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Pederastia

Por Eduardo Laporte 16 febrero, 2016 - 7:32

El artista navarro Abel Azcona, investigado por un contenido artístico considerado una "profanación". ¿Vale todo con tal de provocar una reacción? ¿Actúa la Justicia con demasiado celo? 

Nadie me acusará de amiguismo al escribir esta columna. Quizá de afinidad geográfica, pues Abel Azcona es de Pamplona. Porque descubro, al ponerme a escribir esta columna de opinión, que el emergente y ambicioso creador ya no me sigue en Twitter y además me ha borrado como amigo de Facebook. Se ve que no soy molón. Artistas. A veces histriónicos, a veces niños grandes faltos de cariño, a veces narcisos. A veces lúcidos intérpretes de los pliegues más ocultos de la sociedad que requieren que alguien ponga el foco sobre ellos: spotlight. Pero, ¿a cualquier precio?

Habrá quien se pregunte si Abel Azcona (Pamplona, 1988) no responde ese tipo de artista que abraza la transgresión como catapulta directa a la pirámide lo mediático. Como aquel Davidelfín que en 2002 presentó una colección con modelos ataviadas con burkas y sogas al cuello, lo que provocó no sólo polémica sino que su nombre alcanzará una proyección monumental que lo colocó como uno de los grandes en un tiempo récord.

Claro que no provoca quien quiere sino quien puede; quicir, que tú puedes hacer mucho ruido pero se necesitan nueces, y en aquel caso parecía haberlas, como demostraron los reconocimientos posteriores.

Que Azcona busca el reconocimiento rápido es evidente. Lo demuestran sus 269.000 followers en Twitter, diez veces más el citado Davidelfin, que ‘sólo’ tiene 20.800. Vemos, pues, una dimensión casi megalómana, al menos para alguien de Pamplona-Iruña, en una cifra sospechosa para un artista joven de creciente repercusión pero no sé si tanta como para no tener que recurrir a empresas de compra de prestigio en redes sociales. Y, puede que diga esto por mero despecho digital; no haberme borrado, Abel. Guiño.

Habrá quien se preguntará si Abel Azcona podría haber escrito pederastia en letras normales, como las que presiden este artículo, y no con esas 242 hostias consagradas que el artista fue recolectando en sus respectivas 242 eucaristías, hecho que me permito también poner en duda, pues 242 misas, para un ateo, son muchas misas.

¿No podría haberlo escrito en letras de molde?, dirán los ofendidos, que han sido muchos, con la exposición ‘Desenterrados’, que se pudo ver del noviembre a enero pasado en sala de exposiciones de la plaza Serapio Esparza, lugar que se las trae, por cierto. En Change.org, más de 60.000 firmas pedían la retirada. ¿El delito? Profanación y ataque a los sentimientos religiosos. Azcona está citado a declarar, como investigado, otrora imputado, el próximo 25 de febrero, a instancias del Tribunal Superior de Justicia de Navarra, que se lo notificó vía tuit. Al ser pública la sala de exposiciones, podrían tener las de ganar los denunciantes, entre ellos el Arzobispado de Pamplona.

En esta exposición no se reprodujo esa instalación, titulada Amén, sino sólo algunas de las fotografías. Y se colocó un bol con unas pocas hostias, que desaparecieron al segundo día, lo que no deja de ser otra forma de profanación, artística en este caso. Se queja Azcona en una entrevista escuchada aquí, que tenemos una Constitución «postfranquista» que incluye un artículo que prohíbe la «blasfemia», término de resabios medievales que choca, entiende él, con su derecho a la libertad de expresión.

Decía la escritora Flannery O’Connor que, en una época de ciegos y sordos, hay que escribir con letras muy grandes y hablar a gritos. Habla también Azcona de que el arte contemporáneo quiere provocar una reacción y que en este caso ha provocado denuncias, 1200 personas rezando el rosario a las puertas de la exposición, cien misas de reparación en toda España y otra en la catedral de Pamplona, con 120 párrocos, algo que, según Abel Azcona, no se había producido nunca. Me pregunto si el pensamiento de O’Connor incluía también pisar callos.

Y tiene razón Azcona cuando dice que «no hay nada más sagrado que el cuerpo de un niño» y que una hostia no deja de ser pan y harina, aunque luego le moleste que «roben», porque ahí si habla de robar, esos mismos trozos de pan y harina que colocó en un bol, en la famosa exposición. ¿Un cuadro es una tela con pintura?

Niño abandonado y adoptado por una familia navarra, Azcona ha tenido, como él mismo reconoce, una infancia dura, con una navarritud tradicional que, según insinúa, no le ayudó precisamente en su crecimiento personal.

Intuyo un resentimiento que no busca tanto iluminar o cambiar conciencias sino provocar en el peor sentido de la palabra, o sea, ofender. Hacer daño, como se lo hizo a Javier Marrodán, recuerdo ahora, en un tuits entre ambos. Que lo ha conseguido está a la vista.

Me planteo entonces si el verdadero valor no está más en esos anónimos periodistas de Boston que destaparon con valentía esos escándalos de pederastia, extendidos y silenciados por toda la Iglesia durante décadas, que vemos en la película ‘Spotlight’. Me planteo si lo que necesitan las víctimas de esos abusos es que se conozca esa verdad, y se actúe en consecuencia, y todo lo demás fuera un ruido innecesario que contribuye al fuego de la crispación y amplía las fronteras entre nosotros.

Me pregunto si todo ese favor mediático logrado a golpe de polémica no es sino otra forma del radicalismo que Azcona denuncia en sus denunciantes y que nos aleja del tema nuclear en este caso: la pederastia. En Estados Unidos, hubo 4000 sacerdotes en los últimos cincuenta años, por poner un solo dato extraído de la Red de sobrevivientes de abusados por sacerdotes (SNAP).

Vean ‘Spotlight’, porque lo importante es poner el foco en lo oculto, arrojar luz en lo que hasta entonces estaba en tinieblas. El resto quizá sea crear más sombras entre las sombras. O sea, más de lo mismo.

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