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Recuperemos al príncipe de Viana

Por Eduardo Laporte 20 febrero, 2018 - 9:14

Su figura está presente en instituciones, premios, rotondas y bodegas, pero apenas sabemos nada de este emblemático personaje de la historia de Navarra

El Príncipe de Viana, en un retrato de José Moreno Cambronero (1881).
El Príncipe de Viana, en un retrato de José Moreno Cambronero (1881).

Es una figura asociada a nuestra memoria, pero más fantasmal que ciertos personajes del Antiguo Testamento. ¿Qué sabemos de Carlos de Trastámara y Évreux, intitulado príncipe de Viana, para ensalçamiento del estado y honor de los hijos, y descendientes de ellos, cuando contaba con tan sólo año y medio de edad?

Se supone que representa la esencia de la navarridad, así como una navarridad ligada al conjunto de España —recordemos que Leonor de Borbón es la actual portadora del título, aunque GeroaBai prefiera el encono cainita—, pero su figura está más asociada al vino que en su nombre se produce o aquellos cines de la calle García Castañón que en paz descansen.

En un mundo en que hay que tirar de santos pretéritos (como el de Amiens), de personajes inventados (como Caravinagre) o de otros sin valores definidos (Olentzero), ¿no sería buena idea indagar en la figura del príncipe de Viana, nieto de Carlos III el Noble, criado en el Palacio de Olite, y heredero del amor por el arte y el cultivo personal que caracterizó a su abuelo?

Navarra podría haber sido el asombro del mundo en una época en que los castillos, creados por la defensa, se remodelan en palacios «donde primase la belleza, el lujo y la comodidad». Se pasa del guerrero, el estado más básico del ser humano, a los siguientes niveles, el artista, el intelectual. Son los siete niveles de conciencia de los que habla Andrés Ibáñez en su reciente y muy recomendable ‘Construir un alma’, y yo me pregunto ahora en cuál estamos ahora.

Volvamos al príncipe de Viana y al libro que sobre su época acaba de publicar la prestigiosa editorial Sílex, ‘El príncipe de Viana y su tiempo’, firmado por Vera-Cruz Miranda, una de las mayores expertas en el personaje, a quien dedicó su tesis doctoral.  Y ojo porque, a tres años del sexto centenario del nacimiento del príncipe (Peñafiel, 1421 – Barcelona, 1461), se avecinan libros que quizá despierten de una vez por todas a este cadáver exquisito ignorado durante siglos más allá de las atalayas académicas. Permanezcan atentos a sus libreros.

EL ESPÍRITU DE OLITE

Olite es nuestro Versalles, pero apenas realizamos el esfuerzo de imaginar cómo era la vida de la corte allá por el siglo XV. No lejos de ahí, a unos cinco kilómetros, tuvo lugar la batalla de Aibar, poco conocida, pero «crucial», según uno de los mayores expertos en Carlos de Viana, Mikel Zuza.

Leo en Wikipedia que fue una batalla clave para la conocida como guerra civil entre agramonteses y beaumonteses y que vino a suponer el principio del fin del reino, que pocas décadas más tarde sería conquistado por la Castilla que vio nacer (de casualidad) al infante Carlos.

En esa batalla se hizo prisionero al príncipe de Viana, fiel encarnación del caballero entregado tanto a las armas como a las letras. Encarna también la figura del perdedor, la del reino que no pudo ser, hijo de un Juan II del que dicen que fue el peor rey de Navarra. Hermanastro de Fernando el Católico, Carlos de Viana pretendió a Isabel de Castilla y podría haber sido el artífice de la unión de reinos, evitando ulteriores conquistas por la fuerza. Pero murió con cuarenta años sin tiempo más que para ser testigo del declive del territorio sobre el que reinaba. Escribió, transido del espíritu de Olite, la ‘Crónica de los reyes de Navarra’.

Vera-Cruz Miranda aporta detalles interesantes sobre la infancia del príncipe en Olite, tierra nueva o Erriberri, donde pudo compartir unos años con su abuelo, Carlos III, y gozar de los regalos que este les hacía. «Fueron unos años felices».

LA CORTE CULTA

Me identifico, ay, más con ese Carlos III francófilo que con otros modelos propuestos o por proponer. En ‘El príncipe de Viana y su tiempo’, leemos cómo fue un rey mecenas que promocionó el arte y la arquitectura en su reino, siempre siguiendo las corrientes francesas, tras sus estancias en el reino vecino.

Embelleció el palacio de Tudela y edificó el de Tafalla, pero sobre todo reformó el palacio de Olite, en 1400, donde creó enorme jardines y un zoo con papagayos, leones, ciervos, osos, camellos, búfalos y monas. Más allá de este bestiario, el palacio de Olite se convirtió en un epicentro de cultura, como se plasmó en su biblioteca y en la presencia habitual de artistas, poetas, músicos y juglares. Lo que para sí imagino Shakespeare en la corte, franconavarra de sus ‘Trabajos de amor perdidos’. La romántica idea de crear un laboratorio del saber y las artes, caldo de cultivo olitense en el que se educó el príncipe de Viana, futuro rey de Navarra como Carlos IV (de 1441 hasta su muerte en 1461), cuya pasión por los libros cultivó desde muy joven.

Este artículo toca a su fin y apenas he hablado del príncipe. Seguiré leyendo el libro de Vera-Cruz Miranda y los próximos que sobre él se publiquen de aquí a 2021. ¿Por qué? Porque me gusta más el espíritu de Olite que el del barrio imaginario de Txabakanoiz, lindante con la pedanía del Zurriagazo. Porque me gustaría que Navarra nos sonara más a ese ideal de cultura que a zafiedad pasada de vino malo y cortedad de miras. Porque no tengo ni idea de historia de mi patria chica y ya me vale.

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