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Blog / Capital de tercer orden

¿Quién se acuerda de los farmacéuticos?

Por Eduardo Laporte 03 noviembre, 2020 - 9:48

Forman la parte menos lustrosa de la cadena sanitaria, con una paciencia y disponibilidad que a menudo se da por supuesto.

Un farmacéutico realiza una prueba serológica de Covid-19 en la Farmacia Mónica Muradas, en O Carballiño, Ourense, Galicia (España), a 22 de octubre de 2020. El comité clínico de la Consellería de Sanidade ha decidido mantener el nivel 3 en los ayuntamientos de O Carballiño, O Irixo y Boborás, donde, además, se establece la limitación de la movilidad perimetral, y donde desde hoy se ha cerrado toda actividad considera no esencial --ocio, espectáculos, recreativa y deportiva--. Eso sí, se permite el reparto de comida para llevar.
Rosa Veiga / Europa Press
22/10/2020
Un farmacéutico realiza una prueba serológica de Covid-19 en una Farmacia de Galicia. Rosa Veiga / Europa Pres

Es probable, y está feo decirlo con la que está cayendo, que me encuentre entre los españoles que menos gasto farmacéutico hace al año. No recuerdo la última vez que pisé una farmacia, más si cabe cuando las grandes superficies proveen de los productos parafarmacéuticos que un ciudadano común como yo pudiere necesitar. Toquemos madera.

De mi infancia, recuerdo alguna farmacia ya desaparecida, como aquella Cabiró, del paseo de Sarasate, donde un señor canoso, grandullón y de ojos saltones hacía su buena caja gracias a los no pocos achaques de mi abuelo, con su infarto, extracción de ojo por cataratas y achaques varios como lesionado grave de guerra que no aceptó la regalía del estanco, por cierto. Ignoro qué pasó con aquella farmacia, porque siempre di por hecho que una farmacia, como un diamante, es para siempre.

Las farmacias eran un lugar al que uno acudía por lo demás como acompañante y cuyas únicas distracciones eran la báscula, comprar caramelos de sabores para la garganta o recrear la vista en algunos de los paneles publicitarios de cremas solares con modelos siempre perfectas. Quién viviera en una de esas playas de arena blanca de Piz Buin. No hace mucho, un pariente exfarmacéutico me propuso mover por chamarilerías varias su colección de albarelos, ese atrezo de la noche de los tiempos de los remedios caseros que imprimen ese toque de ‘como dios manda’ en los salones de cierta España. La cosa, como otras tantas, quedó en nada.

Había, y hay, una cierta dignidad en la farmacia, parecida también a ese sector pariente que es el de la óptica, en el que la oftalmología se une sin complejos con la estética y el mundo de «la gafa», porque ningún óptico te hablará nunca de «gafas», en esa misteriosa tendencia del comercio a singularizar el lenguaje: el género, el grano, la lana, la gafa, la sandía. A poder ser, sin el artículo: Tenemos buen melón este verano.

Mi reciente empatía con el noble gremio de la farmacia —en Madrid existe la calle homónima, con su academia y todo— no viene, pues, por una demanda desaforada de paracetamoles e ibuprofenos, sino por la lectura de las andanzas de un boticario-literario llamado Rafael Gª Maldonado. En su ‘Diario de cabotaje’ (Anantes), este escritor malagueño nos ofrece un diario literario clásico, de gran calidad, con la feliz particularidad de que su autor es farmacéutico, y no otro representante de profesiones difusas como somos muchos de los que cultivamos ese género literario.

Entre las digresiones sobre lecturas y comentarios sobre el pasar de la vida, este escritor nos ofrece también un viaje al final de la noche boticaria, con sus luces y sus sombras, en lo que constituye uno de los aciertos del libro. Ojalá más dentistas-escritores, jardineros-escritores, azafatas de vuelo-escritoras y veterinarias-escritoras y menos escritores-escritores. Basta, en definitiva, de escritores. Sobre todo, si estos farmacéuticos-escritores nos regalan perlas literarias como, abro al azar, esta: «Sé la persona que tu perro cree que eres».

Entre las luces de la carrera farmacéutica, que este autor no esconde, se encuentra la estabilidad económica, en un gremio que no obstante recuerda con nostalgia los años felices. Dicho esto, en tan sólo un mes es capaz de acumular la misma cantidad de euros que por los derechos de autor que ha generado toda su obra (Maldonado ha escrito varias y celebradas novelas), lo cual me genera un supino deseo de matricularme en Farmacia por la UNED.

Pero también caen los días pesadas. «Me deprime trabajar por las tardes», confiesa el diarista, y lo entiendo; siempre he defendido que nada más triste que una carnicería de pueblo grande tipo Puente La Reina abierta por las tardes. Un sábado de enero, en concreto. A este boticario le pesan en cambio los jueves, también por la fugacidad vital que implica un nuevo jueves. «¡Otra vez jueves! ¡No puede ser!», se lamenta en tercera persona este farmacéutico de Fuengirola.

Porque detrás del mostrador, expendiendo en bata blanca drogas para este y aquel, también se siente que la vida se escapa, como se van los jueves, o ese fin de semana breve y aturdido que una guardia larguísima y anodina privó de sentido. O ese rol de santo Job de quien debe ejercer de extensión sanitaria de aquellos que no se conforman con el diagnóstico del doctor y que van rumiando sus achaques de farmacia en farmacia. «En media hora atiende uno a un chico de su edad con cáncer crónico de estómago y otro, sólo un poco mayor, con trasplante renal. Ambos muy medicados y frágiles (más frágiles aún que los demás) de por vida».

Porque este Wittgenstein con bata se reconoce barojiano, por tanto, frágil, hiperestésico para con el dolor propio y ajeno, lo que le genera no pocas zozobras. «A veces, a la tercera o cuarta de las desgracias que le consultan, le entran ganas de quitarse la bata y salir corriendo, o mandarlos a todos a la mierda, poner a los gordos a hacer ejercicio y a los viejos a leer, cualquier cosa menos darles medicinas y consejos sanitarios que sabe que no van a cumplir», confiesa Maldonado, en uno de los muchos párrafos de verdad literaria y vital que nos regala el libro.

¿Quién se acuerda de los farmacéuticos? Se componen merecidas canciones pop a médicos y enfermeras y se erigen dudosas estatuas a ese primer frente sanitario, pero los boticarios permanecen en un discreto segundo plano. Raros son los homenajes a estos profesionales caricaturizados como recortadores de códigos de barras, cuando no son sino un parapeto hacia la inquietud de quien ha descubierto que ese silencio de los órganos que es la salud ha hecho crack.

No obstante, se reconforta el autor, cuánto aprendizaje le llega a través de ese dolor ajeno. Un trabajo que te hace más hipocondríaco, reconoce, pero también más sabio, pues «sólo quien sabe del dolor sabe de la vida», sostiene Maldonado, como un Schopenhauer vitalista. No nos acordamos de los farmacéuticos y boticarias más que cuando se nos avería algún desagüe interno, pero quizá no necesiten de nuestras palmaditas en el hombro. Porque, como leemos en este notable diario, la mirada de un paciente agradecido por el trabajo realizado es más valioso que escribir el mejor de los libros.

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