Blog / Capital de tercer orden

No hay vacuna para el 'txapelavirus'

Por Eduardo Laporte 26 mayo, 2020 - 11:26

Las últimas muestras de apoyo al asesino de Tomás Caballero no invitan a pensar en un remedio inminente para esta enfermedad del alma.

Policía Nacional y Policía Foral intervienen en la Plaza del Castillo de Pamplona durante una protesta ilegal a favor del etarra Patxi Ruíz. PABLO LASAOSA
Policía Nacional y Policía Foral intervienen en la Plaza del Castillo de Pamplona durante una protesta ilegal a favor del etarra Patxi Ruíz. PABLO LASAOSA

«El relato tiene que obedecer a la verdad para representarla», leemos en una de las novedades editoriales recientes, ‘Despojos’, de Rachel Cusk. O sea, que el relato oficial puede hablarte de entrega de armas, de cambiar la lucha terrorista por la vía institucional, pero la verdad es un poco otra.

Porque a quien tiene la sed de violencia en su ADN no le vale con que se aprueben reformas laborales, más o menos íntegras, porque en realidad la justicia social del trabajador le da lo mismo. De la ETA a la ATA y tiro, ay, porque me toca. Uno rastrea quién secunda ese movimiento de inspiración siniestra y siente parecida sensación a la que generaban las manifas de exaltados por las calles del Madrid de la fase cero: el virus no va a dejar de propagarse nunca.

En lo tocante a la pandemia oficial, diversas noticias hacen pensar en una luz al final del túnel tras los experimentos halagüeños de la compañía Moderna. En cuanto a este otro virus, ¿etarravirus?, ¿txapelavirus?, de una antigüedad de más de medio siglo, es difícil pensar en que vaya a ser erradicado viendo cómo surgen los rebrotes en los momentos menos oportunos. Saliendo de una crisis que ha dejado a medio país en la quiebra y a decenas de miles de personas lamentando la muerte de sus seres queridos, por no hablar de los propios muertos, la patulea abertzale no tiene mejor cosa que hacer que defender a un asesino. Que, oye, hasta el mismo Satanás tiene derecho a, valga la redundancia, sus derechos de criminal, pero el modo en que se pide, con esa psicopatía borona marca de la casa, y el significado de esa petición, es decir, dar soporte a quien anhela volver a los atentados, no es sólo preocupante sino deprimente. El relato de los nuevos salvapatrias oteguianos te dirá una cosa, pero aquí sigue habiendo ganas de sangre de verdad. En determinadas cabezikas es difícil salir de esa espiral. Es el estadio más bajo de los siete niveles de conciencia, el del guerrero, pero dentro de un subapartado más bajo aún: el del soldado de la guerra sucia, injustificada y netamente sanguinaria que conocemos de sobra. Lo llaman gudari y no lo es. Basta analizar el perfil de este pieza, alias Patxi, sus relaciones en la cárcel, su historial de coacciones, agresiones, sus lazos con el clan de Los Castañas, para hacerse una idea del percal.

Oriundo de la Chantrea de El Drogas, es fácil imaginar que mientras revoloteábamos alegres por los distintos bares de nuestra juventud, el futuro asesino de Tomás y Valiente andaba cerca inmerso ya en sus prácticas de criminal. Sería uno de los que se encaraba con los nacionales con mucho ehh, ehhh, en esos ratos de guerrilla urbana con pelotas de goma, cabinas de teléfono destrozadas y algún contenedor quemado.

El viernes pasado leí en prensa que el hijo de José María Calleja había puesto a disposición de los lectores parte de su biblioteca, en una de las librerías Re-Read de Madrid. Me acerqué hasta ahí, en Chamberí, movido por el deseo de una comunión extraña y nueva, la de poseer parte del legado de quien representa lo contrario al txapelavirus más mutante. Entre los libros que se podían adquirir, elegí uno de relatos de Antonio Colinas y el ‘Diccionario de la memoria colectiva’, un tomazo dirigido por el historiador Ricard Vinyes. La entrada dedicada a los ‘Años de plomo’ hace mención a ETA, y a otros grupos terroristas, y habría surgido de la película ‘Anni de piombi’ (1981), de la directora alemana Margarethe von Trotta. Aquello pasó, pero no tanto como para darlo por concluido. 

No me hubiera gustado encontrarme en la plaza del Castillo el funesto sábado pasado. Porque si a la delicada situación actual, que el personal intenta mitigar saliendo a tomar algo por fin tras casi tres meses de encierro, le sumas un ataque borrokalari en defensa de los del «arrancar la piel a tiras», apaga y vámonos. ¿No habrá inmunidad de rebaño para estos borregos del mal? ¿Cómo lograr una seroprevalencia del 0% en estos pagos nuestros del escurridizo txapelavirus? ¿Qué tipo de mascarilla, gel hidroalcohólico, EPIs blindados hasta los dientes y retrovirales de última generación serán necesarios para evitar definitivamente su propagación y contagio? Chico, no soy quien para responder a tales cuestiones, pero puede que un poco de empatía con quienes sufrieron, sufrimos, esos inútiles años del plomo ayudaría un poco. Quizá sea mucho pedir.

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