Blog / Capital de tercer orden

Pamplona se derrumba

Por Eduardo Laporte 23 junio, 2020 - 9:38

Tiendas históricas del viejo Pamplona, como Torrens o Atáun, echan el cierre, no sin clavarnos antes una espinita en el corazón de nuestra memoria más profunda

Derribo del edificio del Paseo de Sarasate número 13 de Pamplona. Navarra.com
Derribo del edificio del Paseo de Sarasate número 13 de Pamplona. Navarra.com

A principios del siglo XX, cuenta JJ Arazuri en ‘Pamplona, belle epoque’, muchos comerciantes enviaban a sus empleados «a ver puertas». Antes del amanecer, se apostaban en los límites de la ciudad, así como en los portales que aún actuaban como tales, como el de Francia o Zumalacárregui y, según el número de «aldeanos» que entraban en la ciudad, se calculaba la perspectiva de venta de la jornada entrante, así como la cantidad de género necesario para abastecer a la clientela.

Las tiendas se abrían a las siete de la mañana y se cerraban cuando no había más bacalao que cortar. (Larga vida a Cipriano, en San Nicolás, por cierto, pescadería emblemática donde las haya. [Ah, y es pescadero, no pescatero, aunque lo aceptemos como un añejo y particular localismo; el propio Arazuri lo usa]). O sea, que hasta las nueve de la noche no se echaba el cierre, en verdaderas jornadas maratonianas que ni los bazares chinos non-stop. El domingo no se permitía la venta y eran habituales las denuncias municipales a los infractores.

Además de la tienda fija, convivía en el mapa del comercio del milnovecientos la figura del vendedor ambulante. Entre los tejidos y confecciones de Castor Archanco y la tienda de pastas para sopa de Isabel Legarrea, se colaban comerciantes andariegos tales como peineros, petroleros, botijeros, capadores, peraltesas, lecheras, naranjeras, paveros, vinagreras, pescateras (sic) y burreros. El citado capador se pateaba la Rocha y Magdalena buscando gorrinos a los que desmembrar por su parte más viril, intervención que se realiza, como todo el mundo sabe (gracias Wikipedia), para evitar el olor sexual de los cerdos cuando alcanzan la pubertad. Imaginamos una gran demanda de los servicios del capador que, con un silbato colgando, ofrecía sus castraciones como el afilador promete la puesta a punto de los cuchillos.

Todo esto para decir que la vida —y el comercio es parte de ella— no es sino un nacer y morir constante. Aunque da la sensación de que algunas cosas mueren pero sin un reemplazo que esté a su altura. Basta mentar el infausto recuerdo del otrora delicado Café Vienés, el más romántico lugar jamás soñado por poeta alguno, reconvertido ahora en tabernón poligonero de bocata de txistorra y eructo. Emblemáticos comercios de siempre, como la juguetería Kide, la pastelería Casa Atáun o el colmado Torrens anunciaron hace poco su adiós. Aunque ya no eran los clásicos Jesusmari y Trini quienes te atendían al otro lado del mostrador de Torrens, echaremos de menos su ausencia, y nos dolerá ver en su lugar la enésima tienda de abalorios, fruslerías y ramilletes de pelo tuyo. Fue en ese lugar donde probé mi particular magdalena de Proust. Aquellas lascas de txantxigorri fresco, de algún cerdo capado quizá de la Magdalena o no mucho más lejos, que el bueno de Jesusmari nos ofrecía con clandestina delectación. Lo desenvolvía de un plástico sudado y nos daba a probar ese exquisito comistrajo que a mí me sabía a gloria, tan frío, tan desmigado como un bacalao, con un recuerdo a jamón, a marranada rica que entonces comíamos tan pichis porque aún no había nacido la generación de niños mimados a los que todo les da asco.

Casa Atáun ha sido una presencia carismática en la calle Mayor. Uno de esos puntos que le daba el costumbrismo necesario, en su pequeñez, porque los establecimientos pequeños tienen más encanto si cabe. Pamplona entera estaba encerrada en esos 12 metros cuadrados; lo pensé la última vez que compré ahí una torta de txantxigorri, que en su versión dulcificada siempre me pareció un plastón bien rico.

Pamplona, como aldea que describe el mundo, que diría Tolstói, vive en un derrumbe que empezó con sus murallas, a finales del XIX. ¿Participó ya entonces la omnipresente Erri Berri, responsable de la demolición del cine Carlos III pero también del estadio Vicente Calderón, con el nombre de Olite bien alto?

Los últimos en pasar por la bola demoledora han sido los ya extintos Dunkalk (aka el australiano) y O’ Connors, que albergaba un simpático edificio de pocas alturas donde por cierto vivió José María Iribarren, muy conocido por su ‘El porqué de los dichos’ y no tanto por haber sido secretario del general Mola. ¿Para cuándo placas que nos recuerden estos detallicos de la ciudad? En este mismo emplazamiento se alojó, en los tiempos de Maricastaña, Dulces Unzué, empresa familiar que producía por cierto los míticos caramelos PEZ. Muchos mediodías, antes de llegar a casa del colegio, mi madre me permitía el caprichito de elegir un pastel de su suntuoso mostrador. Recuerdo uno al que llamaban «oreja», por su forma, que me gustaba.

La ciudad se va llenando de capas que tapan a otras, como el papel pintado que se coloca sobre otro papel. Pero son capas imaginarias que sólo quedan en la memoria de quien presenció aquel colorido ya borrado. Su desaparición también nos mata a nosotros un poco, pero esa nostalgia, que significa regreso al dolor, se mitiga cuando recordamos que de las cenizas, de los escombros de Erri Berri, entre posavasos arrugados de cervezas Kilkenny o Foster’s aplastados bajo los restos de aquellos cocodrilos que servían de taburete —qué rápido se vuelven las cosas arqueología— en aquel pub que nos llevaba a las antípodas del mundo, surgirán nuevas aves Fénix.

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