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Pamplona, pueblón navarro hasta hace cuatro días

Por Eduardo Laporte 21 enero, 2020 - 9:45

Que la antigua Pompeya no es Manhattan lo sabemos desde hace tiempo, pero basta ver este mapa de 1882 para asumir lo pequeñicos que éramos.

Un plano de la ciudad de Pamplona en 1882.
Un plano de la ciudad de Pamplona en 1882.

Qué poca cosa somos, realmente insignificantes. El personal se pone muy solemne bajo una noche estrellada. A mí me pasa ante un plano de Pamplona de 1882, propiedad de la Meca o Casa de la Misericordia, que descubro gracias al apasionante muro fotográfico de Jose Castells Archanco en Facebook, quien me la cede amablemente para la ocasión.

¿De dónde venimos? Pues de esa vieja Iruña nuclear de la que tenía una idea más bien imprecisa. Había contemplado con total ‘mindfulness’ la recreación de la Pamplona de los tres burgos que colgaba la extinta librería Gómez, pero sin asimilar que aquella minusculez municipal se había alargado en el tiempo tanto como para que lo viera el mismísimo Sarasate. Eso quizá explicaría, entre otras cosas, su exilio trotamúndico y que estableciera su residencia en Biarritz (por cierto, no se pierdan hoy martes esta actividad). El tópico de «Pamplona se me queda pequeña» tenía su razón de ser en 1882, ahora quizá menos.

Decían los escritores del 98 que Madrid era un «pueblón manchego». ¿Cómo sería aquella Pamplona decimonónica de cuatro calles, siete plazas, tres bajadas, dos plazuelas, tres belenas, dos rincones, una cuesta y ninguna avenida? Un pueblón navarro. Al menos en sus dimensiones, aquellas que hacen bueno la archicitada descripción de Iribarren sobre Pamplona: «Ciudad de humo dormido, ciudad doliente de campanas y lluvia». Caleta del Sebo, la capital de la isla de La Graciosa, al norte de Lanzarote, aún sin asfalto en sus calles a día de hoy, entiendo que era más grande.

Una ciudad, con su herencia medieval aún viva en tiempos del citado plano, como demuestran las calles de los oficios: Zapatería, Calderería, Tejería, Calceteros... El mundo sólido era eso, luego quizá nos volvimos locos. La idea, de pronto, de fantasear con esa vida en un espacio reducido, sí, pero delimitado. Que se cerraba por la noche a cal y canto y do no entraba intruso ninguno por la noche, aunque fuera el mismísimo Robinson Crusoe bajo una nevada de ficción y octubre.

‘Nací’ en el paseo que lleva el nombre del célebre violinista y siempre pensé, durante los 25 años que viví allí, contemplando San Cristóbal, que nuestra casa quedaba fuera de aquellos límites feudales. El plano de 1882 lo cambia de todo. Ahora resulta que crecí donde antes se erigía la plaza de toros y sobre el suelo de la Casa de Misericordia de entonces, protegidico por las antiguas murallas.

Decía Chesterton que una ciudad que no se puede abordar en un paseo de una tarde es demasiado grande. ¿Cuánto costaría ir de punta a punta de aquel recinto amurallado? Del baluarte del Redín al de Santa María, ya en la Ciudadela. ¿Veinte minutos? Otro escritor, en este caso local, Ángel María Pascual, decía que atravesar la Vuelta del Castillo era poco menos que una «expedición africana». Tiempos en que el Grand Hotel de la plaza San Francisco languidecía hasta morir por no ser tan «céntrico» como La Perla —donde sí se alojaba Sarasate— o el Quintana.

Un mundo pequeño, sí, pero también reconocible, real. Los cinco baluartes de la Ciudadela, majestuosa fortificación mandada construir nada menos que por Felipe II, de los que, ojo, Navarrivial, sólo quedan tres en la actualidad. El de la Victoria y San Antón fueron demolidos a resultas de crecimiento en horizontal que explotó en Pamplona a partir de 1888, año que pone fin al Antiguo Régimen en la ciudad y recibe a la Modernidad. ¿A quién se lo ocurrió mutilar de tal modo esa joya arquitectónica? Lo que te faltaba, indignarte ahora por decisiones urbanísticas del siglo XIX. Y, por si fuera poco, sentir una nostalgia nueva por ese mundo en miniatura, como de bolita de souvenir con nieve, donde se vivía realmente en comunidad, y que jamás conocí pues no viajo en el tiempo. La idea, megaconservadora, hiperreaccionaria, tremendamente antiprogresista, de que todo se jodiera a partir de 1888.

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