de haber tenido que disparar contra uno de ellos cuando pretendía detenerles». De este modo, el verdugo se convirtió en héroe como “Txabi” Echebarrieta, el Che vasco, e inauguró la lista del martirologio de la banda.

Fue el inicio de una serie de falsedades que se han vertido y que han permanecido incólumes hasta la reciente publicación del libro “Pardines. Cuando ETA empezó a matar”; compendio de varios autores, coordinado por Gaizka Fernández y Florencio Domínguez. Se trata de un trabajo de investigación histórica que desmantela el relato épico que ha transmitido el entorno abertzale, asemejándolo a un duelo del “far-west”; es decir, Pardines cuando se percata de que la documentación era falsa echa mano a la pistola, en ese momento, Txabi saca la suya y dispara.

En realidad, según desvela el libro a partir de la documentación judicial, no hubo duelo, el cuerpo del guardia civil yacía en el suelo con 5 proyectiles -tres de 9 mm parabellum y dos de 7,65 mm- con la pistola en su cartuchera todavía abrochada: ETA había asesinado a Pardines a sangre fría.

Sarasqueta graficado como Sarasketa en 1998 -21 años antes había sido amnistiado-, en declaraciones a una revista inculpó a su compañero «Txabi sacó la pistola y le disparó en ese momento. Cayó boca arriba. Txabi volvió a dispararle tres o cuatro tiros más en el pecho. Había tomado centraminas y quizá eso influyó.» Esta versión difiere del expediente judicial pues se encontraron proyectiles de dos calibres, lo que pone en evidencia que los dos terroristas hicieron uso de sus pistolas. A pesar de ello, Gaizka Fernández escribe «no tenemos la absoluta certeza de que lñaki Sarasketa disparase a José Antonio Pardines el 7 de junio de 1968. El historiador no es ni un policía, ni un fiscal, ni un juez…»

Ahondando en falacias, el nacionalismo radical también otorgó simbolismo a la pistola de Echevarrieta, una Astra del 9 largo, que según ellos, había pertenecido a un gudari durante la guerra civil. Otro coautor del libro, el historiador Jesús Casquete desvela el origen de la pistola Astra 600-43 de Txabi «los dos últimos dígitos delatan el año 1943. El fabricante de armas guerniqués Unceta y Compañía recibió ese año un encargo de la Wehrmachl, el ejército nazi, para la fabricación de un modelo de 9 mm Parabellum… por lo que es imposible que fuese de ningún gudari de la Guerra Civil»

Aunque el crimen de Pardines no fue planificado, la dirección de ETA ya había acordado matar. Semanas antes, esposas de guardias civiles habían recibido anónimos amenazando de muerte a sus maridos. Además, según Gaizka Fernández, el 2 de junio, la banda ya había acordado matar a Melitón Manzanas, inspector de policía; asesinato que se produjo dos meses más tarde.

El desdichado Pardines fue relegado desde el mismo día en el que pereció, toda la atención informativa estaba centrada en la catedral de St. Patrick de NY por los funerales de Robert Kennedy –asesinado el día 6-. Tras el asesinato de Manzanas, el propio régimen franquista dio más importancia a éste por el cargo. Por todo ello, los autores del libro “Pardines. Cuando ETA empezó a matar” han querido rendir homenaje al guardia civil, que hace medio siglo tuvo el infortunio de cruzarse con Txabi colocado con anfetaminas (centraminas) que le envalentonaron a disparar.

Sobre Echabarrieta, Jesús Casquete concluye: «asesinó a una persona a sangre fría y por la espalda bajo los efectos de una droga. Ello no es óbice para que el abertzalismo radical lo glorifique año tras año.» Efectivamente, 2018 no ha sido una excepción, el pasado fin de semana la izquierda abertzale ha organizado diversos actos de glorificación del “mártir”: ofrenda floral y colocación de una placa en Benta Haundi –donde fue abatido-, así como un homenaje en la plaza de toros de Tolosa con presencia de históricos miembros de la banda, entre ellos, el hombre del pelo blanco “Kubati”.

La última víctima de ETA fue el brigadier Jean-Serge Nérin, asesinado el 16 de febrero de 2010, en Dammarie-lès-Lys a 50 kilómetros al sur de Paris. Un numeroso comando de la banda había protagonizó un robo en un concesionario de coches, en su huída fueron detectados por una patrulla de la gendarmería. Se inició una refriega en la que Nérin, a pesar de llevar chaleco antibalas, fue alcanzado por dos proyectiles, horas más tarde moriría en un hospital.

Este asesinato conmocionó a la Francia de Sarkozy y trajo consigo dos consecuencias: la primera, pocos meses más tarde el anuncio de "cese definitivo" de la violencia de ETA; y la segunda, un año después, la ampliación de la “prisión permanente revisable” francesa -denominada “perpétuité incompressible”- para los casos de asesinatos de representantes de la autoridad pública. Conviene recordar que esta ley había entrado en vigor en 1994, pero sólo contemplaba asesinatos de niños, se había puesto en marcha por el caso de una niña de 8 años que fue torturada hasta la muerte, y cuyo asesino había salido de la cárcel el año anterior por otro asesinato cometido en 1971.

El juicio a los miembros del comando causantes de la muerte del brigadier se celebró en dos fases. En la primera, en 2015, dos jefes de la banda fueron condenados a cadena perpetua. Sin embargo, dos años más tarde, en las segunda, ocurrió algo insólito, en vista final del juicio a otros cuatro miembros del comando, ante el tribunal, previo a la deliberación de la sentencia, uno de los terroristas leyó el siguiente texto: «Queremos manifestar públicamente que lamentamos sinceramente aquella muerte, y queremos mostrar nuestro pésame a sus familiares. Lo hacemos con todo respeto, pues sabemos que no existen palabras que apacigüen ese dolor». Con todo, las condenas fueron de penas de 25 a 14 años.

Tal vez las palabras de consuelo de poco sirvieron a los familiares de Nérin. Sin embargo, lo tremendo es que la familia de Pardines, en 50 años, no haya sido receptora de una petición de perdón por parte de la banda. Ni siquiera días antes de su disolución definitiva, en el comunicado publicado el pasado 20 de abril, en el que reconociendo el «daño causado», sólo pidió perdón a las víctimas sin «participación directa en el conflicto»; dejando la maliciosa ambigüedad en la que no parece estar incluido el guardia civil Pardines. ETA cruel hasta el final.

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