Blog / Capital de tercer orden

No quiero hablar más de ETA

Por Eduardo Laporte 28 enero, 2020 - 9:26

Sueño con un mundo en que la lacra terrorista que padecimos quede tan lejana como la primera guerra carlista. Por desgracia, no bastará con el mero paso del tiempo para que ello suceda.

Adolfo Araiz, EH Bildu, se ríe con Ramón Alzorriz durante un pleno parlamentario. MIGUEL OSÉS
Adolfo Araiz, EH Bildu, se ríe con Ramón Alzorriz durante un pleno parlamentario. MIGUEL OSÉS

Cuando escribo esto languidece una suerte de Deep Blue Monday que nos lleva a un día de hace 75 años —cayó en sábado por cierto— en que las tropas soviéticas liberaron a los presos de Auschwitz.

Difícil quejarse de nada, de los rigores del fin de mes, cuando uno echa la vista atrás y revive dramas como el de la niña gitana Ceija Stojka. Presa en otro campo de exterminio, recordaría en ‘¿Sueño que vivo?’ cómo llegaron a comer lana, cordones, harapos y tierra para sobrevivir entre montañas de cadáveres saqueados por los presos con menos escrúpulos. ¡Y no nos morimos!, señala con un júbilo casi inocente aún. Gente que, como Primo Levi, puede darnos lecciones. Sin embargo, no lo hacen.

El citado libro, que acaba de publicar la editorial papeles mínimos, es también una muestra de la dignidad humana que no busca la revancha. « Qué guardián te ha hecho daño, quién te ha golpeado», le inquiere uno de los soldados británicos que liberaron Bergen-Belsen en abril de 1945. Le rompió la mano a tu madre, ¿verdad? Le puedo dar una verdadera paliza si quieres. La niña señala al soldado que había abusado de la madre pero le pide que no haga nada. Que no se enfade con ella, pero que le perdone la vida. «Dios Nuestro Señor nos ha regalado la vida. Sólo habíamos sobrevivido unos pocos en esta parte del campo», escribe. Más adelante Ceija Stojka dirá que eligió no odiar. Porque si hubiera activado el odio hacia los nazis que encerraron a su familia, por gitanos, y se cargaron a su padre y otros familiares, nunca habría podido amar a nadie ni tener hijos.

Recuerdo que, cuando estudiaba Comunicación Audiovisual, una productora puso un anuncio. Se buscaban guiones que tuvieran a ETA como tema. Cuando se lo conté a mi padre, descubrí que era capaz de cabrearse. Nunca me habló de la bomba que pusieron en su empresa en 1984 por el mero hecho de ser francés o de cómo el entorno batasuno del pueblo en que teníamos una segunda residencia nos echó del pueblo.

La amenaza de ‘la carta’ —que sí recibió la familia de Raúl Guerra Garrido— pesó siempre y a menudo me he preguntado qué grado de estrés y ansiedad añadió al ya existente. No dediques una sola línea a esos desgraciados, me vino a decir. No merecen ni una de tus neuronas. Nunca le había visto así, a excepción del día en que, siendo un crío, clavé unas insignias con esvásticas que compré en Portobello Road sin tener ni idea qué significaban esas cruces gamadas.

Se cumplen 25 años del asesinato de Gregorio Ordónez y, aunque no quiero hablar de ETA y por tanto tampoco leer noticias sobre el asunto, no puedo evitar dar con este artículo de Javier Ancín. Recuerdo haber ido con mis padres varias veces a La Cepa. Un bar que bien podría ser de Cádiz pero que abría sus puertas en pleno casco antiguo de San Sebastián para dar la ilusión de que la concordia entre los distintos era posible. Entre jamones y bustos de toros disecados descerrajaron la cabeza a un joven Gregorio Ordóñez que parecía cincuentón por el peso del peligro. Semanas antes de su asesinato habían matado en Lasarte al sargento Alfonso Morcillo. Sabía que podía ser el próximo. Usaron la misma pistola en ambos crímenes.

Era parte del plan de «socialización del dolor» que aprobaron los antecesores de Bildu y que venía rubricado por nombres como Adolfo Araiz en la ponencia Oldartzen, apoyada por tres cuartas partes de los miembros de aquella siniestra Herri Batasuna. Hoy Adolfo Araiz es portavoz de EH Bildu en el Parlamento de Navarra y no parece capaz manifestar un perdón sincero sin tener que bajarse los pantalones ni traicionar a sus camarillas. Creen que no es posible, pero sí lo es. Basta con quitarse el odio de encima. Con tener valor. No de valentía, que también, sino de valía (humana).

Me gustaría hacer caso a mi padre y no hablar más, nunca, de ETA. Que no me importara que la gente piense que Martín Carpena —que da nombre al pabellón donde se celebraron los Goya— es un plusmarquista de marcha atlética. He llegado a pensar que no hablar de ellos sería el camino más rápido para la reconciliación y la convivencia.

Pero pienso también que no hacerlo es ser tan tonto como cuando clavaba barajitas de mercadillo nazis en mi pared sin saber qué coño eran. Quizá haya que hablar de ETA no desde el odio que evitó la niña gitana, pero sí hablar. No hacerlo sería dar la espalda a la verdad, pero también a nuestras víctimas, las vivas, las que siguen con el corazón herido por ese dolor socializado que la indiferencia haría aún mayor.

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