Blog / Capital de tercer orden

Baroja, el primer ‘hater’

Por Eduardo Laporte 24 abril, 2017 - 22:28

Se reedita ‘Juventud, egolatría’, el libro más cañero y políticamente incorrecto de don Pío, publicado en 1917

Se reedita ‘Juventud, egolatría’, de Pío Baroja.
Se reedita ‘Juventud, egolatría’, de Pío Baroja.

Nuestros escritores son algo modositos, escriben bien, sin grandes riesgos, ni de estilo ni de tema. Prefieren el éxito cauto y seguro que la vía de la provocación intelectual de un Michel Houellebecq o, en su día, un Baroja.

Quizá sea la era del linchamiento, que nos obliga a no mear fuera del tiesto para no recibir el castigo de la masa enfurecida. En Francia, los candidatos al Elíseo han hecho la pelota al «pueblo» de un modo manso, a excepción de los discursos lepenistas más radicales (salirse de la UE),  aunque sin abandonar una estudiada demagogia, entendida esta como darle al público lo que quiere oír. ¿Nuestros escritores son demagógicos?

Baroja no lo era. Nunca temió desagradar, estar fuera de las tendencias, las generaciones, del público, de la moral predominante, del zeitgeist, las modas, las listas de la época, si es que las había. A pesar de eso, o quizá por eso, fue un autor no sólo respetado sino reverenciado en vida. Su piso de Madrid, en los últimos años, se convirtió en un templo de visitas repleta de amigos y curiosos deseosos de hacerse el selfi de la época, que era decir que se había estado en casa de Baroja.

Hemingway, más yanqui para estas cosas, se  hizo la foto en el lecho de muerte del autor vasco, cosa que no gusto mucho a la familia pero ahí queda eso, porque las imágenes no incluyen el ruido, las palabras, que en su día hubo en torno a ellas. El propio Hem, que lloraba al llevar su féretro hasta el cementerio civil de la Almudena, dijo que escribía gracias a Baroja, que se dice pronto. ¿Habría leído Juventud, egolatría? Leámoslo ahora, en la reedición que ha preparado Caro Raggio a los cien años de su primera impresión.

Yo lo leí de adolescente, y recuerdo la agradable sorpresa que sus páginas me produjeron. Se podía escribir diciendo lo que a uno le viniera en gana, ser provocador, polémico, subjetivo, y, al mismo tiempo, revelador, pues todo aquel que lucha contra el pensamiento único lo es. Y te deja una estela de verdad y autenticidad valiosa, rara en unos tiempos, los de entonces y los de hoy, en que la mayor preocupación parece ser salir guapo en la foto.

DOGMATOFOBIA

Mi fascinación juvenil por Baroja, como la de tantos otros apasionados lectores, vino por su independencia de pensamiento y su alergia a casarse con nadie. En Juventud, egolatría habla de su dogmatofagia o afición a enfrentarse a cualquier maximalismo monocromo, a cualquier verdad que, como suele pasar en esta España nuestra y en la vasconavarra ni te cuento, no haya sido sometida a una segunda opinión.

«Mi primer movimiento en presencia de un dogma, será religioso, político o moral, es ver la manera de masticarlo y de digerirlo (…) En esto mi inclinación es más grande que mi prudencia. Tengo una dogmatofagia incurable».

Especial inquina le producían militares y clérigos, motivada, como a tantos otros, por traumas personales. Señala Julio Caro Baroja en el prólogo a la edición de 1977 que su tío no sólo fue anticlerical sino «anticristiano» y que los años que vivió en Pamplona le marcaron (mal) para siempre.

«Vivió en una Pamplona levítica y en la catedral de Pamplona tuvo una impresión terrible, a los nueve o diez años. La Iglesia quedó simbolizada para él en un grueso canónigo enfurecido que le maltrató y al que odiaba aún en 1917 [que es cuando se publica la primera edición de Juventud, egolatría]».

