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Padres al borde de un ataque de nervios

Por Eduardo Laporte 28 abril, 2020 - 9:14

El día de la salida oficial de los niños a la calle nos ofreció una inesperada revelación: quienes necesitan más medidas para aliviar el estrés confinado son los papás.

Familias con niños pasea al aire libre, el primer día en el que los menores de 14 años pueden salir. EUROPA PRESS
Familias con niños pasea al aire libre, el primer día en el que los menores de 14 años pueden salir. EUROPA PRESS

La figura del padre, al padre varón me refiero, blanco, heterosexual y casado, bien por la iglesia o en la Ciudadela con cualquiera de esos concejales que ponen voz de sacerdotillo, pasa por horas bajas. Ese españolito medio que en su día gozaba de cierto estatus, el de ser marido, está ahora en crisis. Un empleo en un banco, un coche, o incluso dos, una mujer, la parejita y, oye, eras alguien. Te hablo de ese tiempo sin móviles, internet, cámaras de seguridad ni geolocalizaciones globales. Joder, en los ochenta era difícil ligar, al menos en Pamplona, pero más difícil aún era que te cazara nadie. «Cariño, estaré todo el fin de semana en una convención en Tarazona. Nos vemos el domingo por la noche».

Dice Jean Louis Valencien, ese ensayista ‘fake’, que «el heteropatriarcado es un invento de la mujer». Lo podemos leer en su polémico e inexistente libelo ‘La mujer es muy pícara’, con prólogo de El Fary, que generó un gran revuelo tras su publicación, con el secuestro de miles de ejemplares por parte de las feministas más radicales. Algunas de ellas llegaron a confesar que tenían miedo de que se conocieran ciertos capítulos, como aquel en el que se demostraba científicamente que la figura de la pareja estable es una conquista de la mujer, estratégicamente silenciada durante siglos. La supervivencia de la especie, nada menos, estaba en juego. Y para que la especie sobreviva en la mejor de las condiciones posibles, la estructura tradicional, con un padre de familia al que se le hace creer el cabeza de familia, ¡el patriarca!, con tal de que vaya a pringar cada mañana al tajo, parecía la más conveniente, vendría a sostener Valencien.

Al marido, por aquello de que el sistema no se viniera abajo, se le reían las gracias y se le hacía sentir alguien. Se le hacía, incluso, la cena. Al menos los viernes, llegaba a casa a mesa puesta y el sábado por la mañana disfrutaba también del periódico en su butaca favorita, donde tomaba el desayuno con las pantuflas puestas. Sus hijos rubios le preguntaban cualquier cosa y él, padre omnipotente, contestaba generando una mayor admiración si cabe en esos retoños. Era feliz. Era importante. Su jefe, además, prometía con ascenderlo a la categoría de Mandado 4 en el escalafón del banco.

Todo esto, como apuntó Valencien en un opúsculo inédito —‘Lo llaman privilegio y no lo es’—, se diluyó como un azucarillo en el café con los cambios sociales varios, pero la estructura familiar siguió siendo la misma: parejas monógamas con hijos bajo un mismo techo. Y, claro, el sistema, ya caduco, podía ir tirando, sobreviviendo hasta el liberador momento del divorcio, siempre que la vida pusiera de su parte. Pero no estaba preparado para casi cincuenta días de confinamiento extremo.

Lo decía un tuitero a propósito de las viviendas: «Las casas no están concebidas para estar confinados en ellas, así que deducir de esta situación lo mal concebidas que están es falaz». Truequen casas por «maridos» y juzguen ustedes mismos. Pero el confinamiento no es un fenómeno extraño, sino un llevar al paroxismo lo que ya se da en pequeñas dosis. Aumenta el número de matrimonios septuagenarios casados que «hasta aquí», precisamente por eso. La vida como un confinamiento en pequeñas dosis.

Si bien ya veíamos indicios de este hartazgo (en Twitter, mismamente), el domingo 26 de abril se pudo apreciar este fenómeno con meridiana claridad: los padres, varones, blancos, heterosexuales y monógamos (con secreta vocación de Merlos) están hasta las pelotas. Se pudo comprobar en lo a pecho que se tomaron las críticas, más o menos fundadas, a los incumplimientos del protocolo de las salidas de los chavales. Si bien todo apunta a que la mayoría actuó de un modo civilizado, sí que hubo gente que se saltó a la torera las normas, poniendo en riesgo de nuevo la salud pública y desacreditando el confinamiento riguroso que todos padecemos con mayor o menor aguante.

Balconazis, nazis o alcahuetas de ética de mercadillo fueron algunos comentarios que se leyeron en las redes sociales por parte de muchos padres ofendidos para con los que señalamos el presunto cachondeo normativo. Luego alentaron denuncias para todos aquellos que difundían fotos de menores de edad, antes de que los analistas más finos nos explicaran que todo era un gran error colectivo. Según estos avezados comentaristas del día a día, padres también, las fotos habían sido tomadas con teleobjetivo y, por tanto, no hubo una familia, ni siquiera en Murcia, que se saltara ni un pelo las medidas de seguridad. Y si lo dudas eres un nazi.

Entiendo que joda que te llamen «irresponsable» cuando has cumplido con precisión luterana las normas dadas. Pero la desmedida reacción del cabreo alimenta ese escenario que ya veníamos intuyendo: el drama existencial del padre moderno. Ánimo.

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