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Razones para leer ‘Patria’ (1/2)

Por Eduardo Laporte 04 abril, 2017 - 8:01

Se ha escrito mucho sobre el libro de Aramburu pero quizá aún se haya leído lo suficiente.

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Pocas ideas peores que recomendar un libro por motivos razonados, como si los beneficios de tal lectura fueran parecidos a, yo que sé, comer pescado azul. Pero uno no puede quedarse callado cuando los astros literarios se alinean y surge un libro como este en el que el valor literario y el valor moral alcanzan niveles tan impresionantes.

¿Y qué es el valor literario, artístico? Pues no tengo ni idea. Decía Apollinaire que la pureza, la unidad y la verdad. Pues a lo mejor. Esas tres cosas se dan en ‘Patria’, en cualquier caso. Y se podrían añadir otras muchas más, como algo que me gusta decir a mis alumnos: precisión y misterio. Porque Aramburu te cuenta los hechos, menudos hechos, con precisión de cirujano del alma, pero sin sepultarte a datos ni a sesudas digresiones, para que el misterio pueda aflorar. Porque no es fácil encontrar la raíz de ese cáncer social cuya metástasis azotó a todo un pueblo durante más de cuarenta años, en torno a esas tres siglas envueltas en un hacha y una serpiente.

‘Patria’ es un libro pertinente, que no oportunista. Ha llegado en el momento preciso, cuando debemos conocer mejor que nunca el fenómeno etarra y sus tentáculos fascistas para tratar de que no se reproduzca cual Hidra de Lerna. Hay quien, en un discurso entre preventivo y apocalíptico, recuerda aquello de ‘Sospechosos habituales’: «El mejor truco del diablo fue convencer al mundo que no existía». El anuncio del desarme del 8 de abril puede ser lo que dice ser o una estrategia de despiste mientras se confecciona una nueva piel de cordero para un lobo más lobo. Ha cambiado el zeitgeist, los jóvenes se han ido de erasmus y nadie se traga la milonga de liberar a Euskal Herria, Navarra included, por la lucha armada. Pero, ¿y el odio?

Una tarde, en la redacción de El Correo de Bilbao, le pregunté a Kepa Aulestia, que venía de publicar ‘Historia general del terrorismo’, que cuál era el origen de todo eso y me contestó que el odio, la maldad.

AVISPERO

‘Patria’ no está escrito desde el odio, ni el revanchismo, ni desde una ecuanimidad un tanto obscena o forzada como la de Julio Medem en ‘La pelota vasca’. Aramburu no quiere hacer tesis, sino volcar una realidad compleja sin escamotear las iniquidades que tuvieron lugar en ese avispero llamado la Euskadi de ETA.

Lo comenté el otro día cuando hablaba de la desgracia de nacer en Rentería. Debí expresarme mal, a juzgar por los insultos recibidos, como si quisiera meterme con la ciudad o los habitantes de la localidad, sojuzgar su capacidad para construir nuevas convivencias, y no señalar cómo te determina nacer en un sitio que arrastra un pasado denso y en su presente aún se manifiestan ramalazos de ese pasado. Los tres jóvenes en la cárcel seguro que me entendieron.

Aramburu lo describe mejor que yo en ‘Patria’ cuando narra cómo dos amigas, abertzales y comprometidas, dejan de serlo, amigas, cuando una no quiere homenajear al etarra muerto en lo que parece ser un crimen de Estado. Y la otra que que vaya, que como no le vean en el acto de despedida hablarán y ya sabes. O cuando al joven Gorka, hermano de quien se acaba metiendo en ETA, le intimidan por su escaso compromiso con la causa, y le acusan de traidor por haber ganado un premio de literatura y no dar el dinero a los presos de la banda terrorista. Y que cómo se atreve a salir en las noticias de un diario "fascista" (El Diario Vasco) y de aceptar un premio de una "entidad bancaria explotadora de los trabajadores".

Ese tipo de manipulaciones de manual, era retórica mafiosa, la rescata Aramburu con audacia. Esa lógica racional tan susceptible de ser utilizada para engañar, para manejar el destino de los jóvenes más incautos. La desgracia de nacer en el País Vasco durante los años de plomo. Para los que cayeron en las redes del terrorismo y se torcieron para siempre por una causa que era un camelo, pero sobre todo, claro está, para los que les jodieron la vida o se la quitaron directamente.

—Les meten malas ideas y, como son jóvenes, caen en la trampa. Luego se creen unos héroes porque llevan pistola. Y no se dan cuenta de que, a cambio de nada, porque al final no hay más premio que la cárcel o la tumba, han dejado el trabajo, la familia, los amigos. Lo han dejado todo para hacer lo que les mandan cuatro aprovechados.

LUMINOSO

Aramburu arroja luz sobre unos años, un periodo, que ya sea por asco, por rechazo ético y estético, por aburrimiento o por cercanía, muchos preferimos ignorar. El castigo de la indiferencia. Pero hay un punto en que cierta ignorancia hacia determinadas realidades resulta una falta de respeto: a la verdad, a los que la padecieron. Entonces llega ‘Patria’ para iluminar esas zonas de sombra y usar la literatura para lo que sirve, esto es, para esclarecer por medio de la recreación de los hechos, y de la empatía más absoluta, de un modo tan vívido que ningún ensayo podría hacer.

Son distintos destellos, contados todos ellos con esa precisión y misterio, con esos capítulos de medida justa, los que van iluminando al lector, a cualquier lector, porque el libro trata conflictos universales sólo que con ropajes locales. La envidia. La que suscita el Txato, el empresario, más vasco que el monte Jaizkibel, pero a quien se extorsiona para que pague el impuesto revolucionario, para que se moje. Las pequeñas inquinas. La maledicencia. El puritanismo. La propia Miren, personaje recalcitrante como pocos, con esa maldad de boca pequeña, tan pasivoagresiva, algo habrá hecho, que es todo un símbolo de cómo las bajas pasiones se revisten de ideales políticos para legitimarse. Porque si uno rasca un poco, sólo hay eso: una frustración existencial tan supina como para defender el asesinato de tu amigo de toda la vida.

Ilumina, la novela, tanto, como para pensar que al final se trató de una guerra civil localizada. Con dos bandos: los partidarios de la lucha armada y los que querían hacer su vida en paz. Sólo que sólo unos peleaban y los otros pusieron la otra mejilla. Sólo por eso, por la dignidad de quienes se comieron toda esa violencia sin causa, hay que leer ‘Patria’. Y porque es adictiva. Y porque es conciliadora, porque deja la puerta abierta a que todo haya sido una enfermedad de la que quizá se pueda salir. Y más cosas, pero eso en la segunda y última entrega.

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