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Blog / Capital de tercer orden

Rapidilimpismo

Por Eduardo Laporte 14 julio, 2018 - 11:04

El último de los encierros sirve para demostrar la tesis general de este gran evento: estas carreras van demasiado rápidas.

GRAF083. PAMPLONA, 14/07/2018.- Los toros de la ganadería sevillana de Miura entran en la curva de Mercaderes durante el octavo y último encierro de los Sanfermines 2018, el más rápido de las fiestas con 2 minutos y 12 segundos de duración, en el que, según el primer parte médico, no hay heridos por asta. EFE/Jesús Diges
Los toros de la ganadería sevillana de Miura entran en la curva de Mercaderes durante el octavo y último encierro de los Sanfermines 2018. EFE/Jesús Diges

Los Miura despiden los encierros con una sensación unánime: esto va demasiado rápido, esto es demasiado limpio. Hoy se me pegaron las sábanas y para cuando conecté RTVE en el portátil ya llevaban transcurridos 28 segundos de carrera. Joder, me dije, casi un cuarto, porque, como era previsible, los toros de Miura registrarían un tiempo casi de récord, y los 2,12 minutos casi lo han sido. ¿Se imaginan una final del Mundial que durara diez minutos? A los encierrófilos nos pasa un poco eso, el arte efímero estuvo bien en los Encuentros del 72, pero las carreras nos saben a poco.

Soltábamos por aquí menciones milagrosas al santo morenico y su radiación protectora, pero no hablamos lo suficiente de esos "nuevos encierros", que dicen los expertos, que se vienen gestando en los últimos años. Cabestros metomentódicos, antideslizante cohesionador de manadas y, sobre todo, entrenamientos en plan deportistas de élite en Gran Canaria de los toros.

Ignoro si es Casa de Misericordia o las propias ganaderías quienes deciden someter a esa puesta a punto a sus reses, para que lleguen resabiados, más atléticos que Cristiano Ronaldo hasta arriba de esteroides y aleccionados para que corran como un único bloque. El rapidilimpismo. ¿Y qué se consigue con eso? Menos drama en las calles, menos estrés para los animales y entiendo que corridas posteriores más redondas, que es al final lo que interesa tanto a ganaderos como a organizadores. Mientras, los espectadores asistimos a carreras, Solano dixit, "predecibles". Para los plumillas de la cosa, no deja de ser un ejercicio literario de primer orden y es un entrenamiento formidable para la retina pero, joer, no sé yo.

Lo de hoy. Hay un momento en que el primer visionado se convierte en un bloque amorfo de hombres y toros. Pasa todo tan rápido que te dices: ya lo veré en la repetición. Y en esa tirolina, practicables y cámara lenta donde descubres la belleza y el peligro. La audacia de ciertos corredores. En directo, son encierros a cámara rápida. ¿Quitamos el antideslizante? ¿Ponemos unos grilletes a los toros? Me temo que no hay vuelta atrás y que tan sólo el morbo justificaría una decisión voluntaria de poner las cosas más complicadas.

Quienes vivieron los encierros en los setenta y ochenta, pues mejor para ellos. Los del siglo XXI serán así, una exhalación de cuernos y pezuñas en las que en algún momento se te acelera el corazón, que canta la jota. Esta mañana de Miura se le aceleró sobre todo al malhadado chaval que fue capturado por el pañuelico, "es más que un pañuelo", y fue arrastrado casi hasta la plaza. En shock absoluto, luego tuvo que esperar a que pasara otro toro por encima de su mancillado cuerpo y de propina los cabestros. Para más inri, perdió los zapatos. Ojalá todo quede en un susto.

Tampoco llegó a imaginar en sus peores pesadillas que un asta de Miura se asiría a su inocente pañuelo, como el mozo de ayer tampoco intuía que su faja se la llevaría un cuerno. Los encierros son cada vez más previsibles pero, por suerte, aún hay hueco, entre adoquín y loseta, entre la lluvia del norte y el sol tamizado de España, para lo inesperado. Viva san Fermín.

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