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Las Vascongadas y la conquista de Navarra (II)

Por Javier Aliaga 11 marzo, 2018 - 9:22

En este artículo, el autor describe la participación en la conquista de Navarra del Señorío de Vizcaya y de la Provincia de Guipúzcoa, y la especial intervención de ésta en la batalla de Velate.

Grabados de Daniel Hopfer representando lansquenetes con sus mujeres. Un millar de ellos sucumbieron en la batalla de Velate de diciembre de 1512.
Grabados de Daniel Hopfer representando lansquenetes con sus mujeres. Un millar de ellos sucumbieron en la batalla de Velate de diciembre de 1512.

El Señorío de Vizcaya, al igual que la Provincia de Guipúzcoa y las Hermandades de Álava, también participó activamente en la conquista, incorporando 2.000 hombres -capitaneados por Martín Ruíz de Abendaño- al ejército del duque de Alba que invadió Navarra en julio de 1512.

Aquella contribución no tenía nada de excepcional, pues las milicias vizcaínas siempre habían acudido a la llamada de la corona castellana; caso de la campaña contra Portugal y Francia en 1475, o de la guerra y conquista de Granada de 1492. La fidelidad del Señorío a la Corona de Castilla era, por tanto, innegable; no en vano los Reyes Católicos, ya habían concedido en 1475 el título de noble a la villa de Bilbao y el de “muy noble y muy leal” al Señorío de Vizcaya.

De todos modos, la implicación del Señorío en 1512 no fue circunstancial, puesto que a partir de aquel año, los vizcaínos continuaron aliándose con Castilla en diversas campañas, como por ejemplo: en la armada de Oran en 1516; y en la defensa de Navarra en 1521, en este caso los vizcaínos -al mando de Gonzalo de Butrón- formaron parte del ejército del duque de Nájera, que repelió el último intento de reconquistar el pequeño reino.

En lo que respecta a la Provincia de Guipúzcoa, su territorio constituyó la encrucijada de las tropas inglesas, que al mando del marqués de Dorset, arribaron a Pasajes el 8 de junio de 1512. Los 10.000 ingleses tenían como misión invadir la Guyana (Aquitania) en coalición con Castilla, conforme al acuerdo de la Santa Liga entre Enrique VIII y su suegro Fernando el Católico.

A pesar de que los ingleses no entraron en combate, su mera acampada próxima a Irún fue decisiva en la conquista de Navarra; Guipúzcoa, de este modo, se convirtió en una tenaza estratégica que paralizaba una posible incursión francesa, al mismo tiempo que actuaba como cabeza de puente de todos los suministros. Sin embargo, los ingleses al ver que los castellanos estaban enfrascados en Navarra y daban largas a la invasión de la Guyana, dieron por finalizada la campaña y tras un ultimátum, el 15 de octubre zarparon para Inglaterra.

Además de su contribución logística y estratégica, la Provincia participó activamente con sus milicias en las tres fases de la guerra de Navarra. En la primera fase de 1512, las distintas capitanías aportaron al ejército del duque de Alba un contingente de 2.500 a 3.000 hombres, sin olvidar los 3.500 hombres que acudieron a Velate en diciembre; a lo habría que sumar otros 2.000 que custodiaban las fortalezas de Fuenterrabía y San Sebastián, así como los marineros de la armada que transportó el ejército de Dorset a Inglaterra.

En la segunda, 1516-1517, los guipuzcoanos tuvieron una actuación destacada, como la de Juan López de Idoyaga, en la detención del mariscal Pedro de Navarra en el Roncal. En la tercera, en 1521, al menos, 2.000 guipuzcoanos -al mando de Pérez de Ainziondo- junto con otros vascongados engrosaron ejército del duque de Nájera que derrotó y apresó a Asparros en la batalla de Noain.

La ausencia de los ingleses, liberó la tenaza descrita, permitiendo a los estrategas del rey francés, Luis XII, poner en marcha una contraofensiva con tres cuerpos de ejército, distribuidos en tres frentes: el primero, comandado por el rey navarro Juan de Albert y el señor de La Palice, compuesto por unos 13.500 hombres -entre ellos una parte de fieles agramonteses-, que penetró el 15 de octubre por los valles de Salazar y Roncal; el segundo, 5 días más tarde que accedió por San Juan de Pie de Puerto y Roncesvalles, con unos 10.500 hombres al frente del cual estaba el delfín, Francisco de Angulema; y el tercero, comandado por los señores de Lautrec y Borbón, que el 15 de noviembre cruzó el Bidasoa para penetrar en Guipúzcoa.

Este tercer ejército desestimó atacar la bien protegida fortaleza de Fuenterrabía, optando por dirigirse a San Sebastián. Sus 10.400 hombres, a su paso por Oyarzun, Rentería y Hernani, con enorme virulencia, saquearon y quemaron todo lo que pillaron. Así, el 17 de noviembre iniciaron el asedió a San Sebastián que aguantó numantinamente 8 asaltos, hasta ser liberados por la llegada de tres naves con destino a Flandes.

Estratégicamente, parece claro que el ataque francés a Guipúzcoa era una maniobra de distracción para obligar a los castellanos a sacar tropas de Navarra, pero ello no llegó a producirse. Los guipuzcoanos tuvieron que sacarse las castañas del fuego. A pesar de la dureza de las acciones francesas, la Provincia siguió demostrando ampliamente su fidelidad a la Corona de Castilla.

Sin embargo, de todas las acciones bélicas que participaron los guipuzcoanos, la más relevante fue la batalla de Velate del 7 de diciembre. Días antes, el 30 de noviembre, a pesar de la oposición de Juan de Albret, el general La Palice, por la proximidad de tropas de auxilio, había decido dar por finalizado el asedio de Pamplona y replegar las tropas a Francia.

