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Blog / El espejo de la historia

Carlos III echa la persiana

Por Javier Aliaga 10 marzo, 2016 - 0:43

Proponemos un hecho histórico para que el lector adivine si se trata o no de una falsedad.

Verdadero o falso:

El cine tuvo un gran desarrollo con el advenimiento de la II República, gracias a la supresión de la censura establecida por la dictadura de Primo de Rivera.

El Coliseo Olimpia          

El Coliseo Olimpia fue construido por la sociedad Euskalduna, e inaugurado en 1923 –simultáneamente con la dictadura de Primo de Rivera-, en el mismo solar que ocupa el actual Cine Carlos III el Noble. En aquel momento, el teatro Gayarre –Principal hasta 1903- ocupaba su original emplazamiento en la Plaza de la Constitución –actual Plaza del Castillo-. El Olimpia constituía, por tanto, el segundo centro de espectáculos de Pamplona. Cinco años más tarde, Euskalduna vende el teatro a una fuerte organización madrileña, la SAGE, que gestionaba salas de espectáculos a lo largo y ancho de la geografía nacional.

En 1930, el 8 de abril, coincidente con la “dictablanda” de Berenguer, tuvo lugar en el Olimpia un acontecimiento que ha perdurado con el tiempo, fue la actuación de la afroamericana Joséphine Baker, conocida como la “Venus de ébano”, que adquirió su fama en los años 20 en el Folies Bergère de Paris –donde Normal Duval sería primera vedette en 1980-. Es cierto, como algunos autores recuerdan -para estigmatizar la puritana sociedad pamplonesa de la época-, que las asociaciones católicas de Navarra organizaron una campaña de condena contra la actuación de la artista, e incluso un acto de desagravio. Estas protestas se vieron fuertemente apoyadas por una parte de la prensa local como: “Diario de Navarra” y “La Tradición Navarra”; esta última arremetió incluso contra “El Pensamiento Navarro”, reprochándole que a pesar de tener censura previa eclesiástica, publicó el anuncio publicitario de la actuación en “grandes letras”. Sin embargo, lo que no cuentan, es que, al albur de la pelotera, se vendieron todas las entradas de las dos sesiones de aquel Martes de Pasión –previo a la Semana Santa-, porque la carne es débil y la morbosa curiosidad añade un apetitoso atractivo. Tampoco cuentan que unos años más tarde, la Baker en una gira que hizo por su país de origen, EEUU, también encontró una fuerte oposición de una parte de la sociedad, que llevó a algunos hoteles y restaurantes a impedir su entrada.

La II República y el traslado del Gayarre

Hay tres acontecimientos coincidentes en la Historia de Pamplona: el desarrollo del Segundo Ensanche con la reubicación del teatro Gayarre, la irrupción del cine sonoro y la proclamación de la II República. El arquitecto municipal, Serapio Esparza –cuya pugna por la denominación de la antigua Plaza de Conde Rodezno, han llevado los nacionalistas hasta el último momento-, diseñó la avenida de Carlos III como arteria del Segundo Ensanche partiendo de la Plaza de la Constitución. Era preciso por consiguiente, demoler el teatro Gayarre y construirlo en la manzana 4 del ensanche a escasos metros de su ubicación. Para ello, se convocaron tres concursos: uno de anteproyectos, otro de proyectos y finalmente, el de bases para los contratistas. Como resultado, el Ayuntamiento otorga al arquitecto Javier Yárnoz la demolición y construcción del edifico, pero éste cede la adjudicación a la constructora Erroz y San Martín. Las condiciones eran: 1) concesión de gestión por 50 años; 2) 350.000 ptas. a fondo perdido; 3) 350.000 ptas. a devolver en 50 anualidades; 4) construcción del nuevo teatro en un año; 5) 60 días al año de compañías teatrales (de los cuales 10 días en sanfermines y 15 días en navidades). El 24 de marzo de 1931 –unos días antes de la proclamación de la II República-, el Ayuntamiento entrega las llaves del teatro a la constructora Erroz y San Martín, para iniciar el derribo.

