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Dreyfus y Uxue Barkos: odiosas comparaciones

Por Javier Aliaga 21 septiembre, 2018 - 9:33

Al respecto de la carta de acusación firmada por Jesús González, cónyuge de Uxue Barkos, el autor reflexiona sobre la misma.

La carta de Émile Zola al presidente de República publicada en L’Aurore el 13 de enero de 1898.
La carta de Émile Zola al presidente de República publicada en L’Aurore el 13 de enero de 1898.

En 1894 el capitán francés Alfred Dreyfus, de origen judío, fue acusado de espionaje ante un Consejo de Guerra, siendo degradado y condenado a cadena perpetua al destierro en la isla del Diablo de la Guayana francesa –en la que Papillon protagonizó su célebre fuga-.

Dos años más tarde el verdadero responsable de la traición fue descubierto, pero tras ser enjuiciado, fue absuelto, agravando la situación de Dreyfus, al ser doblemente culpable: en su juicio y en el del traidor.

La incuestionable injusticia antisemita que se había cometido, motivó a Émile Zola para publicar la carta «J’accuse…!» (¡Yo acuso…!) en L’Aurore el 13 de enero de 1898, dirigida al presidente de III República, Félix Faure, acusando con nombres y apellidos a todos los responsables.

Gracias a su publicación parte de los intelectuales y de la opinión francesa se pusieron de parte de Dreyfus, pero Zola pagó con el exilio su osadía. Finalmente, hubo una revisión del juicio en 1899, siendo Dreyfus nuevamente condenado. Tuvieron que pasar siete años más para que fuese rehabilitado con el grado de comandante; Zola no llegó a verlo, había fallecido en 1902.

Esta entrada histórica viene a cuento por la carta con titular «Yo acuso» enviada a un medio afín y firmada por Jesús González, cónyuge de Uxue Barkos.

Como marido mancillado, que salga en defensa de la honorabilidad de su pareja es francamente conmovedor. Ahora bien, que para ese fin utilice inexactitudes es una forma de desvirtuar los hechos. Ante todo, en un ejercicio de cinismo, escribe: «Quienes creen que pueden someter a la sociedad a su juicio y sentencia político-mediática deben saber que los tiempos de la Regenta y de Dreyfus han pasado y están recluidos en el olvido.»

No, «la maledicencia provinciana», no está en el olvido. González no tiene que recurrir a la ficción de Leopoldo Alas, pues tiene ejemplos reales, bien recientes y más flagrantes, en las retorcidas actuaciones de Kontuz!

Además, que haga un desdichado remedo de Zola, dejando entrever una equiparación del proceso judicial de su esposa con el injusto complot contra Dreyfus, es un desatino histórico. ¿A qué viene esta epístola acusando a no se sabe quién?

Si González quiere acusar, que lo haga como Zola, con nombres y apellidos; no sirve «acusar a cuantos por acción u omisión de ponerse del lado de la verdad» que es, según él, tirar la piedra y esconder la mano.

González sabe, o debiera saber, que Zola escribe su emblemático «J’accuse…!» cuando Dreyfus había sido juzgado y condenado injustamente por la justicia militar francesa. Muy por el contrario, el Tribunal de Cuentas habiendo encontrado que su consorte produjo un «daño o menoscabo» al Ayuntamiento de Pamplona, lo ha considerado, magnánimamente, una «culpa leve», eximiéndola de la devolución de las dietas.

Es decir, la señora de González, que cuestiona la justicia del caso Alsasua, se ha beneficiado por la generosidad de la misma.

¿Y dónde está la verdad? Esa única sentencia, la del Tribunal de Cuentas, que no reconoce su inocencia, pues ha «actuado…consciente de que su comportamiento provocaba…un perjuicio a los fondos públicos», no la sitúa «del lado de la verdad».

Al fin y al cabo, Barkos es tan inocente y tan culpable como Barcina; ambas han sido víctimas de un perverso sistema de dietas. Pese a todo, la diferencia la marca Barcina, que habiendo asistido a las reuniones celebradas con acta certificada, sin perder un ápice de dignidad, reconoció el error, pidió perdón a la ciudadanía y devolvió el dinero de las dietas.

Cosa que el orgullo de la señora de González ha impedido.

Ella, y sólo ella, ha elegido el tortuoso camino judicial, pues bien podría haber entregado la lista de las supuestas reuniones asistidas–cosa que no hizo-, o bien haber devuelto las dietas –que tampoco hizo- para evitar «el daño causado» a su «familia» y el «amargo episodio vital» que reconoce su marido.

Ella sabrá si enfrascarse en el desgaste de un procedimiento judicial ha merecido la pena, para llegar a ser exonerada por la magnanimidad de la justicia, y si todo ello ha traído la armonía conyugal en etxea González-Barkos.

Al respecto de la «persecución política-mediática» sufrida por la mujer de González, desconozco si ha existido; en cualquier caso, yo en su día pedí su beatificación.

De manera que si González cree estar «del lado de la verdad», porque «las resoluciones administrativas y judiciales» avalan la bilocación de su esposa; le aconsejo que no demore su proceso de beatificación, pues estos procedimientos eclesiásticos llevan su tiempo.

Para finalizar, sólo me resta señalar que entre el caso Dreyfus y el de Barkos, hay la misma diferencia que entre Zola y González: odiosas comparaciones

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