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El Museo de la Guerra Civil, en Pamplona

Por Eduardo Laporte 06 Febrero, 2018 - 9:16

Junto con la conversión del penal de San Cristóbal en otro centro de estudios y divulgación sobre la represión franquista, Pamplona se convertiría una referencia mundial en el estudio del conflicto 

El edificio de los Caídos de Pamplona, una imagen de Mola y el Fuerte de San Cristóbal.
El edificio de los Caídos de Pamplona, una imagen de Mola y el Fuerte de San Cristóbal.

A mediados de los noventa, el fichaje de un tal “gujenhain” les parecía caro (20.000 millones de pelas, 133 millones de euros, una ganga) y además imposible, por ser extranjero, para el Athletic de Bilbao, el mejor equipo del mundo con el peor palmarés.

Luego se enteraron de que, ¡ahivalahostia!, se trataba en realidad de un museo y pronto se alzaron las voces contrarias. Que qué caro, qué hortera, qué derroche, qué vergüenza y esto para qué. No sabían que estaban en los albores del que más tarde se conocía como ‘efecto Guggeheim’. El museo de Frank Gehry no sólo fue la palanca para un lavado integral de la ciudad  (hoy podríamos decir que la ‘gentrificó’ entera), sino que el impacto económico en una Bilbao que no formaba parte de las rutas turísticas fue impresionante.

(Dato tonto: el Pamplona Arena costó casi la mitad).

Pamplona tiene los Sanfermines que son esos quince minutos de fama de los que hablaba Warhol. Unas fiestas que, gusten más o menos, ponen a la ciudad en el mapa, por desgracia ahora por asuntos más sórdidos de lo que nos gustaría. Decía un amigo catalán que es una pena que «la fiesta más democrática del mundo» vaya intoxicándose por aspectos que son sólo la parte, que no punta del iceberg.

Pero son nueve días al año. ¿Y el resto? La escalera, sí. El 1 de enero, 2 de febrero y así hasta el 7 de julio, una serie de cuadrillas y peñas se unen para precalentar las fiestas de San Fermín. Por lo demás, la vida transcurre prácticamente ajena a los festejos en los pamploneses y del todo ajena para los que no son de Pamplona. Si no fuera por esos días tan señalados en el calendario, Pamplona no le importaría a nadie, no la conocería nadie.

Las ciudades, las comunidades, como las personas, necesitan proyectos, ilusiones. Deseos, en el mejor sentido posible. Sin ellas se vienen abajo, o caen en enfermedades del alma como las adicciones, la depresión o el nacionalismo. Pamplona no debería seguir la estela de otras ciudades, como hicieron con relativos resultados Avilés o León al calor del efecto Guggenheim, sino crear su propio efecto. Convertirse en la primera ciudad española en atreverse en abrir el melón de la guerra civil con un complejo museístico de referencia mundial ubicado en dos sedes: el antiguo monumento a los Caídos y el fuerte de San Cristóbal/Ezkaba.

Y dejarnos de museos de Sanfermines. No los necesitamos.

DRAGON RAPIDE

En el Museo de la Revolución de La Habana se expone, como encallado en la Historia, el Granma, el barco en que Fidel Castro y sus hombres llegaron desde México dispuestos a liberar al pueblo del yugo de Batista. Y lo consiguieron. Franco y los suyos habían hecho algo parecido en el Dragon Rapide, avión financiado por Juan March, por cierto, desde Canarias a suelo marroquí.

Empezaba así una sublevación que quería recuperar los derechos de los mandamases de siempre, pero también había algo, o mucho, de cruzada. No dejaba de ser una revolución, conservadora, militar, pero revolución. Devolver el honor que se consideraba secuestrado y recuperar la dirección adecuada para una España, pensaban, perdida, a la deriva. Aunque para ello hubiera que enfrentar al pueblo en una guerra criminal y sofocar cualquier disidencia con mano dura, casi genocida.

«Será largo, será difícil», dice el actor que hace de Franco, Juan Diego, en ‘Dragon Rapide’, una película que, como el libro de Eslava Galán, seguramente no gustó a nadie. Ni es revanchista ni ridiculiza a Franco; es más, ofrece un perfil de él como una suerte de recuperador de la esencia imperial española que, como digo, no habrá gustado a nadie. Le mueve el deseo de conocer, no de ajustar cuentas. Esta vez sí que no parece española. Cuando la vi, pensé en la necesidad de un museo sobre la guerra civil impregnado de esa vocación de conocimiento, de recreación iluminadora. Está en Filmin.

En el Museo de la Guerra Civil de Pamplona tendríamos una réplica de ese avión.

LA PAMPLONA CONSPIRADORA

La película de Jaime Camino pone el foco en los días que marcaron todo el desenlace. Nos muestra que no una fue una asonada en caliente, ni que el asesinato de Calvo Sotelo fuera el desenlace único, como tampoco el asesinato del archiduque Francisco Fernando provocó la Gran Guerra. La cosa venía de atrás. De tan atrás como 1932, cuando la sanjurjada, fallido golpe de Estado contra la República protagonizado por el general Sanjurjo, otro de los hombres fuertes en la conspiración y posterior estallido de la guerra civil, junto al general Mola.

Sanjurjo nació en Pamplona y está tan vinculado a esta tierra como el que fuera conocido como el Director, enterrado en el cementerio de esta gloriosa ciudad en 1937. Sus restos, como bien sabéis, descansaron en el Monumento a los Caídos hasta hace un par de años. Ambos compartían donosa sepultura en pleno centro de la ciudad, a la manera de Franco y Joseantonio en Guadarrama, y vivimos tantos años sin enterarnos bien de la gravedad (simbólica) del asunto.

La vinculación de la capital navarra con el conflicto fratricida es tan sólo una razón más para levantar el Museo de la Guerra de la Civil en Pamplona, donde Mola se echó a sus espaldas la responsabilidad del golpe de Estado, mientras Franco esperaba agazapado en África.

Porque fue en Pamplona donde el Director Mola orquestó el desenlace final, preparado desde abril, desde su puesto de comandante militar en Pamplona. Contaría con otros conspiradores (al final las guerras son cosa de cuatro): Queipo de Llano, Goded, Cabanellas, Saliquet, Varela, Fanjul, Muslera, Kindelán u Orgaz, pero en Pamplona se coció todo.

Se me ocurren mil razones para erigir el Museo de la Guerra Civil en el Monumento a los Caídos, y darle por fin un uso digno, más allá de salas de exposiciones fules y eventos gélidos para cuatro paseantes ociosos. Revitalizaría esa zona cada vez más parecida a Comala y serviría de centro de estudios permanente sobre la guerra civil, para llegar al centenario del acontecimiento (quedan tan sólo 18 años) en la mejor posición. Tendría relación con Ezkaba, considerado por algunos (algo exagarados) el Auschwitz español, pero sin duda sede de una de las mayores fugas de la Historia e impagable localización para conocer los métodos que el bando nacional se gastaba durante la guerra civil.

Sería un motor económico de primer orden y un centro de estudios vivo, internacional.

No sería un museo para la revancha, sino para el entendimiento y el definitivo entierro de las dos Españas, que se darían el abrazo de Pamplona. Un escultor local inmortalizaría ese poético gesto. Sé que estoy soñando. Debo de haberme pasado con la cafeína. Pero sería bonito. Y un proyecto en el horizonte. Y Pamplona, la ciudad que a muchos nos gustaría.

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