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La espita del peligro

Por Eduardo Laporte 13 Julio, 2018 - 9:44

Tras seis encierros sin grandes dramas, los Jandilla nos recuerdan que correr con los toros es más que un deporte de riesgo

Séptimo encierro de San Fermín con toros de Jandilla en la Plaza del Ayuntamiento. EFE (2)
Séptimo encierro de San Fermín con toros de Jandilla en la Plaza del Ayuntamiento. EFE (2)

Para el ganadero de Jandilla, el encierro de hoy ha vuelto a desarrollarse bajo el binomio «rápido y limpio» y diríase que hemos visto dos carreras distintas. Rápido ha sido, con los morlacos pisando arena por debajo de los dos minutos, pero limpio pues no sé, porque se supone que limpio es aquel que no deja lances, que se produce de manera homogénea y fluida, con la manada corriendo en bloque y a lo suyo.

Pero hoy se ha abierto la espita del peligro al final de la cuesta de Santo Domingo, cuando un toro se ha independizado de la familia cabestril para hacer de las suyas.

Pensemos en el encierro como un universo de desenlaces posibles, con unas elevadísimas probabilidades de situaciones dantescas que, por alguna suerte de pacto misterioso, no se producen. O se producen en su versión más ligera, como para emisiones televisivas en horario infantil, pero eso sí, dando muestras de lo que podría ser y, por fortuna, nunca mejor dicho, no es.

El mozo arrastrado durante varios largos metros a la derecha de la plaza Consistorial quizá entienda algún día que ha sido víctima de la apertura de ese caldero denso y ardiente que acoge todos los males. Una caja de Pandora de la oscuridad, la sangre y el dolor cuya espita a veces se activa, dejando pasar un poquito de canela en rama. Es justo y necesario, ya que de lo contrario confundiríamos churras con merinas y tomaríamos el encierro como un pasamiento veraniego para burgueses de corbata blanca a lo Humboldt en el Chimborazo y, mire ushhté, no.

Entre las imágenes de estos Sanfermines’18, con sus encierros como representación máxima de su originalidad, nos quedaremos con ese toro perdonavidas que deja al corredor con un halo de estrellitas de herido de Street Fighter, y corre ufano por Mercaderes con la faja en el asta. Si el cartel de la feria del toro, de Loren Pallatier mostraba este año a un toro con el pañuelico anudado en el lomo de un animal, el de la edición siguiente bien podría ser con una faja en la punta astillada del cuerno.

¿Imaginaría el corredor antes de entrar hoy en el vallado que un Jandilla de 600 kilos se le llevaría la faja pero no la vida? Los encierros son capaces de tamaños milagros cotidianos y más. Como el topetazo que se ha llevado otro corredor en la curva de Estafeta que no sólo ha salvado el pellejo sino la verticalidad. Eso sí, el móvil a tomar por riau.

La espita del peligro se abre y nos enseña los dientes. Lo sabe, demasiado, Juan José Padilla, con su cuero cabelludo levantado y cerrado con cincuenta puntos. A pesar de las cogidas y el ojo perdido, sabe que siempre hubo dosis de clemencia.

Bonito encierro.

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