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Soy feliz en Instagram o el ‘happinesspreading’

Por Eduardo Laporte 28 agosto, 2018 - 8:16

Las redes sociales crean un nuevo relato: el del exhibicionismo de una felicidad sospechosa que va invadiendo la esfera privada del usuario.

Imgen de un teléfono móvil con la red social Instagram ARCHIVO
Imgen de un teléfono móvil con la red social Instagram ARCHIVO

«Hay que ser feliz, aunque sea por joder». Este tuit, lanzado desde la cuenta oficial de Joaquín Sabina, refleja bien el sentir general de una época, aunque entronca con el famoso «dientes, dientes, que es lo que les jode» de Isabel Pantoja. Ahora no se enseñan tanto esos dientes de sonrisa falsa sino que los vehículos de la felicidad son los mojitos tuneados, el sushi cuanto más exótico mejor y  playas, sobre todo playas, playitas, playeo, que llegue otoño pofavó. Si no has estado en Ibiza y no atesoras una docena de atardeceres en una fiesta vip eres un pringao. Aunque el nivel Premium de postureo redisocial se lo lleva el yate. El barquito. El velero bergantín. El fondeo por los litorales baleares acompañado del ya demodé ‘aquí-sufriendo’ y amigos cachas. Se hace un silencio cuando uno ve una storie de barquito. Es otro nivel. Los usuarios de pedaló en Salou y paella de chiringo medio no pueden menos que callar ante el momento yate. Y cuerpazo, que pa’ algo me he privado yo estos meses de grasas. Que se vea, que se note. Dientes, dientes.

Leía hace poco a una conocida en Instagram un lamento que me pareció hondo, tremebundo, en el contexto de un posado digno de aquella ‘Sports Illustrated’: «Qué tristeza cuando se acabe el verano». ¿Cómo mostrar mi cuerpo si no hay excusa? ¿Con qué rellenaré mis stories? El tema del exhibicionismo corporal daría para otro artículo, o una tesis, porque 2018 ha sido el año de tocar techo en ese sentido. Mientras en ciertas latitudes se impone el burka, en otras gana terreno el nudismo o similares. Tengo en la retina la foto de una amiga atacada por una anémona que ni el mismísimo Helmut Newton hubiera sido capaz de capturar con toda esa intensidad. Una picadura en pleno cachete que bien podría pasar por un Pollock, pretexto estupendo para enseñar de nuevo el culo. Porque en otros momentos, habíamos visto ese culo, muy bonito por cierto, sin anémonas de por medio. Supongo que uno enseña lo que considera bonito y lo que quiere compartir con los demás. Yo, sin embargo, que soy un chungo, veo ostentación con alguna explicación biológica/evolutiva que se me escapa. Pero mi culo es bonito y el tuyo no. Yo gano, tú pierdes.

Decía Jean Louis Valencienne que las mujeres no se ponen guapas para gustar a sus parejas ni para gustarse a sí mismas, sino para sentirse más guapas que las otras mujeres. Tema para próximo debate en la barbacoa de tu cuñao.

VIVIR PARA SUBIRLO

Así como la moda del pieseo, por fortuna superada, era mayoritariamente practicada por mujeres (como la de las fotos de los pies juntitos al estilo ‘Amélie’), la tendencia a proclamar la felicidad a los cuatro vientos la detecto también más en mujeres que en hombres. Quizá tenga que ver con competitividades extrañas y atávicas, creo que Valencienne escribió algo al respecto. A mí me resultan sospechosas, tanto como que la palabra ‘feliz’ empiece a estar en peligro de extinción semántica. Así como ‘jamás’ significaba antiguamente ‘en todo momento’, o sea, siempre, y acabó significando lo contrario, es posible que la palabra ‘feliz’ signifique, en el siglo XXII, lo equivalente a persona que se jacta de un estado de ánimo en permanente goce que no se lo cree ni Perry. No niego que quien grita a los cuatro vientos en Instagram que se siente feliz lo sea, pero no deja de ser sospechosa, como una excusatio non petita, esa insistencia. Quien es verdaderamente feliz, si es que eso es posible, no necesita compartirlo con sus cientos de seguidores en red social ninguna. De nuevo, como apunta el gran Sabina, veo más un deseo de joder que una felicidad real. Porque en una época (léase ‘La gran desilusión’, de Javi Gómez) en que la felicidad parece que ha tocado dejarla en el banquillo, hay algo que no cuela en el rollo happpyyyy. Porque si uno es happy por la mañana pero por la tarde quiere cortarse las venas, aquello no es la idea comúnmente aceptada de la felicidad.

Luego está el rollo, in crescendo, infantiloide. Porque las redes no es que saquen el niño que llevamos dentro, sino que muestran al crío caprichoso que llevamos dentro. Mensajes como el de no-me-quiero-ir (sic), de un amigo al que hasta entonces admiraba, con la foto de una piscina que, bien, muy bonita, pero tal. Es el concepto del ‘humblebragging’, por otra parte, es decir, el fardar humilde, en traducción literal, o como quien no quiere la cosa. Ejemplo: «Ay, qué molestos los mosquitos en este ‘riad’ incomunicado en pleno desierto con cuatro sirvientes que nos preparan cuscús tradicional, por no hablar del hamam y la piscina climatizada». Y fotaca al canto.

Del ‘Vivir para contarla’  de García Márquez estamos pasando al ‘Vivir para subirlo a Instagram Stories’ y uno elige el local para su fiesta de cumpleaños en función de la fotogenia modernuki del sitio, así como a los invitados que den bien en cámara. Da igual pasarlo bien o mal si se logra un bonito clip de diez segundos que logre lo que podríamos bautizar como ‘happinesspreading’.

Las stories de Instagram enseñan lo que tú quieras, que normalmente es la parte más bonita de nosotros, ese culo con o sin anémonas, pero lo interesante es lo que se oculta.  Durante semanas seguí el periplo de una pareja en un viaje de dos meses por Francia. Disfruté con sus paisajes provenzales, castillos bajomedievales y cenitas en restaurantes mignons. Me llamó la atención enterarme más tarde de que no se hospedaban en coquetos y ‘charmantes’ hotelitos, sino en más prácticos y económicos cámpings, con su tienda de campaña Quechua ad hoc. De eso, en cambio, no había rastro digital alguno. Al postureo le ha surgido una némesis: el escamoteo.

¿Y lo que nos divertimos con todo esto?

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