Blog / Capital de tercer orden

Tiendas líquidas

Por Eduardo Laporte 26 abril, 2016 - 9:13

Una fotografía de un viejo comercio, vista en Facebook, me hace echar la vista atrás sobre aquellos establecimientos que se extinguieron, dando paso a nuevos negocios en un eterno relevo

Mercería Carmen, en la calle Nueva de Pamplona. CARLOS VELÁZQUEZ GOYA.
Mercería Carmen, en la calle Nueva de Pamplona. CARLOS VELÁZQUEZ GOYA.

Hay un libro de Bruno Schulz que —a riesgo de ser comparado con aquella Sofía Mazagatos que declaraba que le encantaba la obra de Vargas Llosa aunque no había leído nada suyo— siempre me ha atraído. Aunque no lo haya leído nunca.

El mero título, ‘Las tiendas de color canela’, ya suena bien de entrada. Nos hace pensar en uno de esos libros en los que no pasa nada pero que leemos como quien paladea un vino dulce de 1881. Libros como ‘La calle Estrecha’, de Josep Pla, que se parecen más a cuadros que a libros: son estáticos. Las palabras fluyen, pero en realidad están como pegadas al texto. No hay trama, no hay acción, sólo observación pura.

Es una lectura que requiere un esfuerzo extra, como de observar las propias observaciones que el autor hace, pero el resultado es un poso estético que lo mismo hasta te hace, ojo, enriquecer tu propia percepción de la realidad.

Cuando me pongo en modo profe de talleres literarios, suelo decir a los alumnos que no hay que escribir bien, sino ‘mirar’ bien. Se llega a la hoja en blanco con los deberes ya hechos; es decir, se ha observado antes, se ha rumiado antes, se ha masticado la realidad antes y luego en el folio se vuelca y se compone, pero no se inventa. Hay prejuicios malos y también los hay buenos: los míos son buenos sobre el libro de Schulz. Ahora sólo me falta leerlo. Nunca aprendemos a mirar bien del todo.

Leo en prensa sobre una nueva iniciativa para incentivar el comercio. Se quiere promover la creación de ocho comercios innovadores. Pues muy bien todo, porque un comerciante no es sólo un vendedor, un dependiente o un simple eslabón de la economía minorista. O no debería serlo, y programas como estos, visto así por encima, parece que dotan de una mayor dimensión a este invento fenicio. Y así como un librero no debe ser sólo un señor que despacha libros, sino una suerte de gestor cultural, lo mismo debería pasar con quien gestiona una tienda.

A no ser que sea asuma el negocio, la vida, como una máquina de generar pasta y productos como salchichas en serie, cosa que quizá genere dinero a final de mes, pero poca satisfacción en el día a día, y la cosa pasa por combinar ambos aspectos. «Al final del día, lo que cuentan no son los ingresos, sino las ideas», decía Keynes, con la cuenta corriente imaginamos que saneada.

PAISAJE MÓVIL

Cada vez que viajo a Pamplona —y últimamente me he convertido en ese tipo de navarro ausente que sólo va en Navidades (este año ni eso) y Sanfermines— encuentro un paisaje comercial nuevo, cambiado. Así como dice el filósofo que vivimos «tiempos líquidos», puede ser que en ese aspecto del intercambio de bienes y productos vivamos tiempos parecidamente escurridizos.

Esas tiendas que parecían que lo aguantaban todo, como el pan integral del anuncio, resultan que también eran mortales. Como aquella Marpún, o Marpum, caza y pesca, de la que ni San Google se acuerda, en la calle Bergamín, abducida por alguna tienda de ropa de bajo coste. O Casa Puntos, donde vendían unos petardos fenomenales, también para cazadores, pero que te despachaban sin preguntar mucho; una tarde los tiramos por el hueco de la escalera y el vecindario se pensó lo peor tras aquel estruendo tremebundo. Poca broma, porque en aquella comunidad vivían políticos amenazados por el fascismo del pasamontañas y txándal. Perdón.

Recuerdo ahora tiendas de las que nadie se acuerda. Aquella Radio Frías, en el paseo de Sarasate, comercio desubicado de discos y casettes con querencia por el musicote de radio fórmula, donde aún y todo logré encontrar algún Eric Clapton o Dire Straits. O aquella Fono’s, de Carlos III, que era un poco el paraíso del vinilo, cuando aún el cedé no había hecho su entrada por la puerta grande. Eso pasó en los primeros noventa; y fuimos, con mi padre, a Unzu, a hacernos con ese nuevo formato. Bruce Springsteen, ‘Tunnel of Love’, un par de Stevie Wonder y otro de Enya fueron las primeras compras. Liverpool, Frudisk, el Supermercado del Casette. Chaston. Todos muertos.

MODELOS DE NEGOCIO

Algunas tiendas mueren porque o bien ya no se consume el producto que venden o se consume de otra forma. Y no queda otra que adaptarse, sino uno no quiere verse como aquel Fernán Gómez de ‘El último caballo’, que ya no encuentra cuadra para su anacrónico animal, al que se aferra en un arranque de nostalgia o de triste rebeldía ante el mundo mecanizado, frío, maquinal que se le echa encima en la España de 1950.

Eso ha pasado, en diversas manifestaciones, con los diversos negocios, en boga unos, en vías de extinción otros. En un estadio híbrido otros, como las tiendas de fotos, de las que quedan las más tenaces, que sobreviven como pueden en un tiempo en que nadie compra cámaras de fotos ni revela fotos. Aún recuerdo como un prodigio del progreso aquel revelado, ¡en media hora!, de foto Mena. Y curioso ese avance no líneal de la historia: el revelado digital, en 2016, ocupa más tiempo que el analógico de los años noventa.

Las librerías están en parecida situación aunque, pese a los discursos agoreros, quizá lo suyo no sea tan dramático. El libro es un objeto perfecto que nunca morirá. Una legión de soldaditos de la lectura lucharemos para que ello no pase.

Y, así, cuando se cierra El Parnasillo, le toma el relevo Walden. O Deborahlibros, de reciente apertura en Baja Navarra, 44. Todos los años cierran zapaterías y se seguirán vendiendo zapatos, lo que pasa es que cuando cierran lo hacen en silencio y nadie lamenta su desaparición. Cuando era niño, sólo había una Librería Gómez en Pamplona; ahora hay al menos cuatro. Cerró aquel El Bibliófilo, o la enorme Auzolan de la calle Tudela, pero las de siempre parecen aguantar mientras nacen, quijotescamente, otras.

Pero yo quería hablar de las tiendas de color canela y se me ha echado la columna encima. Leeré el libro de Schulz y ya si eso. Y a modo de cierre diré lo siguiente: vivimos tiempos líquidos, pero quizá no tanto.

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