Al conocer la retirada del ejército franco-navarro, Fernando el Católico había escrito una carta a la Provincia de Guipúzcoa -descrita en la Recopilación de los Fueros de Guipúzcoa del siglo XVII- urgiéndoles «para que atajandolos los passos por los montes procurasse la gente de ella hazerles todo el mal possible en desagravio de los que poco antes avia recibido del Duque de Borbon, y de sus tropas». Apresuradamente 3.500 guipuscuanos al mando de López de Ayala, alcaide de Fuenterrabía, acudieron a la llamada de su rey para vengar las fechorías que había perpetrado el francés.

Al llegar al Baztán, la retaguardia del grueso del ejército en retirada, fue primeramente hostigada por los navarros beaumonteses, provocando múltiples bajas, tal y como describe Boissonnade «el 4 de diciembre perdía 200 bearneses, con su capitán Coloma, y todo un escuadrón de gascones, con 400 hombres, muertos o apresados por Góngora y sus colaboradores». Los capitanes navarros, incluyendo Góngora, son calificados en las versiones abertzales como «traidores beaumonteses»

Boissonnade continúa describiendo que los montañeses habían «cavado fosas disimuladas por ramas, donde caían los hombres y los caballos», los guipuzcoanos a las órdenes de López de Ayala «ocuparon los pasos de todos los arroyos», al tiempo que los hombres de Pérez de Leizaur cubrían los flancos. La artillería estaba salvaguardada por los mercenarios alemanes o «lansquenetes, situados en la retaguardia, respondían valientemente al enemigo y se abrían camino entre los asaltantes, pero dejaron un millar de muertos o heridos que aparecían en el valle azotados por el frío, o agonizantes en medio de la nieve. Tuvieron que abandonar toda la artillería».

Correa en su crónica, hace protagonista del suceso al guipuscuano Pérez de Leizaur «viendo el artillería sola, arremetió á ella con gran alegría diciendo España, España. Los suyos á las voces abajáron á él y cabalgaron en el artillería». Seguidamente llegó el guipuscuano Berástegui con sus hombres, éstos se quedaron custodiando la artillería, mientras Pérez de Leizaur continuaba la persecución de los lansquenetes «Y aunque todos estaban en salvo, algunos con la gran hambre, no pudiendo caminar, fueron alanzados y muertos. Otros muchos fallaron abrazados con los troncones de los arboles, en ellos los dientes fincados y muertos de hambre. Otros mordiendo en la tierra ya espirando. Fasta mil alemanes se supo ser muertos de hambre, y de hierro en solo aquel dia y de frío».

La artillería capturada se transportó a Pamplona, donde entró con un cortejo triunfal, aclamado por los soldados del duque de Alba, tal como describe Correa: «Venían en la delantera quinientos lacayos guipuscuanos que tomaron el artillería. Luego venia doce piezas ocho sacres y dos cañones y dos culebrinas…Tras el artillería venían otros quinientos vizcainos».

El nacionalismo vasco que reescribe la historia a su conveniencia, ha inventado batallas (Arrigorriaga en 888), niega que hubo una en Velate: Esarte la califica de “tergiversación histórica”; Monteano “mito de la historia guipuzcoana”; Pescador “la literatura posterior, no la historia, consiguió convertir en un mito”. Asirón categoriza: «aquel 7 de diciembre de 1512 no se produjo, en modo alguno la legendaria batalla… exagerada y engrandecida hasta niveles absolutamente ridículos».

Todas estas afirmaciones, producto de la visceralidad política, contrastan con el resumen de los hechos que hace el historiador francés Labau: «Los franceses… obligados a batirse en retirada…hostigados por los guipuzcoanos perdieron su artillería y dejaron miles de muertos a la salida del valle del Baztán…fue una humillante derrota, porque mejor gestionada, la expedición militar habría podido triunfar».

¿Qué hizo fracasar la contraofensiva? Indudablemente, hubo dos errores: por un lado, la logística de un ejército de 16.000 hombres y 3.000 caballos, sin nada con qué alimentarlos; por otro, la entrada del crudo invierno. Errores que se han repetido en la historia de las guerras y que hicieron sucumbir a los ejércitos más poderosos; sin que por ello, sus oponentes hayan renunciado a la victoria.

Para comprender mejor lo ocurrido, hay dos aspectos que sería preciso aclarar. Primero, los lansquenetes eran mercenarios alemanes con armadura que constituían una infantería medio-pesada, calificados como los mejores soldados de Europa. Por su envergadura eran temibles, formaban un cuerpo de élite, excepcionalmente más caro que el resto de mercenarios.

Segundo, la artillería para los ejércitos de la época era un elemento valiosísimo en lo crematístico, como en lo estratégico. Adicionalmente Correa nos desvela que las piezas de gran calibre (cañones y culebrinas) «estaban llenas de cruces de Jerusalén»; habían pertenecido al rey francés Carlos VIII (cuñado de Luis XII) y participado en la campaña de Italia. Por ello, el cronista se refiere a ella como «la mejor parte del ejército francés». No es de extrañar, por tanto, que los lansquenetes, la tropa más eficaz y cualificada, la defendiese.

A buen seguro, cada pieza de artillería estaría salvaguardada, con al menos, 60-70 hombres, lo que hace un contingente de 800 hombres, -coincidente con las crónicas-. No tiene ningún sentido que algo tan valioso fuese abandonado por los lansquenetes -muy efectivos en un terreno llano, pero no así en el abrupto Velate- sin haber tenido una confrontación armada o combate; es decir, una batalla según el DRAE.

Mal que le pese a la órbita abertzale, hay argumentos sólidos que indican que sí hubo una batalla en Velate el 7 de diciembre de 1512.

(Continuará)

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