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Navarra aún no tiene su gran novela navarra

Por Eduardo Laporte 26 Noviembre, 2018 - 22:20

‘La regenta’ o ‘Patria’ se asocian a territorios y sus distintas realidades, pero en Foralia seguimos huérfanos del gran libro que nos retrate.

La icónica fachada del Ayuntamiento de Pamplona durante un atardecer.
La icónica fachada del Ayuntamiento de Pamplona durante un atardecer.

Lo que no tiene nombre no existe, se suele decir. ¿Y lo que no tiene novela? Pues quizá exista menos o exista peor. Pamplona, para mí, existió más y existió mejor una vez hube leído ‘Fiesta’, de Hemingway que, para mí sorpresa, transcurría en sus cien primeras páginas por un París bien lejano.

No lo entendí al principio, como no he entendido bien por qué el autor de este artículo sobre libros y provincias no ha puesto el famoso libro de Hem en lugar del mucho menos conocido texto de Valle-Inclán. Claro que si la idea era recorrer estos territorios desde el sofá, entiendo que el libro de Valle puede cumplir el cometido perfectamente, dicho esto sin haber leído el citado libro.

¿Por qué ‘Sonata de invierno’? Pues porque transcurre en Estella, tierra que, según leemos, conoció el autor de ‘Luces de bohemia’ en persona en no pocas visitas. Muchas de éstas fueron animadas por uno de sus mayores ‘fans’ de la época, el malhadado Garcilaso, director del ‘Diario de Navarra’ desde 1912 hasta su muerte, es decir, medio siglo bajo de línea editorial de quien promovió la conspiración franquista y no dudó en defender la causa hitleriana desde un baluarte de ranciedad humicerrada marca de la casa. Así nos fue.

Me cuenta un amigo detalles sobre esta peculiar relación, que se tradujo en una insistencia del entonces joven plumilla en traer a un autor de prestigio nada menos que al teatro Gayarre, allá por 1912.

Garcilaso era amigo de llevar al campo a quien así lo quisiera, lo que había influido en esas dos obras navarrensicarlistas de Valle-Inclán: ‘Sonata de invierno’ (1905) y ‘Voces de gesta’, publicada en verso en 1911 y que está considerada como un «símbolo poético de la historia de Navarra». Zascandil nato, Raimundo García, alias Garcilaso, convenció al barbado escritor para que recitara sus ‘Voces de gesta’ en el Gayarre —toda vez que la compañía que se eligió para hacerlo renunciara por el tufo carlistón de la cosa—. Hubo ‘sold out’ y una gran fiesta posterior con los intelectuales de la época, con cenorrio en el hotel del Norte y presencia de personajes como el simpar Eusebius, de quien tendremos noticias en breve y hasta ahí puedo escribir.

Leamos, pues, ‘Sonata de invierno’.  Bibliotecas públicas de Foralia toda, colóquenlo en sus mostradores más visibles. Libreros de Iruña entera, desempolven su archivo. Si yo fuera librero estellés, si es que dicha cosa es posible, llenaría todo mi escaparate de sonatas de invierno durante al menos una semana y media.

NOVELA Y NAVARRA

¿Qué debería tener esa futura y apabullante novela navarra? Para empezar, formar parte del imaginario popular, pero a la vez algo de calidad, cosa que, me temo, no cumpliría ‘El guardián invisible’, de Dolores Redondo que, sin embargo, ha puesto a Navarra en el mapa turístico-literario como pocos han sido capaces. Hay algo fascinante en viajar a los lugares que has leído, imaginado, en novelas. Como la Praga de Kafka y Milan Kundera; el San Petersburgo de Dostoievski y Raskólnikov; el París del Flaubert de ‘La educación sentimental’; el Dublín de James Joyce o el País Vasco de Baroja. Tan discutido en su tierra de origen, pocos se acercaron más al tuétano de lo vasco que el autor de ‘Zalacaín el aventurero’, novela que también podría figurar en esa lista de ‘grandes novelas navarras’, mientras esperamos la venida de nuestra novela absoluta, foral y universal.

Como antecedentes literarios, pienso en el ‘El trompetista del Utopía’, de Fernando Aramburu, llevada al cine más tarde por Félix Viscarret en ‘Bajo las estrellas’. También sucede en Estella, por cierto, y no en Bozate, donde se encuentra el gueto de los agotes, valga la aliteración, que dio lugar ‘El barrio maldito’, de Félix Urabayen, considerada también por algunos «la novela de los Sanfermines antes de que Hemingway escribiera la novela de los Sanfermines». Hablamos de 1924, dos años antes de la publicación de ‘Fiesta’.

Luego está ‘San Hombre’, de Manuel Iribarren, considerada por los franquistas como «la novela navarra», como podría serlo también ‘Plaza del Castillo’, del falangista Rafael García Serrano. De ‘San Hombre’ se ha dicho que es una buena novela, lírica, que merece la pena leer. Un texto que huye del maniqueísmo, cargado de matices, pese a ser la guerra del vencedor, inequívocamente franquista, pero que se solidariza con la desgracia de los vencidos. Se publicó en 1945 por Editora Nacional.

Lo que no se escribe existe menos. Quizá Navarra, como tema literario, sea tan complejo que por eso a día de hoy aún no exista, o no exista del todo el gran libro sobre el particular. O que, simplemente, no sea un territorio digno de ser, ay, cantado. ‘Tiempo de llorar’, de María Luisa Elío, es otro libro para el catálogo de grandes pequeñas novelas navarras.

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