Blog / El visillo parlamentario

Las personas como verdadero valor de Navarra

Por Guzmán Garmendia 05 agosto, 2018 - 13:10

El autor manifiesta que deberíamos mirar a largo plazo y apostar por la mayor fuerza transformadora, adecuando la educación a las necesidades de los nuevos tiempos.

Las personas son la auténtica fuerza transformadora que en las últimas décadas han situado a Navarra en la punta de lanza del bienestar.
Las personas son la auténtica fuerza transformadora que en las últimas décadas han situado a Navarra en la punta de lanza del bienestar.

Nuestro deber, como representantes que de forma temporal ocupamos el privilegio de gestionar el devenir de la ciudadanía, es solucionar las vicisitudes presentes y, con altura de miras, adelantarnos a lo que el futuro deparará a todos y cada uno de los que componemos esta sociedad.

En lo que a la cuestión inmediata se refiere, es evidente que es lo que ocupa la actualidad, el titular y la preocupación de administración y administrado. Sin embargo, la verdadera vocación de servicio debería trasladarse a la acción futura, a aquella que garantice nuestra competitividad.

La realidad, por desgracia, es que ese enorme trabajo que conlleva el largo plazo convierte esa inversión en una ruina política, por lo que generalmente se traslada a un segundo plano, para losa de las ya de por si hipotecadas generaciones venideras.

Navarra, por su naturaleza productiva, debería plantearse muy seriamente si está preparándose para el nuevo escenario global, o más bien está haciendo un ‘pinta y colorea’ que pudiera estar tapando la acción real que se merece.

La industria y la agricultura, pilares básicos de nuestra economía, son sectores en los que el 4.0 empieza a situarse como perenne apellido. En ambos casos, la vieja ‘máquina herramienta’ comienza a dotarse de lo que se denomina como ‘inteligencia artificial’, y ya hay campos en los que se ven robots que de la misma forma que siembran, fumigan, riegan y recolectan, al igual que sueldan, atornillan, cablean y, en definitiva, ensamblan en las fábricas de la Comunidad foral.

Lejos del lamento de quien no busca soluciones, nuestra obligación es atrapar este escenario con firmeza y convertirlo en una oportunidad. Asumamos, sin complejo alguno, que Navarra parte de una línea de salida encomiable por su larga experiencia emprendedora y transformadora, que no en vano nos ha situado en cabeza de los principales rankings de calidad de vida, empleo e industrialización de las últimas décadas.

Por lo tanto, si bien hay que reconocer que la innovación no reside en nuestro territorio en la medida en que sería aconsejable, sí que cabe destacar que el conocimiento productivo es parte de nuestra forma de ser, y el saber del proceso para alcanzar las altas cotas de excelencia está en la mano de obra y en el intelecto de nuestro recurso humano, de nuestros trabajadores.

Sin dejar de lado la débil apuesta que el Gobierno de Navarra ha hecho por el I+D+i (recordemos que la Ley de Foral de Ciencia y Tecnología tan solo contempla el mínimo de inversión que exige la Unión Europea en el horizonte 2020), deberíamos apostar por la auténtica fuerza transformadora que en las últimas décadas nos ha situado en la punta de lanza del bienestar: las personas.

Personas que entienden su trabajo como pieza fundamental del engranaje del bien común, una fuerza que reside en el ADN y que se mantendrá en la estructura mental de las generaciones venideras. Por todas ellas, y sobre todo por las que vendrán, merece la pena ponerlas en el centro de la acción, sabiendo superar, como decíamos al comienzo, que mirar más allá de la inmediatez tiene un retorno social infinito, aunque en términos políticos se antepongan los fuegos artificiales de la inmediatez y de lo efímero, al trabajo riguroso de las luces largas.

Creer en las personas supone adaptar la educación a las necesidades reales que nos traen los nuevos tiempos. Situar a las personas como protagonistas de la gestión conlleva trabajar por la convivencia universal y la adopción de principios de igualdad, fomentando la cultura del esfuerzo por encima de valores identitarios y excluyentes.

Posicionar a las personas a la altura competencial de los nuevos escenarios pasa por imprimir los principios de solidaridad en los que nadie sobra, siempre faltan, y en cualquier caso hay espacios para todos, con independencia de sus capacidades, procedencia, creencias o sentimientos.

En definitiva, entender que la verdadera fuerza de la Comunidad foral son las personas es huir de la política segregadora y clientelista, dotándola de visión más allá de lo que marca el poco condescendiente calendario electoral, una propuesta muy lejos de los intereses del Gobierno de Navarra de Uxue Barkos, intereses que ni tan siquiera beneficiarán a unos pocos, y que nos lastrarán a todos.

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