Hoy es fácil meterse con la Iglesia, los laicosos lo hacen a menudo, pero en la España de 1917 no lo era tanto. Ni con los toros: «Las corridas de toros nos producen asco. La crueldad, como la estupidez, cuanto más adornadas, son más odiosas».

Haciendo amigos.

MÁS ALLÁ DE LA COHERENCIA

Muchas de las invectivas barojianas me parecen un tanto aceradas de más, juveniles en cuanto a pasionales; hay morbo en leerlas, el de ver a alguien dominado en muchos casos por sus fobias. Pero el valor del libro no estaría tanto ahí, sino en la renuncia de Baroja a ser coherente, que entonces se decía ser «consecuente».

El gran sacramento de la coherencia, tan jaleada hoy, a la que se venera hoy con modos cuñadísticos porque no hay ser complejo que no incurra en varias contradicciones y cambios de rumbo a lo largo de su vida. Y más aún cuando la coherencia, el ser consecuente, era poco menos que comulgar con las ruedes de molino del «ordenancismo, las purgas, depuraciones, purificaciones y otros horrores», como señala Caro Baroja.

Baroja escribió el libro con 45 años, cuando se sentía ya un viejo (aunque viviría otros 44) y asumió el libro como una «obra de higiene». En él más, que odio, hay un deseo de limpiar las impurezas que la sociedad, el país, su tiempo, va sedimentado en él y lo hace a través del zirikatu, vocablo vasco que viene a decir algo así como malmeter, criticar, y que hemos adoptado con el sonoro ciriquear. «Sus diatribas, setenta años después, aún pican», decía su ilustre sobrino. ¿Lo harán cien años después?

El encanto de Juventud… es que está escrito fuera del cálculo, sin tener en cuanta al público, es decir, el qué dirán, y está concebido, como el autor dijo, como «una exudación espontánea». Deberíamos escribir más así, casi sin editar, como Bob Dylan grababa sus mejores canciones: primera toma y a correr. El resto ya es manierismo e impostura.

Baroja se mete con ShakespeareOtelo es un drama falso y absurdo»), con los aficionados a la música («gente un poco vil, envidiosa, amargados y sometidos»), con las religiones («la gran defensa de la religión está en la mentira. Con la mentira vive la religión») y con América («los españoles de América y los americanos no me interesan nada») entre otros muchos blancos.

Leí joven a Baroja, y como joven que era, me acerqué a sus ideas casi como si fueran esos dogmas que repudiamos. Error. Hay que leer a Baroja como Baroja se leería a sí mismo, con pasión pero también con desconfianza.

Tuvo algo, mucho, de precursor, como su inmortal personaje Andrés Hurtado, y fue a contracorriente e hizo lo que le dio la gana. Como también fue precursor este conjunto de ideas volcadas un poco al tuntún en que, si bien se despachó a gusto y sin morderse la lengua, demuestra que fue un hater también a su manera. Porque sus malos humores nacen de asumir que las cosas no son, por desgracia, tan hermosas como a uno le gustaría. Porque el fondo de Baroja era sentimental, romántico, hipersensible y las diatribas más mordaces no son sino el síntoma de una decepción. Baroja, a sus 45 años, no deja de ser un espíritu juvenil, soñador, al que le duele aceptar el estado de cosas (inconsciente de lo que estaba por venir).

En lo que podría parecer un discurso destructivo, se oculta pues la desazón de asistir al particular derrumbe de todo lo que era sólido, entre otros muchos penares. Como se oculta también un idealismo sano y generoso, uno de los lados de ese ser poliédrico y escurridizo a la etiqueta fácil que es Pío Baroja:

«Yo parezco poco patriota, sin embargo lo soy. (…) Tengo normalmente la preocupación de desear el mayor bien para mi país; pero no el patriotismo de mentir. Yo quisiera que España fuera el mejor rincón del mundo y el país vasco, el mejor rincón de España».

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