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Nueva Navarra 0 – 1 Vieja Navarra

Por Eduardo Laporte 14 marzo, 2016 - 23:55

Basilio Lacort (1851-1908) es un personaje poco conocido que ayuda a entender la lucha, normalmente desigual, entre la Navarra más conservadora y la más progresista

Retrato de Basilio Lacort.
Retrato de Basilio Lacort.

No todas las vidas dan para una biografía. Al menos para una biografía al uso, con su buena ración de aventuras, enemigos, altos y bajos en el camino y además una actitud moral. Como la de Cervantes, del que descubrimos ahora que fue feliz, aunque en últimos y productivos años apenas tenía seis dientes, cuatro pelos y padecía probables problemas de próstata y diabetes. Lo cuenta Jordi Gracia en su último libro sobre el autor de ‘El Quijote’, que rivalizará ahora con el muy recomendado ‘Las vidas de Miguel de Cervantes’, de Andrés Trapiello.

Descubro por azar a este personaje de novela, Basilio Lacort, nacido en Vera de Bidasoa en 1851, militar, periodista y sobre todo hombre de (la parte más aventurera) de su tiempo que me genera unas ganas repentinas de escribir una biografía, o ‘biopic’ para el cine, o relato de ‘factions’ o algo.

¿Algún mecenas en la sala? Hay algo romántico en la escritura por encargo. Porque Lacort tuvo algo de rebelde con causa, y eso siempre es atractivo. De mosca cojonera en tierra hostil, pero en el grado de ofende quien puede que, en la Navarra de finales de siglo XIX, se antoja una figura muy apetecible. En la Navarra de entonces y en la de ahora: eso es lo que convierte a ciertos personajes en inmortales y lo que justifica el rescate de su figura.

Como si su mensaje no hubiera calado lo suficiente y fuera bueno traerlos de nuevo. Luego están los zascandileos por el mundo, que si condecorado en la «guerra chica» de Cuba, que si se cuela en las hélices de un barco para llegar a Cartagena desde Orán, de donde, a petición del gobierno español, lo destierran cervantinamente a Argel, donde sólo pasó dos meses y así. Pero eso es lo de menos.

Lo de más es que Lacort, a juzgar por lo que he leído aquí y aquí, y a poco más alcanza mi documentación, no fue un provocador locuelo tocapelotas por sistema. Se intuye un compromiso real con una causa, la de hacer de contrapeso de un Antiguo Régimen que, en forma de carlismo y preeminencia de una Iglesia, no cedía terreno en Navarra. El Cuarto Poder era aún débil, pero aún sí se antojaba el principal recurso que tenía la sociedad civil para intentar menguar cuotas el poder a esos estamentos. De ahí que montara el semanario republicano ‘El Porvenir Navarro’, que provocó una persecución en su contra por parte del obispo de la época, Antonio Ruiz-Cabal, uno de los que promovería sus excomuniones, porque tuvo más de una.

Pero la jugada le salió rana al obispo ya que el semanario que se quería prohibir logró más suscritores con la polémica, y la publicación de unos trapos sucios del eclesiástico le obligó a un exilio voluntario a su Andalucía natal.

A Basilio Lacort se le acusó, cual Giordano Bruno reciente, de caer en herejías y fomentar el pecado gravísimo en los varios periódicos que dirigió, todos ellos en Pamplona, de títulos tan sugerentes como el citado ‘El Porvenir Navarro’ o ‘La Nueva Navarra’. También promovió ‘El Azote’, que recuerda a aquel ‘El combate’, que los enemigos de Prim montaron en su día, como pudimos aprender aquí.

Republicano de los que estuvieron del lado de Amadeo de Saboya, valga la paradoja, sus polémicas, leo, fueron comentadas en los mentideros de Madrid, donde quiso hacer carrera política, aunque nunca consiguió el acta de diputado.

Sin embargo, siempre volvía a Pamplona, a su casa de la calle San Antón, donde se dejaba las cejas en periódicos como ‘La Nueva Navarra’, cuyo nombre lo dice todo, al que no tardo en salirle una réplica periodística, cuyo nombre lo dice todo también: ‘La Vieja Navarra’. 

Tuvo suerte, muy entrecomillas, Lacort, de haber vivido en la época que vivió. Al menos, para conservar la vida.

Tres décadas más tarde, habría durado menos que una botella de pacharán casero en una bajera. Como dice uno de los artículos, en el 36 acudieron una panda de sujetos a desvencijar sus restos en el cementerio, ya que a un muerto poca lucha se le puede brindar, pero las ganas no faltaban.

Se lucharía entonces contra sus ideas y así se hizo en las décadas posteriores en esa Navarra que inspiró a María Luisa Elío —a quien García Márquez dedica sus ‘Cien años de soledad’—  su ‘Tiempo de llorar’.

Lacort murió la víspera de la víspera de San Fermín, es decir, un 5 de julio de 1908, que es el día menos indicado para que muera un navarro. Moría con él, también, un poco de la Nueva Navarra o nafarroaberria por dármelas de euskaldún.

Un amigo, que prefiere no ser citado, me pasa una dedicatoria que asegura que es inédita, y donde queda sintetizada su guerra, que no era otra que la del pensamiento único. Porque criticaba el clericalismo dogmatizante, pero no las religiones. Su mausoleo, símbolo del laicismo para un colectivo que, descubro ahora, lleva su nombre, sobrevive pese a todo en el cementerio de Pamplona. La calle que tuvo, en un tramo de la actual San Fermín, no se restableció nunca.

Murió Lacort y también todo lo que promovió. Otro triunfo de la vieja Navarra.

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