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La vida fracasada de Jorge Oteiza

Por Eduardo Laporte 23 febrero, 2016 - 11:24

Se presenta el catálogo razonado del inmortal escultor, una buena oportunidad para indagar en la vida de este artista total y su peculiar vinculación con Navarra

Jorge Oteiza. IMAGEN: http://www.museooteiza.org
Jorge Oteiza. IMAGEN: http://www.museooteiza.org

Tras mucho indagar en esa hemeroteca caótica que es internet, encuentro el dato que se me resistía. ¿Cuánto tiempo vivió Jorge Oteiza en Alzuza? Unos treinta años.

O sea que debió de instalarse a mediados de los setenta. ¿Hay noticia de aquel hito biográfico? ¿Acudía Jorge Oteiza a hacer recados a Pamplona? Nunca lo vi, como sí vi varias veces a aquel Pablo Antoñana de ceño sempiternamente fruncido, como si siempre fuera a llover, del brazo de su señora, en las inmediaciones del Correos del paseo de Sarasate.

Entiendo que su mujer, Itziar Carreño, se ocuparía de ciertas labores pedestres ya que se me hace raro imaginar al autor de ‘Quosque Tandem…!’ comprando borraja en el mercado del Ensanche. Se podría pensar que Oteiza vivía a unas decenas de kilómetros de su patria chica y no en el corazón de Navarra, donde tenía su cama pero no su alma. ¿La cesión artística?

Decía la presidenta Barkos que había «generosidad» por su parte, en el acto de presentación de ‘Oteiza. Catálogo razonado de escultura’, a cargo de Txomin Badiola. Coincido con las voces que hablan más bien de «despecho sentimental».

Me apena no haber cogido el coche y haberme plantado un día en su casa, cuando aún era mitómano, en vida del hombre malo de Alzuza, que no de Itzea.

¿Cómo recibiría a los visitantes espontáneos, si es que los tuvo? ¿Con cajas destempladas? Cuenta José Antonio Sistiaga —el de la primera película pintada, fotograma a fotograma, que se proyectó en los Carlos III cuando los Encuentros de Pamplona de 1972—, que Oteiza era agradable en el diálogo vis a vis.

Que a veces le podía el enfado, pero que luego se reponía porque prefería vivir alegre. Lo dice en este documental.

Y puede que viviera alegre, en la alegría que da la libertad, la creatividad. Esa que daba el folio en blanco, espacio de libertad del que no entendía que hubiera quien pudiera tenerle miedo. Porque él reivindicaba la condición del artista como la de un hombre libre.

Y por eso, dice en el citado documental, la educación estética era clave. La única capaz de transformar el mundo. A mejor. Ojalá tuvieran capacidad de entender esto los demoledores de las asignaturas de filosofía. Y aquellos compañeros que exigen carreras prácticas, como si fuera una pérdida de tiempo nadar entre conceptos.

Pienso en César Manrique, coetáneo de Oteiza que murió en 1992, el año en que el escultor de Orio decidió ceder todo su legado artístico a Navarra.

Manrique no transformó todo el mundo, pero sí el que le rodeaba; hoy, la isla de Lanzarote no tiene nada que ver con la isla de los años cincuenta, considerada entonces la cenicienta de las Canarias. Su delicado y respetuoso trabajo de transformación permitió a los lugareños ver lo que antes no sabían ver. No creó nada, sino que señaló lo que llevaba ahí cientos de años.

Los fabulosos mares de malpaís volcánico, hasta entonces denigrados como una suerte de basura orgánica. Las burbujas volcánicas como un modo de protegerse e incluso vivir, pues en una de ellas instaló Manrique su casa, en un acto que podría haber generado envidia al Oteiza adicto a los vacíos.

Al Oteiza que se escondía de niño en los agujeros de la playa de Orio, cuenta el experto en su obra, Txomin Badiola, para ver un trozo de cielo acotado.

Porque da la impresión de que Oteiza, a diferencia de César Manrique, vivió asustado, escondido. De ahí su amor por esos vacíos, como los apóstoles de su santuario de Aránzazu, a los que extirpó las entrañas para que se mostraran abiertos al espectador, sin nada que esconder.

Había algo corrupto en la plenitud, parece querer decirnos Oteiza. De ahí su amor por el fracaso. Lo cuenta Joseba Zulaika, que vive en Reno, cuando dice que tal era su pensamiento utópico, que el fracaso era la única manera de validarlo. No hay utopías exitosas.

El éxito de su fracaso era, pues, ese fracaso. Y él propio Oteiza parecía cuidarlo como se cuida un bonsái, como recuerda Txomin Badiola con lo de que cuando vio salir el proyecto de la Alhóndiga notó que era una mancha, exitosa, en su expediente de fracasos.

Por suerte, no salió. «La victoria te deja vacío», dijo el motorista Dani Pedrosa en un titular que se me grabó para siempre. Hay un cierto calor tibio en la derrota, se maneja mejor que el éxito; quizá ese fue, pese a todo, el gran logro de Oteiza.

O que no fuera lo suficiente valiente para lidiar con él, tanto como para decir en 1959 que abandonaba la actividad escultórica. Puede que buscara entonces esa energía que perseguía en sus posteriores creaciones, por oposición a la masa, a la materia.

Sigo viendo el documental y creo que encuentro la clave del éxito de todos los fracasos de Oteiza. Puede que fuera el miedo, el pánico, apunta Néstor Basterretxea, cada vez que le hacían un encargo. La responsabilidad de no estar a la altura de sí mismo, del personaje «autoconstruido».

Pero quizá, y esto es más peliagudo de sostener, su rechazo a la naturaleza. Una cierta soberbia, muy siglo XX, de sentirse un ser desgajado de ella, que podía incluso renunciar a ella en sus creaciones: aquello de un arte que no recordara a nada, de ‘La deshumanización del arte’.

Algo que le limita en el tiempo y que otros creadores, como el citado Manrique, no tardaron en superar. Su vecino artístico, Eduardo Chillida, también podría haber pecado de similar ceguera, como cuando proyectó aquella aberración de vaciar la montaña mágica de Tindaya, en Fuerteventura, para crear en ella un vacío cúbico que no dejaba de ser otra marcianada sigloveintesca. Manrique jamás habría planteado algo así.

Quizá la maldición de Oteiza, lo que explicaría ese (mal) humor que hacía poner tensos a todos lo que lo rodeaban, fuera ese colocarse en un mundo en realidad artificial.

La condena de ser un hombre de su tiempo, cuando el tiempo que le tocó era un tiempo alienado, excesivamente humanizado y por tanto desnaturalizado que, por suerte, vamos dejando atrás. Claro que, para quien cultiva el fracaso por voluntad propia, e incluso hace elogio de él, dicho fracaso debería entenderse como un éxito.

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