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Blog / El espejo de la historia

Bandera de España

Por Javier Aliaga 16 mayo, 2016 - 2:30

Proponemos un hecho histórico para que el lector adivine si se trata o no de una falsedad.

Verdadero o falso:

La II República adoptó en 1931, la misma bandera que había sido oficial en la primera República. Este cambio fue duramente criticado por un sector de la sociedad por entender que se menospreciaba el símbolo patrio, que había acompañado las grandes gestas nacionales desde el descubrimiento de América. 

Imagen: 14 abril 1931, Puerta del Sol, el teniente Pedro Mohino encaramado en un camión, empuñando la bandera republicana y rodeado de una masa enfervorizada.

La bandera bicolor (roja, amarilla, roja)

En los tiempos de Franco, dado que el color rojo tenía otras connotaciones, el régimen optaba por denominar la bandera rojigualda. Con la democracia, gracias a la enmienda del Nobel Camilo José Cela, en el trámite parlamentario de la Constitución de 1978, se cambió la denominación técnica gualda por el amarillo que usamos el común de los mortales.

Sea rojigualda o rojiamarilla, los españoles somos patológicamente desarraigados con nuestra bandera y en general con nuestros símbolos patrios. Este desapego ha sido consecuencia, en buena parte, por el discurso nacionalista que ha hecho mella en la sociedad, y en parte, por las reminiscencias del franquismo, cuya momia es sistemáticamente revivida por una izquierda ávida de rédito electoral. Mi generación puede tener la excusa para la desafección, por haber pasado por un duro servicio militar obligatorio. Cuya jura de bandera convertía, por arte de magia, al insignificante recluta en pelado soldado. A este encantamiento patriótico había que sumar la estancia en régimen de alojamiento, con pensión completa, durante 18 meses, en las instalaciones del Ejército de la época.

Pero vayamos al asunto histórico, en la época de los Reyes Católicos no había una enseña nacional, el asunto se resolvía mediante pendones -en sentido estandarte-. La primera bandera española, como tal, vendría más tarde en 1506, con Felipe I (El Hermoso); era la cruz de Borgoña –cruz de San Andrés- que prevaleció con los Austrias hasta Carlos II (El Hechizado). Al morir éste sin descendencia, la disputa entre los países europeos por el trono hispano, provocó la guerra de Sucesión, a resultas de la cual se impuso la opción francesa; el primer rey Borbón, Felipe V -Duque de Anjou, nieto de Luis XIV- incorpora usos y costumbres francesas, sustituyendo la cruz de Borgoña, por la bandera blanca de los borbones.

Esta bandera originaba numerosos conflictos de identificación, especialmente en la mar; por lo que Carlos III de España (Carlos VI de Navarra) –no confundir con Carlos III, el Noble de Navarra–, en 1785 convoca un concurso para dotar de un emblema a la Armada, eligiendo la bicolor con tres franjas roja, amarilla y roja. A partir de ese momento, fue la bandera que portaron los buques e izaron los edificios de la Armada. Durante la I guerra Carlista los dos bandos enarbolaron la misma enseña; a los tres años de la finalización de la carlistada en 1843, Isabel II impone por decreto la bicolor para todos los cuerpos del Ejército, la Armada, la Milicia Nacional e instituciones.

Constantino Salinas, médico alsasuarra, socialista, fue vicepresidente de la Gestora –nombrada a dedo por la II República- de la Diputación de Navarra entre 1931 y 1934. Desde el amargo exilio, pronunció una conferencia sobre “La bandera española”, con ocasión del aniversario de la proclamación de II República en 1960, en el Ateneo Pi y Margall de Buenos Aires. Salinas, se manifestó sobre las gestas de la bandera, con estas palabras:

« […] la bandera bicolor no se ha cubierto de gloria, ni hay grandezas nacionales que señalar. Sobre todo no podemos olvidar que con esa bandera perdimos Cuba, Puerto Rico y Filipinas y nuestras escuadras en Santiago de Cuba y en Cavite cuyo recuerdo, aunque reconocemos el valor, verdaderamente heroico, de nuestros soldados y marinos, por nadie discutido, no puede menos de lacerar el corazón de todo patriota español. Y después, ya en nuestro siglo, para colmo de males, se levanta Marruecos para ensombrecer la Historia, con el recuerdo del Barranco del Lobo, Igueriben, Annual, Monte Arruit, Barranco de Izumar, cuyos nombres representan otras tantas vergüenzas presenciadas por la bandera bicolor. Sin embargo, no tenemos inconveniente en afirmar que esa bandera no es responsable de las calamidades históricas de que fue testigo. A sus colores, rojo y amarillo combinados, no los consideramos culpables ni responsables del infortunio nacional».

