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Blog / Capital de tercer orden

Agarrarse a una torrija ardiendo

Por Eduardo Laporte 06 abril, 2021 - 11:15

La proliferación mediática de este añejo dulce sorprendería a cualquier gurú del pasado: su adoración contemporánea se puede leer como reflejo de una sociedad en busca de apegos.

Imagen de unas torrijas típicas de Semana Santa en un plato. ARCHIVO
Imagen de unas torrijas típicas de Semana Santa en un plato. ARCHIVO

Nada menos líquido que una torrija, a pesar de la leche que conforma su centro esponjoso. Ningún cráneo privilegiado sospechó del buen momento del que goza esta dulzaina asociada la Semana Santa, pecadillo venial gastronómico en esos días de ayuno (limosna y oración) de la Cuaresma.

Escribo estas líneas en Lunes de Pascua, tras digerir las últimas torrijas que tuve a bien preparar. Quién me iba a decir a mí, hace unos años, que me levantaría pronto un Viernes Santo para calentar leche con canela, azúcar y ralladura de limón, para la posterior fritanga y rebozado en más azúcar y miel que conforma esta receta monjil. Confieso también que, cuando nadie me ve, las puedo cubrir de Nutella, en una marranada que seguro estará castigada por no pocos guardianes de las esencias del buen postre español y cristiano.

Pero la torrija se muestra inasequible al desaliento y ha llegado a salir de su constreñido calendario para aparecer en los menús de las distintas estaciones del año. Rivaliza con el turrón en su vocación de omnipresencia, como demuestra ese tiendón de Torrons Vicens, abierto los 365 días del año en pleno paseo del Prado (amén de otro local gigante que tienen en calle Mayor). ¿Puede haber algo más deprimente que vender turrones en Madrid bajo la canícula de finales de julio? Quizá despachar helados en la Gran Vía de Bilbao en diciembre, cosa que comprobé en mi última visita, en los tiempos prepandemia (o prepán).

Todo esto me genera un dilema de corte filosófico y me hace pensar en aquello de Goethe de que la felicidad está en la limitación. ¿Torrijas todo el año? En marzo inauguro la temporada de gazpacho y salmorejos, no se me ocurriría preparar esa ensalada líquida en Todos los Santos. ¿Y el helado? Recuerdo como uno de los mejores días del año la apertura de Los Italianos, mi favorita con permiso de Nalia, aunque aquellos helados de «café exprés», servidos al estilo columna salomónica, que entonces nos parecía el colmo de la sofisticación, eran insuperables. No así esos polos de leche o limón, con ese papel pegajoso como todo packaging que no variaba desde los años cuarenta; recuerdo también los de chocolate, que se deshacían en una serie de filamentos infinitos, como la cabeza de una seta silvestre.

¡Ah! Y Nalia no desaparece, sólo se muda unos metros. Y es que van quedando pocos establecimientos con solera en el paseo Sarasate, con su parte de cementerio invisible de los locales muertos. Dulces Unzué, O’ Connors, Dunkalk, farmacia Cabiró, bar Espada (mítico atajo para ir de San Gregorio al paseo), viajes Vincit, modas Hercal, modas Ascunce, heladería Los Italianos, librería-filatelia Blasco, radio Frías, banco de Vitoria, banco Atlántico, antigüedades Rodríguez... DEP.

EL MUNDO DE AYER, LA TORRIJA DE HOY

El mundo conocido se desvanece y asistimos, entre indiferentes y resignados, a su descomposición. Mientras, se debate sobre si el sexo existe, que no el género. Es decir, todo un abanico de identidades acogidas bajo el amable paraguas de ‘lo trans’, que pocos se atreven a denunciar pues en nada te cae el sambenito de fobo/foba. Una amiga contaba en Facebook que ha descubierto con estupor cómo en una tienda online de material para el colectivo trans venden penes de plástico en la sección “Para padres de niños trans”. Y dice:

«No entiendo cómo alguien puede ver ni mínimamente aceptable que se vendan penes de silicona de tamaño infantil (incluso a demanda, y os aseguro, solo tenéis que buscar un poco, que hasta a niños de cuatro o tres años hay padres que los declaran trans), para que una niña de 12 o 13 años, perfectamente sana, se lo ponga dentro de la ropa interior y lo cargue todo el día para sentirse a gusto en la sociedad. Y vendernos eso como progreso e inclusión».

En un panorama cada más vez más estridente y excéntrico en el que ciertas discrepancias concursan con la etiqueta inmediata de facha o fascista lo más suave, surge el desconcierto. Y una búsqueda de raíces en aquellos elementos entrañables que podrían haber sido tildados de rancios, pero que hasta los influencers más descollantes defienden.

La torrija como una nostalgia hacia un mundo menos esquizoide, donde aún no se ha perdida esa bonhomía que veíamos en nuestros abuelos, ajenos a todo postureo moderno de saldo. Todo lo que era sólido. La torrija y su actual exaltación como una silente llamada de auxilio. Decía el poeta Zagajewski que, ante las críticas de su entorno al sonido de las campanas, él las escuchaba con una oculta delectación: «Me despertaban a una vida más sublime». A falta de campanas, digamos, nos agarramos a una torrija ardiendo.

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Agarrarse a una torrija ardiendo