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El siglo XXI en Pamplona era esto

Por Eduardo Laporte 23 Enero, 2018 - 9:08

Linchamientos, populismos, sobrepeso, crisis de la democracia, coletazos anacrónicos de los nacionalismos, sobredosis de series, Black Friday y adicción a los barbitúricos

Fotografía de Tony Webster.
Fotografía de Tony Webster.

El año pasado murieron en Estados Unidos más personas por abuso de barbitúricos y opiáceos varios que soldados yanquis en la guerra de Vietnam. El dato me lo ofrece un amigo informado, así que no me voy a levantar a comprobarlo, aunque leo aquí cosas para preocuparse.

Son, en realidad, drogas de toda la vida, pero muchas de ellas de las que venden en las farmacias. Emergencia sanitaria. Bob Dylan, en esa canción gritona por otra parte, recomendó que nos pasáramos el día colocados, como diría años más tarde Tierno Galván con sus dotes de abuelo cebolleta enrollado. Eso eran los sesenta; medio siglo después la peña se pasa del porro al lexatín, o todo a la vez. Más Platón y menos Prozac: escribo esto mientras veo las fotos del profesor Fernando Castro enterrando la filosofía. Literalmente. Un ataúd halogüiniano repleto de libros que supongo de Spinoza, Wittgenstein, María Zambrano y Ortega y Gasset.

Parece una broma pero no lo es. La asignatura languidece en los planes de estudio, mientras los lunes las oficinas lloran lágrimas de plástico azul sin saber por qué acudimos a trabajar más allá de pagar las facturas, colegios, comedores, seguros, teléfonos y la pintura del salón, que para los dormitorios no nos llega.

Música, ajedrez y filosofía. Los centros educativos deberían volcarse en esas tres áreas del conocimiento. En lugar de eso, los niños padecen al arcipreste de Hita. Resultado: el proceso que debería despertar la curiosidad y el espíritu crítico de los jóvenes se traduce en que no vuelven a abrir un jodido libro en su vida.

Llevamos un 18% de siglo XXI y los que lo estrenamos con un ingenuo optimismo sobre su devenir callamos como profesionales del saldo y esquina. La soledad era esto. Y el siglo XXI también. La actitud blasé de la que hablaba Georg Simmel y Baroja en El árbol de la ciencia, pero servida en plato nuevo. Amplificada.

Si a principios del siglo pasado el trauma venía por la transición del campo —mundo reconocible— a la ciudad —metrópolis abstractas y despersonalizadas—, la cosa se complica de nuevo. Como si a la característica correosa de la ciudad (decía Chesterton que una ciudad que no sea pasea en una tarde es demasiado grande), se le unieran nuevos elementos inasibles: internet.

De la tienda de alimentación que mató el supermercado a los grandes almacenes que debilitan al pequeño comercio, para llegar al imperio de Amazon, Glovo y el delivery que no sólo puede matar definitivamente esa economía de corto alcance sino acabar con la vida en las ciudades. Una economía que nadie entiende, en la que no cabe la predicción, y que excluye el debate. ¿Quién nos gobierna? Ni siquiera entendemos la información local, en ciudades como Madrid cuyas políticas rara vez entran al debate serio más allá del comentario sobre tal o cual cargo electo o destituido. ¿Qué es peor, la ignorancia o la indiferencia? Ni lo sé, ni me importa.

PERIFERIFICACIÓN

En mis visitas a Pamplona, intuyo que la vida en el centro le corre la misma suerte que a la filosofía, según el funesto pronóstico de Fernando Castro. Fue bonito mientras duró. No valoraré unas políticas de amabilización que han sacado el lado más antipático de vecinos y comerciantes, pero todo apunta a experimento fallido. Sobre todo en un momento en que el centro pierde fuerza ante las tentáculos pegajosos y plasticosos de la periferias, las itaroas y las moreas, los sarrigurrens, los buztintxuris y las nueva nuevas articas.

Tiene gracia que cuando los nacionalismos colean con más fuerza, valga la paradoja, se privilegie un estilo de vida tan americanizado y aséptico como el del mall, los multicines con películas para córtimers y franquicias para estómagos de mal asiento. Mientras, la ciudad se va pareciendo a un escenario distópico. Nadie en las calles, silencio en los ensanches, locales muertos, carteles de Se alquila a la espera del próximo inversor de grupos empresariales perdidos en la aldea global, globalako aldea.

Aún queda alguna tienda de bolsos, librerías valientes y comercios numantinos de pastas y garrotes. Pero el futuro se adivina como un gran solar postnuclear donde tan solo las farmacias, los bares y las grandes superficies verticales de Inditex configurarán el paisaje comercial y humano de la otrora vivaracha capital.

Por la noche, sus resignados vecinos comen pizza recalentada en sus casas heredadas que han pedido a la enésima app de reparto a domicilio, rodeados de otros bienes también comprados por esa vía y enchufados a entretenimientos líquidos cuya producción se hace en países remotos e industrias ajenas. Eso los románticos que aún se atrincheran sentimentalmente tras los ladrillos de un reconocido arquitecto local.

El resto hace décadas que se autoexilió a la periferia, a las ciudades ecológicas que luego contaminan como el resto, a esos barrios que crecieron sin alma y que, treinta años después, siguen igual de carentes de ángel, esto es, desangelados. Apostaron, todo eran ventajas, por la protección oficial y se instalaron en ciudades adosadas a la natal, contribuyendo así a otra actitud blasé, la del vecino que ni es de pueblo ni de ciudad. Es la periferificación y sois todos culpables. También aquellos que inflaron el mercado inmobiliario del centro alquilándolos a turistas a precios golosos. O de los legisladores por no saber defender el valor del centro de las ciudades y su vida incomparable. Siempre nos quedará el café Vienés para ahogar las penas en un entorno sublime. Ah, tampoco.

Giovanni Sartori hablaba del homo videns, esa especie cercana al homo cretinus, que sólo alimenta su intelecto de imágenes y se ha convertido en un ser romo para el pensamiento abstracto. Como si los tiempos ya de por sí líquidos le hubieran anulado definitivamente cualquier pedaleo intelectual. De fondo suena el sálvese quien pueda y muchos recurrirán a al individualismo de salvación, pero con el mosqueo detrás de la oreja de haber asistido no ya a una generación perdida, sino a un siglo entero incontrolable, fallido, huero.

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