Ciertamente, en la época que Constantino Salinas dio la conferencia, pocas fueron las hazañas de la bicolor. Su mayor proeza, con la máxima repercusión mediática a nivel mundial, vino unos años después, con el ¡goooooooool! de Iniesta, en la agónica final, con prórroga, del mundial de Sudáfrica 2010.

La bandera tricolor

En la efímera Primera República de 1873 –duró 11 meses-, hubo partidarios para el cambio de una franja roja de la bandera, por el color morado, pero no llegó a cuajar; tan sólo se cambió el escudo. Si a esto sumamos, como hemos visto, que la bandera bicolor no ha llegado a tener dos siglos de vigencia y tampoco es cierto que haya protagonizado grandes gestas –salvo las futbolísticas o deportivas-; la respuesta al hecho inicial que se propone, es falso.

El color morado se ha asociado erróneamente al Pendón de Castilla –a los comuneros-. En realidad el color de éste era el carmesí, que al ser expuesto a la radiación solar, cambió de tonalidad a morado. Sea lo que fuere, desde la primera República la tricolor ondeó en casinos y ateneos republicanos de tendencia federal.

Aunque el Comité Revolucionario de la II República había acordado no cambiar la bandera, se encontró que las proclamaciones que se iban sucediendo en las ciudades españolas, se izaba sistemáticamente la bandera tricolor. La más temprana fue Eibar, en la madrugada del 14 de abril de 1931, tras formarse el ayuntamiento, se izó la bandera proclamándose la II República.

Sin embargo, donde la bandera tricolor adquirió un protagonismo especial fue en Madrid, por ser un fenómeno de origen popular y completamente imprevisto. Josep Pla, cronista por excelencia, de la proclamación de la II República en Madrid, describe con asombro, para la “Veu de Catalunya” la eclosión de banderas republicanas por doquier: «A las tres de la tarde del día 14 se izó en Madrid la primera bandera republicana, que tremoló sobre el Palacio de Comunicaciones. Esta bandera produjo un movimiento general de curiosidad que se convirtió en un estallido de entusiasmo al conocerse que representaba realmente lo que simbolizaba, o sea, la toma del poder por parte del Gobierno provisional […] Las banderas republicanas se hicieron más y más espesas […]»

El mismo Pla en su libro “Madrid. El advenimiento de la República”, publicado dos años más tarde, describe la profusión de banderas con más detalle: «Constato la llegada al centro de la ciudad de oleadas y más oleadas populares provenientes de los suburbios. En todas las calles que convergen hacia el centro de Madrid, el número de banderas republicanas va en aumento. ¿Estaban tal vez escondidas? ¿Las hicieron tal vez en un santiamén?»

De las fotos de aquel Madrid, que podemos encontrar en las hemerotecas, una de mis preferidas es la del teniente Pedro Mohino, encaramado en un camión, blandiendo la bandera tricolor y rodeado de una masa enfervorizada con el cambio de régimen. Representa el apoyo de un oficial del Ejército a un acontecimiento insólito, de origen civil. Hasta la fecha, todos los cambios de régimen habían sido provocados por la fuerza militar. Aquel día, de forma incruenta, se produjo el cambio a una república, que fue la admiración de todo el mundo.

Miguel Maura –quien fuera el ministro de la Gobernación de la II Republica- describe en “Así cayó Alfonso XIII”, cuando el Comité revolucionario llega en coche al Ministerio de la Gobernación en la Puerta del Sol, después de haber sorteado una marea humana que les impedía avanzar: «En el balcón principal, con gran asombro mío, ondeó la bandera republicana. Eran Rafael Sánchez Guerra y el que iba a ser mi subsecretario Manuel Ossorio Florit, que habían entrado por una puerta de la calle de Pontejos y, al ver que llegábamos, se apresuraron a izar la bandera». Parece ser que la bandera a la que hace referencia Maura, fue la que había empuñado el teniente Mohino.