Un año más tarde en mayo de 1932, el nuevo teatro Gayarre se abre con una grandiosa inauguración con la presencia del alcalde republicano Nicasio Garbayo. La constructora contrata como gerente a Serapio Zozaya -precursor del clan familiar, y de la futura Saide, que había trabajado para Euskalduna- para gestionar el teatro y cumplir con los compromisos que conllevaba la concesión.

Del Proyecciones al Arrieta, pasando por el Novedades

En diciembre 1931, Alvaro Galbete, en un solar de su propiedad de la calle San Agustín, abre el cine Proyecciones. El empresario, conocedor del negocio -había formado parte de la sociedad Euskalduna promotora del Olimpia-, se aprovecha evidentemente de que el teatro municipal estaba en construcción. Sin embargo, no se contempló correctamente las características acústicas de la sala, esta deficiencia, acompañada con el prematuro envejecimiento del sistema de sonido, provocó cierta insatisfacción en la clientela. Colindante con este cine, en la misma calle, el frontón Euskal-Jai venía realizando proyecciones cinematográficas desde 1924, a los pocos meses de la apertura del Proyecciones, el frontón suspendió su actividad como sala de cine.

Al margen de las deficiencias acústicas, un suceso privado del propietario del Proyecciones, precipitó el ocaso de la sala. A resultas de que Galbete estaba en proceso de divorcio, en una entrevista en el Palacio Arzobispal con el provisor –juez diocesano-, en el trascurso de una discusión, el empresario le descerraja un tiro cayendo muerto el provisor. Galbete se entrega a las autoridades judiciales, declarándose autor del hecho; un año más tarde, la sentencia del juicio es absolutoria por enajenación transitoria. Sin embargo, Pamplona no se lo perdona, hay boicot tanto a la sala, como a su persona. Ante la caída de la recaudación, Galbete en la Nochevieja de 1933, decide cerrar el negocio e irse de Pamplona. Dejaba una deuda en la Caja de Ahorros de Navarra que, un año más tarde, la satisface la constructora Erroz y San Martín, adquiriendo ésta la propiedad del Proyecciones. La constructora reforma la sala con proyecto de Víctor Eusa, corrige los problemas de acústica y renueva la parte técnica. Se abre con el nombre de Novedades, tal como ya lo hemos conocido hasta 1968, que tras una nueva reforma se nombra como Arrieta hasta su cierre. En su solar, se encuentra actualmente la Escuela Navarra de Teatro.  

Duelo entre el Olimpia y el Gayarre

 El Olimpia, gestionado por la SAGE, aprovecha también la construcción del Gayarre para instalar el sistema sonoro en julio de 1931. Cuando abre el teatro de la Av de Carlos III, viene dotado con el mejor sistema de sonido del mercado. El duelo entre las dos salas fue ampliamente favorable al cine municipal, el hecho es que el Olimpia inicia un descenso en la recaudación. Además la SAGE atraviesa un momento de dificultades económicas a nivel nacional, por lo que se aviene a firmar un acuerdo en 1935 con la gestora del Gayarre –en aquel momento ya tenía en propiedad el cine de la calle San Agustín-, por una compensación económica, el Olimpia renunciaba a programar espectáculos durante los sanfermines –en fiestas, el Gayarre estaba obligado por la concesión a programar funciones teatrales-. Este acuerdo se amplió conceptualmente a todo el año, de manera que Zozaya controlaba ya la programación del Coliseo Olimpia.

El escritor falangista pamplonés, Rafael García Serrano, en su libro “Plaza del Castillo” ambientado en los sanfermines de 1936 previos al alzamiento, incurre en varios gazapos históricos; entre ellos, una de los protagonistas es corista del Olimpia; ello no fue posible, en virtud del acuerdo firmado entre Zozaya y la SAGE, aquel año, no hubo representación teatral en el Coliseo de la Av. de San Ignacio.

