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El requeté de Hemingway

Por Eduardo Laporte 02 agosto, 2016 - 7:00

El escritor norteamericano incluye un soldado carlista de Tafalla que apuntala el mensaje nuclear de su novela más ambiciosa

Hemingway junto a un soldado.
Hemingway junto a un soldado.

A partir de cierto momento de la semana, uno va navarrizando su visión de las cosas, en busca de ese elemento de corte foral que dé pie a un artículo para el diario digital que lleva el nombre de su comunidad + punto com. Es raro que no aparezca. En este caso, en la página 357 de ‘Por quién doblan las campanas’ (edición Debolsillo), de Ernest Hemingway, cuando se cumplen 90 años, que no falte una efeméride, de la publicación de ‘Fiesta’.

Un requeté, en la obra de Hemingway. No sólo tengo tema para el artículo, sino que de pronto, gracias al pensamiento metonímico (eso de la parte por el todo), lo global se convierte en particular. Así, esa «epístola al mundo entero» que es la novela, según este ensayo, cobra más significado cuando se focaliza en un personaje que nos resulta cercano. Que podría haber sido nuestro abuelo.

Es un personaje que un editor obsesionado con la síntesis se podría haber cargado sin contemplaciones, incurriendo en un gran error. No aporta nada a la trama, es un detalle más dentro del gran fresco guerracivilista, pero sin embargo representa, en su discreción navarra, un elemento sutilmente clave, si esto es posible, dentro de la almendra temática de esta obra cumbre. Recordemos de dónde procede esta novela, cuáles son los ingredientes que conforman su alma, cuyo título se extrajo de un pasaje del poeta metafísico John Donne:

«Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de continente, una parte de la tierra; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti».

John Donne, ‘Devotions Upon Emergent Occasions’ (1624)

Carlistas que no falangistas

Le pregunto al escritor Miguel Izu, gran conocedor de la vida de Hemingway y su relación con Navarra, sobre este soldado y relativiza el conocimiento que pudiera tener sobre los requetés:

«Creo que tenía una idea vaga y llena de lugares comunes. En los años 50 hizo amistad con García Serrano y le llamaba "mi amigo requeté" porque era navarro, aunque fue siempre falangista. Así que dudo que el requeté de su novela esté basado en algún personaje real que él conociera».

En efecto, es un personaje simbólico, un poco el soldado desconocido del Arco del Triunfo de París y de todos los cementerios bélicos, sólo que en este caso, boinarroja y de Tafalla. Lo mata el propio Robert Jordan, alter ego del mismo Hemingway, como matará, en la última página del libro [spoiler] otro navarro, también carlista y «católico muy devoto», el teniente Berrendo, al propio Jordan. Entendemos que acaba con su vida porque, aunque el detalle concreto no se explicita, todo da a entender que así sucede y que Jordan lo prefiere a la práctica execrable, el suicidio, que el padre ficcional ha llevado a cabo y que Jordan denosta.

Tanto el soldado muerto como el teniente Berrendo «eran carlistas de Navarra y juraban y blasfemaban cuando estaban encolerizados; pero no dejaban de considerarlo un pecado, que confesaban regularmente».

Duelo por el enemigo

Puede que Hem se liara entre carlistas, requetés y falangistas, pero desde luego conocía bien ciertas esencias de la tierra. Del soldado que mata Robert Jordan no se dan tantos detalles. Aparece como una figura joven, elegante en su montura, con su «mancha escarlata de la insignia [del Sagrado Corazón], que llevaba en el lado izquierdo del pecho [el del corazón], sobre el capote». El famoso lema no detuvo las balas esta vez.

Y como en la peli de Salvar al soldado Ryan, un único ser humano se convierte en un recordatorio de que toda muerte es inútil, y que toda vida vale lo mismo, por lo que los remordimientos por esta acción violenta torturan al protagonista, como les pasa también a la mayoría de los personajes cuando se ven en el trance de matar. No todos los fascistas a los que matamos son verdaderos fascistas, se viene a decir, en un pasaje. La muerte del enemigo más enemistado, más contrario a los planes estratégicos, al proyecto de vida, de mundo, mata parte del corazón de quien se queda. Después, el tiempo de silencio.

Robert Jordan se preocupa de recopilar documentos relacionados con el requeté muerto y averigua que era de Tafalla, que tenía veintiún años, que no estaba casado y que era hijo de un herrero. Por las cartas, se enteran de sucesos domésticos, esas cosas cotidianas tan propias de ciertas epístolas de corto recorrido: el padre seguía bien, la madre estaba como siempre, aunque tenía dolores en la espalda. Tenía miedo por su hijo, pero estaba contenta de que acabara con los rojos para liberar a España de las «hordas marxistas».

Probablemente no existió ese requeté concreto, pero sí existieron muchos como él. Muchos murieron, muchos mataron. Las campanas doblaron, una vez, en el atardecer pesado de un pueblo de Valdizarbe o de la sierra de Guadarrama, por su memoria. Pero, nunca, bajo ningún concepto, preguntes por quién.

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El requeté de Hemingway