De noche, cuando don Alfonso ya había salido en coche hacía Cartagena para embarcarse con destino a Marsella; dentro del Palacio Real, quedaba el resto de su familia, la Reina haciendo las maletas. Pla describió para la “Veu de Catalunya”, el drama real en los siguientes términos: «Su hijo mayor, muy enfermo, oía el rugir de la multitud enloquecida y febril. Todo Madrid era una calderada de gritos y canciones, de vivas y mueras, de oleadas humanas que pasaban. El Palacio custodiado en su interior, no tenía fuera ningún guardia […]otros contemplaban –curiosos- con aire melancólico el gran Palacio que ha sido la tumba de los Borbones de España. Encima del balcón de la fachada el pueblo había colgado atada a una caña, una bandera republicana, hecha deprisa y corriendo, con harapos de suburbio miserables».

El decreto que oficializó la bandera tricolor tuvo que esperar 13 días más, se publicó el 28 de abril de 1931 en la Gaceta de Madrid (Núm. 118). La primera parte del este decreto, es un ejercicio literario, en el que da como hecho consumado el cambio de bandera, por ser una voluntad popular, en ningún modo por ser una decisión del Gobierno provisional. Lo cual evidencia que el Comité no era partidario del cambio de la enseña nacional: «[…] En pocas horas, el pueblo libre, que al tomar las riendas de su propio gobierno proclamaba pacíficamente el nuevo régimen, izó por todo el territorio aquella bandera, manifestando con este acto simbólico su advenimiento al ejercicio de la soberanía[…]

»El Gobierno provisional acoge la espontánea demostración de la voluntad popular, que ya no es deseo, sino hecho consumado, y la sanciona. En todos los edificios públicos ondea la bandera tricolor. La han saludado las fuerzas de mar y tierra de la República; han recibido de ellas los honores pertenecientes al jirón de la Patria. Reconociéndola hoy el Gobierno, por modo oficial, como emblema de España, signo de la presencia del Estado y alegoría del Poder público, la bandera tricolor ya no denota la esperanza de un partido, sino el derecho instaurado para todos los ciudadanos […]».

El decreto hace referencia al color morado y al Pendón castellano, sin citarlo expresamente: «Hoy se pliega la bandera adoptada como nacional a mediados del siglo XIX. De ella se conservan los dos colores y se le añade un tercero, que la tradición admite por insignia de una región ilustre, nervio de la nacionalidad, con lo que el emblema de la República, así formado, resume más acertadamente la armonía de una gran España».

Finalmente, describe físicamente la bandera: «[…] estarán formadas por tres bandas horizontales de igual ancho, siendo roja la superior, amarilla la central y morada oscura la inferior. En el centro de la banda amarilla figurará el escudo de España, adoptándose por tal el que figura en el reverso de las monedas de cinco pesetas acuñadas por el Gobierno provisional en 1869 y 1870». Unos meses más tarde, en diciembre de 1931, se aprobó la Constitución republicana que define, por primera vez en una carta magna española, la bandera, en el “Titulo Preliminar”, artículo primero: «La bandera de la República española es ROJA, AMARILLA Y MORADA»

Como información para aquellos que se empeñan en menospreciar nuestra democracia -emanada de la Constitución de 1978-, y que enarbolan libremente la bandera tricolor pensando que la II República fue el paradigma de la libertad, hacer lo propio en aquella época con la bicolor estaba prohibido.

El morado podemita

No parece que el color morado de Podemos sea fruto de la casualidad, sin embargo, sus líderes han reiterado que no tiene nada que ver con la República. Por si cabe alguna duda, su reciente acuerdo electoral con IU, afianza su republicanismo y da al traste con la cacareada transversalidad de esta formación. Ese cuento se lo podrán contar al niño de la Bescansa, porque no se trata de la abuelita de caperucita morada, como quieren hacer ver. Poco a poco, va enseñando los dientes; su propósito es incorporar el color del partido a la enseña nacional, amén de cambiar el Rey por un Presidente. 

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