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Los silencios de El Drogas

Por Eduardo Laporte 06 octubre, 2020 - 9:25

Natxo Leuza estrena un documental sobre su figura, de gran factura audiovisual, que no esquiva elementos políticos, en una ocasión desaprovechada de lanzar un mensaje de concordia

Concierto de El Drogas en la Ciudadela de Pamplona. PABLO LASAOSA
Concierto de El Drogas en la Ciudadela de Pamplona. PABLO LASAOSA

Decía Paco de Lucía que el silencio es tan importante como la nota. Ese intervalo en blanco permite, por ejemplo, que la nota en cuestión se alargue, se expanda, se derrita. Y que durante el silencio la hagamos nuestra. José María García también manejaba con arte los silencios. En Barricada, como en todo grupo de rock radical español, eran más de tralla sonora. (No obstante, hubo dos grupos que reivindicaron el sosiego: Héroes del Silencio y Silencio Absoluto). Y digo «rock radical español» porque así figura en la sinopsis y porque considero que es la etiqueta más acertada, pues Barricada tenía tanto éxito en Aranda de Duero, Carabanchel o Vallecas como en Hernani, o quizá más; el mundo abertzale nunca se preocupó por descubrir otras españas, como si más abajo de Laguardia no hubiera más que militarotes facinerosos de bigotillo de peli barata. Barricada se situaba en la liga del rock duro de los Leño, Barón Rojo, Platero y Tú, o en la de esos Eskorbuto, con el carismático Iosu Expósito a la cabeza, que en el entorno batasuno marginaron por «maketos». Ignoro qué puesto ocupaba Barricada en el ranking de gudaris o si se libraron de aquellas historias solamente por su ‘No hay tregua’.

El Drogas cuenta mucho en esta película documental notablemente hilvanada por Natxo Leuza, excompañero del colegio San Cernin, que está demostrando ser un cineasta de categoría. Porque Leuza consigue extraer de los entrevistados su tuétano vital, cosa difícil de por sí y más en siendo navarro. «Mucho te estoy contando, eh…», viene a decir Mamen, la «socia» de Enrique Villareal, el Drogas, desde hace más de cuarenta años. Hablan de los malos hábitos sin tapujos, cosa que se agradece y hace que el documental gane enteros, en cercanía, en humanidad.

Como cuando el Drogas relata la relación con Boni, la otra mitad de Barricada, a quien escuchó tocar un domingo en la Chantrea para dar con él luego en la villavesa y proponerle sumarse a su grupo embrionario. Me recordó, salvando las distancias, a cuando un Paul conoció a John, en un festivalillo parroquial, un 6 de julio del 57, y de ahí a los Beatles. El Drogas nacería dos años después, como ilustra el documental con imágenes de los sucesos de la época. Comenzaba un periodo de años turbulentos en los que, para unos, había tan sólo dos bandos: nosotros y los malos. Contra algo se vivía mejor, y en esos ochenta y primeros noventa Barricada gozaría del relato a su favor entre su público más contestatario que si la policía nos pega y el Estado nos oprime que, entre nous, siempre me dio perecilla.

A mí me hubiera gustado nacer en el Liverpool de los Beatles y guardar colar para verlos actuar por las mañanas en The Cavern, pero me tocó la Pamplona de Barricada y Tahúres Zurdos, banda ésta de la que me gustaba una única canción, la versión del hit de Patty Smith. Nosotros teníamos esos grupos malotes y a Serafín Zubiri, que una vez fue a Eurovisión. También hubo una escena underground, indie, incluso glam rock, de la que surgieron dandis de estrambótica figura, como ese David Bowie de Burlada que fue Josetxo Ezponda, de Los Bichos, cuyos modos de Beau Brummel noventero llegaría a adoptar el mismísimo Drogas años después, en su reconversión estética del El Drogas & Rhythm Blues Band, como confiesa en el documental. Su camerino incluye ahora chalecos y corbatas de cuello Windsor que, en mi opinión, son un acierto pues a partir de los cincuenta nadie debería ir con bermudas y converses.

Como no teníamos tampoco a Oasis, The Smiths, Blur ni una versión rediviva y tuneada de los Iruñako, una noche nos plantamos don Vecino y yo en un concierto de Barricada en la plaza de toros. Experimenté una notable sensación de pulpo en un garaje moral; corrían finales de los noventa y aquello era un ejercicio de apología del terrorismo sin trampa ni cartón. Mi amigo de la infancia venía de ser señalado en la ikastola en la que estudiaba por no haberse sumado a la marcha que celebraba el asesinato de un empresario tolosarra cuyo nombre no reproduzco por no molestar a sus familiares. Tanto él, como su amigo (mío también), sobrino del asesinado, pasaron a engrosar, cómo no, la lista de «fachas» y «españoles» en aquella ikastola cómplice.

Nunca me gustó especialmente Barricada, aunque ‘Balas blancas’, que trata sobre el racismo, me pareció un temazo. Recuerdo incluirla en aquellas playlists de la época que hacíamos grabando directamente de los 40 Principales en el radiocasete, y que escuchábamos luego en el coche. Íbamos de excursión a San Juan de Luz, a San Sebastián, a Fuenterrabía, mientras caían balas negras sobre gente inocente.

Porque aquel martes, 11 de febrero de 1997, recogió la prensa, ETA le pegó un tiro en la nuca a aquel empresario. Fue en pleno desfile de los carnavales de Tolosa, en presencia de su hijo de doce años. Poco después, la muchedumbre coreaba en la plaza de toros de Pamplona aquello de «alguien tiene que tirar del gatillo», mientras a mi amigo y a mí se nos aguaba el calimocho.

De eso no se habla en el documental. Eso no existe para algunos. Una memoria histórica selectiva. Una ceguera particular. Una amnesia muy peculiar. ¿La tierra está sorda? Hay silencios muy tristes.

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