Blog / Capital de tercer orden

Todo es patriarcal y el tren de alta velocidad más aún

Por Eduardo Laporte 26 febrero, 2019 - 9:21

Hay grupos feministas que parecen empeñados en dinamitar el movimiento con declaraciones propias de una toma falsa de ‘Alguien voló sobre el nido del cuco’.

Una mujer aguarda a su tren en una estación.
Una mujer aguarda a su tren en una estación.

Hay titulares trampa, fake news y mucha morralla en la red. Toca leer con suspicacia las noticias que nos asaltan para ver si nos la han dado con queso. Pero uno lee esta información y,  a juzgar por las declaraciones, parece que la cosa va en serio. Que el TAV es machista, mayormente. Que implica «violencia patriarcal contra las mujeres». Se lee en la noticia, pero se ve que es el caballo de batalla de la Fundación Sustrai, de la que no tenía el gusto, en cuya web el tema del tren de alta velocidad supone la mayor amenaza no tanto para la economía, que también, como para la igualdad entre hombres y mujeres (por resumir).

«¡Peligro TAV! Un tren que transporta desigualdad de genero (*¿tildes pa’ qué) a toda velocidad», leemos en la página de esta activa fundación que, por cierto, dedica un inapelable SUSPENSO al gobierno del cambio, aldaketaren gobernua, en materia medioambiental. Lo dice aquí un tal Pablo Lorente, de la citada asociación que, oye, seguro que harán sus cosas buenas, pero con esto del TAV dan la sensación de avoir perdu le nord.

Que se puede oponer uno a la llegada del tren de alta velocidad, estar en contra de los molinos de viento, de los pantanos, de las autovías, de los teléfonos móviles, de las placas lunares, de las desalinizadoras, de la caza del zorro, del esquí de fondo o de los pimientos de la tómbola, pero, ¿hay que llevarlo todo a la ideología de género?

Porque, para esta organización, repetimos, el tren de alta velocidad «es una expresión más de la violencia patriarcal y capitalista contra las mujeres» y, por si fuera poco, añadamos unos sacos de victimismo tamaño cementos Portland: «Nos silencia y nos invisibiliza. Somos un estorbo más para sus negocios».

Pobres.

A mí, con esto de ponerse en contra del progreso viario, como con aquel noventero autobia ez, me sale ponerme a favor. Oigo ruido de fondo sobre los terribles efectos de la llegada del tren rápido —cuyos trazados, rutas y recorridos ignoro por cierto— y voto sí a todo. Los abajo firmantes hablan de pelotazos inmobiliarios y de mamoneos varios con la adjudicación de esta historia y, oye, a saber, pero el tufillo que se desprende es el gustico por el No. No a la rueda, como aquella impagable tira de Oroz. Y como no parece haber un argumentario claro más allá de especulaciones sobre corruptelas aún ni siquiera realizadas, alegan que si lo que crea vida, lazos y sororidades sobre hierro es el tren de cercanías —inexistente en Navarra por vaya usted a saber qué razones— y que ir en contra de esta ¿realidad? es un atentado patriarcal.

O sea, que a la mujer, vienen a insinuar, no le gusta la alta velocidad porque prefiere quedarse con las amigas sin salir de Navarra. O que lo mismo se marea. Imagino que han preguntado a todas y cada una de las potenciales usuarias de ese TAV para llegar a la conclusión de que la mujer, parafraseando a Umbral, es un ser de ‘cercanías’. Clubes de macramé, euskalteguis de fin de semana, cursillos de parto bajo el agua del río Arakil, técnicas de risoterapia holística y retiros tántricos de iniciación al veganismo empoderado. ¿Quién necesita llegar rápido a ningún lado? Más precariedad, alegan. Pues txico, no sé.

En su día me curré un reportaje, a pie de compartimento, por los 25 años del AVE entre Madrid y Ciudad Real y hablé con muchas trabajadoras encantadas con ese transporte que les permitía el acceso al mercado laboral en la gran ciudad sin tener que abandonar sus raíces. ¿A ver si va a tener razón el mismísimo papa Francisco con lo del machismo con faldas?

Quizá la clave no esté en el tocino, ni en la velocidad. Ni en las cercanías ni en las lejanías. Ni en el género, ni el subgénero, ni el cishetepatriarcado en do bemol. Quizá la cosa no sea más que una cuestión de miras, cortas.

O que contra algo se vive mejor. O que definitivamente están pirados. Y piradas. El diablo está en los detalles.

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