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‘La Pamplona vacía’ y el modelo de Estado

Por Eduardo Laporte 19 febrero, 2019 - 9:05

Hay algo taciturno en las capitales de provincia; tras el desenfreno de los ochentas y noventas, no saben muy bien a dónde van ni cuál es su espíritu, su relato.

Una imagen de la Plaza del Castillo de Pamplona en los años 60
Una imagen de la Plaza del Castillo de Pamplona en los años 60

Vivimos tiempos vacíos en que las fórmulas para llenar dichas ausencias son tan anacrónicas como el nacionalismo, el cultivo utópico (hasta que uno se rinde) de lenguas prerromanas y el abrazo, de soslayo, más para la foto que otra cosa, de causas solidarias varias.

Como dice Sergio del Molino en esta atinada entrevista, las ciudades de provincias tuvieron un renacer tras el franquismo. Dejaron de ser lugares anodinos, muchos «deprimentes, decadentes y burgos podridos» en otra cosa. La descentralización que vino con el café para todos tuvo mucho que ver. De pronto, esos territorios pasaban de ser provincias a comunidades autónomas. Había mucho por hacer, era preciso dotar de contenido, de personalidad, a esos territorios hasta entonces meros contenedores humanos regidos por unas inercias perdidas en la noche de los tiempos. Se eligieron banderas, se fijaron días para las fiestas locales, se remozaron ayuntamientos, se rescataron símbolos y se crearon también nuevos cargos políticos, enchufismos y cajas de ahorros que devinieron en tristes mangoneos.

Pero se notaba la excitación de lo nuevo, el estreno de ese juguete democrático, territorial; como unos personajes durante siglos silenciados a los que de pronto se les diera un papel.

Pocos años más felices, sólo ensombrecidos por el catetismo etarra, que esos eitis y naitis, que diría aquel. Porque la felicidad viene también por contraste, y se pasó de unos años de obedecer a unos años de crear. El buen clima estaba en el aire, excepto cuando tocaba registrar otra baja de ‘la socialización del dolor’.

Pero se diría que se vivió al día. Que el café para todos podría resultar un pan para hoy y hambre para mañana y que las grandes ciudades, Barcelona y Madrid, se llevarían el pastel a la larga. Resultado, provincias progresivamente jibarizadas en lo demográfico, pero sobre todo en su proyecto, en eso que dicen ahora del relato.

Algún plumilla hiperlocal podría, parafraseando a Del Molino, escribir La Pamplona vacía, para hablar no tanto de esa soledad estremecedora que se siente en el silencio del paseo de Sarasate un martes de febrero, sino del vacío de programa (y del éxodo constante, saludicos desde Madrid). De la ausencia de un horizonte ilusionante sino eres de la tribu del disfrazarte de cashero los días señalados.

PENSAR A LO GRANDE

La descentralización (de las diputaciones) a la que luego siguió otra (la de los ayuntamientos) dejó al país descentrado, valga el chiste. Algo de eso reclama ahora el henchido VOX, la vuelta a un Estado fuerte que pueda mirar más allá de sus competencias regionales para pensar en términos estratégicos, de nación. Y no pensaba yo terminar defendiendo a VOX en estas líneas, o algo parecido, pero sí que podríamos convenir en que el actual modelo no piensa ‘a lo grande’.

Tampoco habría que revertir el actual modelo, con esas ideas tremebundas del programa de Abascal sino, yo que sé, empezar a plantear a la ciudadanía qué tipo de país quiere. A mí cada vez me gusta menos un país de dos o tres capitales hipertrofiadas mientras el resto asiste a su progresiva descomposición. ¿Queremos universidades hasta en Tudela? ¿O unas cuantas buenas y potentes a escala mundial en ciudades con tradición universitaria fuerte? En su día, me pareció una buena idea para frenar precisamente ese éxodo moderno y para todas a localidades como, yo qué sé, Ciudad Real, de un músculo intelectual, docente, de conocimiento. ¿Queremos que las capitales de provincia sean meros focos comerciales y turísticos? España se está convirtiendo un parque temático, decía Julio Llamazares, y eso es algo también deprimente.

La calidad de vida, en un sentido que va más lejos de la comodidad, la atesoran las ciudades pequeñas, con todo su vivero de raigambres. Quienes vivimos en las grandes y a menudo ingobernables capitales, jugamos a engañarnos con que algún día cambiarán las cosas. Pero no es así. Nos consuela sin embargo sentir que al menos las grandes tienen ese relato, la fascinación contagiosa de ser nodos del mundo, lugares en los que pasan cosas, se cuecen cosas.

Había algo de excitación compartida en aquella Barcelona’92, que vivimos además con expectación desde muchos años antes, con pegatinas en la carpeta y muñequitos de Cobi en las bolsas de patatas fritas. No digo estar organizando juegos olímpicos para dos por tres, sino dotar a estas ciudades de nuevos atractivos, más allá de pelotazos culturales para beneficio de cuatro pillos. Convertirlas en punta de lanza de lo que sea. Abandonar su vagabundeo para, como diría Pablo d’Ors, hacerlas peregrinas. O, citando a Sergio del Molino, revertir esta tendencia funesta: «Se ha perdido en estos 40 años de democracia invertir en I+D para que la economía agraria, industrial o minera tradicionales se transformaran en focos de conocimiento».

No renunciar a ser el asombro del mundo. No lo veo en los programas políticos. En los actuales, veo además fuga no ya de cerebros sino de empresas. Lo llaman gobierno del cambio y aspiran a seguir gobernando, que tiene guasa, con ese lema. Quizá haya llegado la hora de otro cambio.

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