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Votan a VOX porque se les acabó el chollo

Por Eduardo Laporte 03 marzo, 2020 - 9:48

Se ha analizado mucho el origen del partido de Abascal por los conflictos en Cataluña o por la irrupción del nacionalismo español pero no tanto por el desencanto económico.

El secretario general de Vox, Javier Ortega Smith durante un acto en Navarra. EFE/Villar López
El secretario general de Vox, Javier Ortega Smith durante un acto en Navarra. EFE/Villar López

El reciente documental y reportaje de ‘El País’ sobre VOX nace, entiendo, por un deseo legítimo de conocer quién está detrás de ese fenómeno político reciente que es el partido de Abascal. Muy deudor de ‘La pelota vasca’ de Julio Medem (véanse los planos finales) ofrece testimonios sin juicio a priori, a excepción de los insertos de un politólogo que actúa como una especie de tío sensato entre esos votantes voxianos que figuran como contagiados de un coronavirus político.

Más allá de argumentos más o menos trillados —esa cosa de salir del armario patriótico, el rechazo al inmigrante o los recelos hacia la ideología de género— me resultan reveladoras unas declaraciones de uno de tantos murcianos acólitos de Santiago Abascal que desfilan por el corto pero enjundioso documental. Desempleado, recuerda con nostalgia los años en que ibas al banco por un crédito de veinte mil euros y te decían «anda, toma cincuenta mil».

«Gente que tenían tres o cuatro casas las tuvieron que vender y pedir dinero a sus padres o abuelos. Los veías con coches tipo Volkswagen Touareg o Porsche Cayenne que también tuvieron que vender».

Era el mundo precrisis de los Marina d’Or para los atracones de gambas de Huelva con vino Diamante y las congas por los salones del hotel al ritmo de King África. Los años en que se produjo una curiosa vuelta de tortilla histórica: quien cortaba el bacalao pasaba a ser el otrora currito que durante generaciones fue despreciado por la clase dominante. De pronto, el chaval que había estudiado FP se convierte en el profesional más demandado en el sector del revestimiento de baños, cocinas y otras chapuzas en general. Tantos encargos tiene que acaba por crear una pequeña empresa con trabajadores al cargo, tarjetas de visita, furgonetas, almacén y hasta página web. Ha triunfado. Se casa con la novia de siempre y tienen tres hijos a los que no les faltará de nada. Que nadie de fuera venga a quitarle lo que ahora es suyo. Que ningún moro, rumano, africano entre en mi urbanización de adosados con diversos sistemas de videovigilancia y alarmas conectadas con la policía mientras me preparo una paella mixta con gas butano para dar envidia a mis vecinos cerrajeros, distribuidores de gres o instaladores de piscinas.

VOX no surge por tanto en universidades castellanas ni en cenáculos esnobs (aquel Ciudadanos embrionario de Félix de Azúa y Arcadi Espada) sino más bien en un tabernón de carretera que acoge ahora a transportistas cabreados por la nueva situación. Lo dice uno de los entrevistados. Ahora hay que currar más para ganar menos mientras el precio de la vida no deja de crecer. Vas a hacer la compra y todo cuesta treinta euros más. Te plantas en la edad de nadie, ni joven ni viejo, donde es más difícil que te contraten y sin embargo necesitas más el dinero que nunca: hijos, hipoteca, coche, facturas de luz, agua, gas, comunidad, derramas, móviles, internet, comedores, ropa, cumpleaños, la boda de la Paqui, el cumple de la Trini, la comunión del hijo de Rafa, el seguro del coche, el de la moto, el de la casa y se ha jodido la caldera. ¿Que si nos hacemos el Netflix? Estamos jodidos. Este domingo hay que votar. ¿Elijo la papeleta de los de siempre que me han fallado o la de estos nuevos que al menos no tienen complejos en reconocer que aman a España y en que no quieren que se llene el país de inmigrantes sin trabajo? ¿VOX se llaman? Pues hale, a cascarla.

A LA DERECHA DE AZNAR

«Habría que crear un partido como el de Aznar pero que fuera realmente de derechas». Esta frase la escuché más de una vez a un padre de familia de la órbita del Opus Dei allá en los primeros dosmil. Defendía la educación segregada por sexos, estaba en contra del aborto en todas sus fases y los homosexuales le parecían una suerte de depravados que deberían ser sometidos a una terapia de choque sanadora. Era buena persona. Padre abnegado de muchos hijos, marido ejemplar de su esposa  discapacitada, entregó su vida a los demás. Cuando murió, le dedicaron unos panegíricos que se quedaban cortos para una vida de sacrificios. Si alguien hubiera pronunciado la palabra «fascista» dirigida a él, la gente se hubiera reído o no hubiera entendido.

El votante de VOX comprende a aquel perfil conservador al que el PP ya le parecía hace años ni chicha ni limoná, pero también representa a ese trabajador sin estudios que olvidó que no sólo de pan vive el hombre. Lo refleja bien ese otro entrevistado que reconoce no ser radical pero que desea la pena de muerte a todo aquel que no se reinserte. «Son un estorbo para la sociedad». En él sí que podría anidar un ramalazo fascista. Ese que busca imponer el orden y la ley por la vía rápida, cosa muy peligrosa pues la historia tiene sus ritmos y procesos y si no se respetan te castiga.

¿Conclusión? Sólo una nueva burbuja inmobiliaria frenará la escalada de VOX.  

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