El Gayarre no estuvo al margen del periodo convulso republicano, acogió múltiples acontecimientos políticos, como la asamblea del 19 de junio de 1932 de municipios navarros, en la que retiraron su apoyo al Estatuto Vasco-Navarro. Por el teatro pasaron líderes políticos, en directo o retrasmitidos por radio, –modalidad habitual dada la escasez de receptores-.

Acabada la guerra incivil, en 1941, se constituyó la Saide como empresa y se materializó la compra del Olimpia a la SAGE. En 1963 la Saide derribó el Olimpia para construir el edificio actual con la sala de cine Carlos III el Noble, que hace 16 años convirtió en multicines.

Pregunta planteada

Como  dice Alberto Cañada en su libro “El Cine en Pamplona durante la II República y la Guerra Civil”, del cual he extraído la mayor parte de la información de este articulo: «Cuando el 14 de abril de 1931 España estrena la II República estaban vigentes varias leyes que organizaban la censura cinematográfica, ninguna de las cuales fue derogada». «El cambio de un régimen autoritario hacia otro más progresista hizo pensar en la apertura de horizontes culturales, en la liberalización de las ideas y en la desaparición de la censura. Sin embargo, el gobierno de la II República mantuvo el control sobre las obras cinematográficas difundidas en España». «Tanto durante el periodo republicano como en el de la guerra la programación cinematográfica estuvo sometida a censura previa».  Es decir, la República no mejoró la censura de la dictadura, el verdadero impulsor del cine fue el desarrollo tecnológico y primordialmente los nuevos sistemas sonoros. Por tanto, el resultado al enunciado de la pregunta inicial es falso.

Gil Robles, siendo ministro de la Guerra, originó una fuerte controversia con la Paramount, a raíz del film “Tu nombre es tentación, (The Devil Is a Woman, de Sternberg 1935, con Marlene Dietrich)”, el gobierno pretendía prohibir su comercialización a nivel mundial y destruir el negativo, por «la cantidad de inexactitudes y de ofensas a los cuerpos armados y a las instituciones españolas», el oficial español que aparece es «es la suma y compendio de todas las villanías»“. Al final la Paramount simula la quema del negativo, pues hoy día se conserva la película.

 La Saide

La poderosa Saide, llegó a tener, en los años sesenta, hasta once salas distribuidas por toda Pamplona, salió indemne de los intentos de competencia. Eran los tiempos en los que el director de la película alimentaba la imaginación del espectador, con un indicio, con una seña, o con un plano desenfocado; todo era importante, para transmitir un mensaje, para provocar una ilusión. La Saide constituía nuestra fábrica de sueños. Por el contrario, el cine actual, no deja espacio a la imaginación del espectador, todo está dicho, con y sin efectos especiales.

Los cines, cuando olían a cine, eran clasistas, con diferentes tarifas dependiendo de la localidad. La antigualla del gallinero -también lo hemos conocido como pollera-, era el low-cost, constituía la atalaya de la crítica donde se juntaba de todo: los que hacían borota, ociosos, chortas y jubilados. En cualquier momento, un gallinero podía rugir imponiendo su poderío con una sonora pataleta que hacía retumbar la sala. Nada que ver con la pataleta mediática de Iñigo Errejón, frente al frustrado intento de la mesa del Congreso de colocar a su grupo en el gallinero. Así como la solución para acabar con los gallineros, fue los minicines al imponer la tarifa única, ¿acaso esta nueva casta política, pretende dar la misma solución; es decir, convertir las Cortes en minicongresos que acaben con su antipático gallinero?

La Saide no ha podido resistir ni el envite de los Golem, ni el de las nuevas tecnologías (el pay per view, el DVD, la fibra) ha sufrido una agonía que ha ido languideciendo, poco a poco, durante varios años. Ahora, le toca echar la persiana al Carlos III el Noble, la Saide, sin su último bastión, cierra 75 años dedicados al espectáculo, vuelve a su negocio, el inmobiliario. Ya sólo nos queda “cine de barrio”, el televisivo de la primera y los Golem.

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Carlos III echa la persiana