Blog / Capital de tercer orden

La posibilidad de una Itzea

Por Eduardo Laporte 03 enero, 2017 - 7:15

Hay propósitos de fin de año y propósitos de largo aliento: la forja de un espacio propio donde esperar la muerte y celebrar la vida

Itzea, cuadro de Ricardo Baroja.
Itzea, cuadro de Ricardo Baroja.

En una época en que aún se ejecutan desahucios en España, puede resultar obsceno decir lo siguiente: que cada español debería tener derecho a una segunda vivienda. Conquista burguesa accesible a unos pocos, o no tan pocos a juzgar por la desaforada construcción en los últimos años. O quizá mejor, tener segunda vivienda sin necesidad de tener una primera, o que esta última, es decir, la primera, fuera más volátil, porque lo cotidiano suele ser el escenario para lo urgente pero no tanto para lo importante. Esto lo supo Pío Baroja —de nuevo Baroja— cuando compró Itzea con apenas cuarenta años, una casona medio en ruinas en el corazón de la República del Bidasoa.

Construyó a partir de entonces su centro de gravedad permanente en esas coordenadas, siendo Madrid o París satélites más o menos basculantes en torno a Itzea. No quiso ser enterrado en Vera, al olor de las lagestremias, en cambio, como harían los que le sucedieron, menos obligados seguramente a cumplir con cierto estereotipo que el propio Baroja se vio obligado a llevar hasta las últimas consecuencias del cementerio civil de la Almudena (una vez pedí la ficha de ubicación de su tiempo, que tengo por ahí, en un arranque de necrofilia grupi). Pese a que Julio Caro Baroja nació en la madrileña calle de Marqués de Urquijo y vivió en Alfonso XII, no eligió Madrid para el descanso eterno, sino una región vasconavarroide a la que le unían unas raíces más que nada sentimentales, las más sólidas, en verdad (aunque todo tiene sus matices leo aquí). Pero las grandes ciudades no dejan de ser líquidas, nebulosas, y hay que acudir a la concreción de lo pequeño para, como diría Battiato, descubrir el alba dentro de las sombras.

En Lanzarote, muchos de los lugareños que viven en los pueblos de interior como San Bartolomé tienen también un terrenito en la costa. Suplen así la falta de estacionalidad en un territorio condenado, para bien o para mal, a un continuum climático. Por eso no viviría ahí siempre, como comprobé tras pasar un puñado de meses ahí, pero sí podría ser un buen lugar para encargar la construcción de mi Itzea.

La casa, la casa de la vida que diría el escritor —tengo pendiente tras demasiados años la lectura de No existe tal lugar—, no es tanto su contenido como sus potenciales moradores. Uno, por supuesto, con sus deseos de erigir un torreón ramoniano, pero también las visitas que se harán allí. El conocido como el hombre malo de Itzea supo convertir ese espacio personal en un territorio en el que los demás se reconocieran.

Y no cómo fulgurantes actores invitados, guest stars, que desaparecen para siempre tras recitar sus frases en escena, sino como propietarios, digamos, de pleno derecho. Los hermanos, la madre, el cuñado, los sobrinos, los hijos de los sobrinos y así hasta que el árbol genealógico lo permita. La posibilidad de dejar un legado. Quizá ese sea el fundamento de una vida lograda: dejar tras de ti. No tanto vivir para contarla, que también, sino vivir para regalarla. Acusado de impío tramontano, su casa era la casa de todos, como también lo era a su manera, su piso de Ruiz de Alarcón convertido en decadentillo club social de admiradores y frikis varios de los años cincuenta. No es tan habitual, hoy, encontrar esa apertura de puertas incluso para los extraños, y menos aún en los que más tienen.

TU LUGAR EN EL MUNDO

Siempre miré con un punto de envidia esas casonas de San Lorenzo de El Escorial que en verano hacen su ostentación de piscinas y barbacoas de cordero lechal con hierbas provenzales. Casas que se llaman Macondo o Ítaca, con los nombres litografiados en los baldosines de la entrada, columpios con el óxido cuarteado y hiedras inmortales.

A menudo he fantaseado no tanto con un casoplón como de exministro en la Sierra, sino en una casa vieja que reformar, con ayuda claro está, en algún Colmenar Viejo, Nuevo Baztán o Chinchón y alrededores. Un refugio a tiro de piedra de Madrid en el cual invitar a grandes comilonas de sábado, como las que Vázquez Montalbán celebraba como cosa sagrada. Amigos y buen vino siempre maridan, aunque a veces pueda haber alguna digestión pesada con la resaca si el menú fue excesivo en pullitas.

Me seducía la vida de ese casa en la que anfitrionear, que es el poder de la bonhomía, en un lugar cercano a mi centro de gravedad permanente, que siempre he pensado que era Madrid aunque quizá esté equivocado y esté más arriba, lo que motivarían esa futura casa de la vida en lugares como el valle de la Ulzama. O el valle de Arce, un territorio especialmente magnético, casi zen, de una belleza discreta que quizá fue la que se sedujo a los pioneros de Lakabe para instalarse ahí. Al lugar que literariamente bauticé como Lermiz preferiría no volver; fui feliz, pero no nos dejaron serlo más.

Tu lugar en el mundo, pienso ahora, quizá sea lo de menos. El lugar importante es aquel en el que, seamos cursis, plantar el alma y dejar que crezca. La posibilidad de una Itzea. La mera idea, cuando aún la resaca por la bienvenida al nuevo año le tiene a uno mermado, resulta balsámica.

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